Querida Sarah

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La Universidad estaba cubierta con un manto helado de invierno, pero dentro del gran estadio, una emocionante oleada de energía saturaba el aire. Hombres y mujeres jóvenes corrían por el campo, el sonido de sus botines golpeando el césped resonaba, acompañado por sus risas juguetonas y el estruendo sordo del balón de fútbol al ser golpeado. En el centro de todo esto se encontraba un hombre de 23 años, alto con un cuerpo esculpido como en mármol por los dioses.

Alfred, instructor de soccer en la Universidad, observaba tranquilamente el frenesí del entrenamiento. No era un hombre de muchas palabras. Sus ojos color azul hielo eran lo suficientemente elocuentes, penetrantes, transmitían un mensaje muy claro: que era un hombre serio, un hombre cuya vida no había sido un camino de rosas.

Era conocido por su personalidad fría y estoica. A lo largo de los años, aprendió a guardar sus sentimientos para sí mismo, creando una barrera entre él y el mundo que lo rodea. Pero su pasión por el fútbol y las artes marciales nunca se había desvanecido.

Quemado por el sol de innumerables horas de práctica al aire libre, su pelo castaño oscuro estaba peinado hacia atrás de forma descuidada, y sus rostro se destacaban con pequeñas cicatrices, que eran la prueba de su habilidad en las artes marciales y un recordatorio constante de las batallas que había librado, tanto en la pista como fuera de ella.

El equipo lo respetaba, por su habilidad y dedicación al juego, pero temían su ira, que era fría y despiadada en el campo. No creía en las medias tintas cuando se trataba de su trabajo. Para él, el fútbol no era solo un juego, era un modo de vida.

Miró a sus estudiantes correr por el campo, desplegando una mezcla de técnicas y estrategias. Él no estaba allí para educar a la próxima estrella de fútbol, sino para enseñarles a jugar como un equipo, a trabajar juntos, a mostrarles que el fútbol era más que un simple juego. Eso era lo que se suponía que debía hacer.

Pero, a pesar de su exterior impasible, había algo que lo perturbaba —algo que yacía más allá del campo y el frío cemento de la universidad. Una parte de su pasado que lo consumía poco a poco todos los días.

El entrenamiento continuó, pero Alfred, con una expresión distante en su rostro, ya estaba en otro lugar.

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El viento helado del invierno cortó la atmósfera recalentada, trayendo consigo una frescura aguda que contrastaba con el calor de los cuerpos del equipo en entrenamiento. El sudor en la frente de Alfred se mezclaba con el viento frío, haciendo que los músculos de su mandíbula se tensaran por la abrupta sensación.

"¡Más rápido, Smith! ¡No estás en un paseo por el parque!" Su voz retumbó en el terreno del juego, clara y precisa. Ordenaba como un general dirigiendo a sus soldados, y, en muchos sentidos, así era. Su equipo era su responsabilidad, y no permitiría que nadie se quedara atrás.

Smith, uno de sus jugadores más jóvenes, tenía una gran habilidad con el balón, pero a menudo fallaba bajo la presión de su actitud estoica. Sin embargo, Alfred sabía que la presión era precisamente lo que necesitaba Smith para superar sus miedos y dudas.

En el mundo del fútbol, o eras rápido y fuerte o te quedabas en la banda. No había otra opción. Y esta cruda verdad ejemplificaba el enfoque de Alfred hacia su vida, tanto dentro como fuera del campo.

Alfred pasó la mayor parte del día vigilando el entrenamiento, su forma imponente y su mirada intensamente concentrada dirigían y corregían cada mínimo error de su equipo. Acostumbrado a la soledad, el entrenador mantenía su distancia de los estudiantes fuera de los entrenamientos. No era visto en la cafetería de la universidad ni en las típicas reuniones sociales.

Pasada la tarde, con el último atardecer del día desvaneciéndose en el horizonte, finalizó el entrenamiento con una breve charla. Predicó sobre el equipo, sobre la necesidad de fortalecerse juntos y apoyarse mutuamente. Mientras hablaba, los jugadores a su alrededor escuchaban en silencio, sus miradas fijas en el hombre que, a pesar de su juventud, parecía portar la sabiduría y la experiencia de un veteran.

Al final del día, Alfred regresó a su pequeño apartamento. Una residencia modesta, sin lujos, era su retiro del mundo exterior. Aquí, no había estudiantes, no había responsabilidades, y ciertamente no había fútbol. Era solo él, sus pensamientos y sus recuerdos.

Algunos dirían que era un hombre solitario, pero para Alfred, la soledad era su amiga. Le daba libertad, un tipo de libertad que no encontraba en ninguna otra parte. Le permitía ser él mismo, sin juicios, sin pretensiones.

El primer día en la universidad terminó con Alfred recostado en su sofá, mirando el techo. Mañana sería otro día. Otro día de entrenamiento, otro día de soledad, otro día de vida. Sin embargo, a medida que el sueño lo llamaba, Alfred se permitió pensar en lo que estaba por venir. En lo que podría suceder. En cómo, finalmente, podría empezar a sentir algo diferente. Algo que no había sentido en mucho tiempo.

El primer capítulo de su nueva vida estaba a punto de comenzar. Y Alfred, por primera vez en mucho tiempo, estaba emocionadamente esperando su campana de comienzo.




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