Querido Aldrich

2

En cuanto entre al salón mi padre y mis hermanos se levantaron a darme la bienvenida. 

—Buen día—saludé con el mentón alzado y los labios apretados en una mueca de disgusto, sentándome en el lugar más alejado de mi padre. 

Oí su suspiro y sentí la mirada de mis dos hermanos en cada uno de nosotros, esperando quien reaccionaba primero a la palpable tensión que apareció de la nada. 

La señora Gesell se acercó por mí derecha, colocó un plato con una taza, la lleno de té humeante apoyando con su otra mano un plato con galletas y se apartó a la cocina en completo silencio. 

No era común aquello entre nosotros, las conversaciones nunca faltaban y la calidez de una familia común siempre había rondado cuando estábamos todos juntos. Pero aquel día no y por más que me pese la culpa no me rendiría por hacerlo entrar en razón. 

—¿Y... Vieron cómo está el clima?—como siempre Silas era el buscador de comodidad. 

Me estire para tomar una galleta en silencio e ignoré el nudo que se cerraba en mi garganta. 

Nadie respondió y lo intentó de nuevo.  

—Ayer por la noche vi que... 

—Muriel, hoy iras con la señora Stephan para confeccionar los vestidos, quiero que estés preparada para la próxima semana—interrumpió mi padre con un suspiró seguido del golpe de su taza sobre el plato de la mesa. 

El silencio fue suplido por el periódico en sus manos y me contuve de mirarlo. Aún podía recordar las palabras en la carta. Me estremecía de pensarlo. 

Mire mi plato y la taza medio llena con una oleada de náuseas subiéndome por el estomago. Apoye la mano sobre el corsé y comencé a extrañar el confinamiento de mi habitación, el aire frío de mi ventana abierta y el olor a los libros desperdigados sobre mi cama. 

La comodidad de la soledad. 

—Yo la acompañaré a Muriel, padre—informó Otis con la nariz metida en su café y los ojos en el hombre de la cabecera de la mesa. 

Le lance una mirada ceñuda, no me interesaba que ninguno de ellos me ayude de ninguna forma más que guardando silencio. 

Exhalé sintiéndome una niña que debía ser protegida y aparte la taza y las galletas lejos de mi. La situación me llenaba de indignación ¿Por qué ellos no debían preocuparse de contraer matrimonio con un desconocido?¿Por qué nadie veía que aquello era injusto?. 

Me levanté de la mesa sin pedir permiso o disculpas, la furia que corría por mis brazos era suficiente para gritarle a cualquiera de mis hermanos. Salí del salón y me dirigí hacia las escaleras cuando oí el sonido de la puerta al abrirse junto con una corriente de frío colarse por el pasillo. 

—Buen día...—saludo alguien. No sabía quién y ya comprendía que trataba de un asunto serio. La voz era fuerte, rasposa y sería, demandaba atención y respeto. 

Me acerque con sigilo cautivada por el frío y la curiosidad y apoye la espalda acomodando mi vestido en la pared junto a puerta para poder oír mejor de quién se trataba. 

—Estamos buscando testigos de la tragedia ocurrida el día de ayer a una calle de la casa—dijo la voz del hombre en la puerta—¿El señor Cassian se encuentra?. 

La mujer de servicio musitó algo tan por lo bajo que apenas logré entender y pidió al hombre que entre para poder llamar a mi padre. 

En cuanto la puerta se cerro sentí aquel calor escalofriante de nuevo, como si dedos esqueléticos subieran por mi espaldas acariciándome la piel. Si fuera por mi abriría casa ventana de aquella casa. 

Inhalando aire me apoye en la pared y asome la cabeza hacia la puerta con cierta curiosidad y me sorprendí al ver a un joven parado con la mano en su pechera. Parecía de la edad de mis hermanos, quizás un año más, con el rostro cargado de seriedad y determinado aunque sus ojos parecían brillar con un gesto extraño. Quizás miedo o intimidación. 

No logré ver su cabello, llevaba un gorro oficial puesto en la cabeza, pero sus rostro si tenía una incipiente barba rubia. 

Había hablado de una tragedia ¿Pero llevaría a alguien a llamar a mi padre a estás horas, tan temprano y sin aviso previo?. 

Esperé que mi padre aparezca por la puerta con su habitual mal genio, pero en vez de eso fue Otis quien hizo acto de presencia por el mismo pasillo de dónde acababa de salir y me miró acercándose. 

—¿Qué haces aquí?. 

Abrí la boca para responder y callé al oír los pasos del oficial acercarse a nosotros. 

—¿Señor Cassian?—preguntó. Por la posición en la que estaba quedaba oculta de su vista así que le hice señas a Otis para que continúe y, dudando, asintió—Julian Clive, un gusto. 

La mano del oficial estrecho la de mi hermano a pocos centímetros y de nuevo lo vi dudar asintiendo con la cabeza. 

—¿Qué se le ofrece?. 

El oficio suspiro. 

—Ayer por la madrugada se encontró el cuerpo de una joven a dos calles de aquí, el asesino fue visto con la víctima paseando por esta calle y estamos investigando si alguien vio a su acompañante. 

Mi hermano negó con clara confusión y palidez sin mirarme. 

—No lo creo, nosotros estábamos durmiendo para la madrugada, lo siento. 

Un evento tan trágico como aquel debía ser más grande y público ¿Cómo era que no nos habíamos enterado hasta que vino aquel hombre?. 

Tuve la intención de salir de mí escondite y preguntar sobre lo que había pasado, quería saber quién era la mujer y si tenía algo que ver con la pareja feliz que pasó por mi ventana por la noche, pero cuando quise dar un paso adelante la voz de mi otro hermano me detuvo. 
—¿Qué sucede?. 

Otis se giró hacia él con el semblante tan serio como podía luego de oír la noticia y le informo lo que el oficial había dicho con palabras suaves y cuidadas. 

—¿Un homicidio?—el entusiasmo se podía oír aún desde mi posición—¿Dónde? Digo... Lo lamento mucho ¿Fue cerca?¿A qué familia pertenecía la pobre?. 

El oficial suspiro, la reacción de Silas debió ser poco habitual. 

—Dos calles cerca—informó antes de titubear para continuar—. Y la muchacha no pertenecía a ninguna familia, era... Meretriz. 

Contuve la respiración tanto como pude para ahogar un grito. Aquella mujer de vestimenta ligera que pasó por mí ventana la noche anterior sí podría ser ella, de la mano con un hombre sin carabina y en tal estado... Odiaba juzgar así pero podría haber sido la misma que hoy era víctima. 

—Muy bien, oficial—interrumpió mi padre al aparecer con tanto sigilo que ninguno de los cuatro lo vio venir—, si nos enteramos de algo u oímos algo que ayude lo notificaremos, gracias. 

El hombre de barba rubia se giró hacia la puerta, me hubiera gustado verlo una vez más para reconocer sus facciones, pero solamente murmuró: 

—Muy bien, gracias. 

Y salió de la casa. 

Todos esperamos que el oficial cerrará la puerta y pasarán varios minutos en silencio antes de volver a hablar, y el primero fue lo padre. 

—¿Muriel, que haces escuchando detrás de la pared?. 

Apreté los labios con fuerza, mí sigilo aún no era digno de mi padre y aunque lo intentará siempre lograba encontrarme donde sea. Otis fingió sorpresa al igual que Silas, abrieron los ojos, la boca y exclamaron fingiendo que no me vieron, pero mi padre carecía de la ignorancia necesaria para que se salieran con la suya. 

—Iba a mi habitación—excusé bajando la cabeza con arrepentimiento. 

Él me miró fijamente lo suficiente para que entienda su falta de credibilidad y exhale por lo bajo para no comenzar a temblar. 

—Tus hermanos te acompañarán a la tienda—ordenó con un desdén de mano hacia Silas—. Prepara el carro y cuiden de su hermana. 

Los tres nos miramos con asombro, ya no era habitual que él nos obligue a pasar tiempo juntos. Asentimos con resignación, esperaba poder saltarme la prueba de vestidos tanto tiempo como pudiera, y me volteé hacia mi habitación. 

* * * 

—¿Creen que podremos detenernos un momento a ver el homicidio de la Meretriz?—preguntó Silas mirando por la ventana del carruaje con la cortina a medio correr y las cejas muy hundidas. 

Aunque el frío era peor afuera no podía evitar sentirme a gusto con mis abrigos envolviéndome. Afuera la nieve cubría las calles y las nubes aún no había desaparecido lo suficiente para que el calor aumenté. Aquel era mí clima perfecto. 

Padre no había insistido en venir, en cuanto las ruedas de carruaje avanzaron logré verlo adentrarse en la casa de nuevo y cerrar la puerta sin siquiera echarnos un vistazo. Su bastón lo acompañaba para dar cada paso y su barba meticulosamente cortada le dieron aquel semblante cruel que pocos malinterpretaban.  

Otis bufo encogiendo los hombros y lo imité, mientras menos tiempo tenga para "prepararme" para la presentación sería mejor. No soportaba la idea de entregar mi mano a un hombre sin conocerlo. 

Silas se volteó hacia la ventana delantera, la abrió dándole órdenes diferentes al chófer y la cerró volviendo a su lugar con la sonrisa más grande que vi en su rostro. 

—Solo serán unos minutos. 

Asentí y corrí la cortina para mirar como girábamos en la siguiente esquina en dirección a nuestra casa. 

—¿Has logrado responder la carta que padre envío?—la pregunta de Otis me tomo tan desprevenido que mire en su dirección para comprender que me hablaba a mí. 

Suspiré apretando los puños sobre mi regazo. 

—Aun no. No encuentro las palabras exactas para rechazar una propuesta ya saldada de matrimonio—inhale frío de nuevo, se me abrió un hueco vacío dentro del pecho, y termine por bajar la mirada al suelo pensando en la noche anterior—. Me siento un pedazo de carne a la que le ponen un precio para obtener. 

—No creo que la intención de Padre que te sientas así—dijo Otis luego de bufar por ver a Silas mirar la ventana con entusiasmo. Sus ojos se fijaron en los míos y algo se ablando dentro de mí pecho—, deberías darle una oportunidad. 

Cuando lo decía así sonaba un tanto caprichosa. Otis siempre tenía ese poder sobre nosotros, mirándonos y suavizando tanto su voz como para que entremos en razón. 

—Claro—murmuró Silas desde la ventana—, dale la oportunidad a un desconocido el día que encuentran a una mujer asesinada.—se apartó de la ventana soltando una mueca sarcástica y miró a Otis—; Gran consejo, hermano ¿Por qué no le dices también que eche por tierra su voto de castidad?. 

Otis lo miro desconcertado por la pregunta sin decoro alguno y abrió la boca para regañarlo justo cuando el carruaje se detenía de golpe. 

Suspiré buscando el lugar exacto dónde la víctima cayó, esperaba ver policías y mí ha gente, pero no había más que un par de oficiales y un joven de cabello naranja inclinados sobre el cuerpo con la mano en el mentón. 

Me acerque aún más a la ventana, quería ver si aquella era la misma mujer que vi por la noche, pero Silas hizo aquella situación más perturbadora al abrir la puerta y salir al frío de la calle ignorando los llamados de mi otro hermano. 

—Espera aquí—advirtió Otis con un pie en el escalos y las manos a cada lado de la puerta.  

Y luego saltó fuerza comenzando a caminar con rapidez y elegancia hacia el joven de traje que merodeaba por alrededor del círculo perimetral con los ojos muy abiertos y la mano en su cuaderno encuerado. 

Parecía una mañana de invierno normal, había gente caminando por las calles con sus abrigos y sombreros, había mujeres de guantes y hombres de traje. Había perros, caballos y pájaros anidando en la copa de los árboles. Pero nada parecía más fuera de lugar que aquella mujer en el suelo rodeada de un rojo escarlata que se fundía con la blanca nieve. 

Aspiré aire frío para sentirme cómoda, me sujete los guantes en cada dedo con paciencia y salí del carruaje para mirar mejor la escena. 

Desde cerca no se veía menos perturbador que desde lejos. El olor metálico a la sangre invadía la calle aunque haya viento, el ruido de los peatones se oía aún más fuerte y ahora que veía mejor sí había algunos mirones dando vueltas para ver mejor. 

Me estremecí por el calor que abandonaba mi cuerpo y respire profundamente antes de caminar hacia la cinta policial buscando a mis hermanos. Varios policías pasaron por mí lado mirándome, no era un lugar donde una muchacha debería estar pero tampoco se detuvieron a dejarme explicar. 

Me acerque titubeante, me temblaban las piernas por los nervios de buscar entre los recovecos de los policías algún indicio de la mujer que vi por la noche. 

Alguien me golpeó en el hombro y casi caigo por un mal traspié. Sentí el calor subirme por la espalda y subí el cuello de mí abrigo por fin temiéndole el frío del miedo, la paranoia y los nervios.  

¿Si aquella era la mujer que debería hacer?¿Cómo explicaría que estuve mirando por mí ventana?¿Cómo reconocería al asesino?¿Y si no lo hacía?¿Y si callaba? Cada una de esas preguntas eran como puñales en el pecho. Pero me obligue a no detenerme hasta rozar la cinta con mi abrigo. 

Apreté los dientes moviéndome de costado y clave los ojos en la mujer de cabello oscuro desparramada en el suelo con los ojos vidriosos abiertos al cielo como si estuviera en un picnic. Sus labios estaban pintados con salvajismo de un rojo fuego que se salía de la línea. La piel estaba tan blanca como la misma nieve y su cuello había quedado al descubierto cuando alguien le rasgo su vestido hasta descubrir su pecho. Y ahí era donde el agujero oscuro había derramado sangre sobre el suelo. 

Había pasos de sangre indefinidos alrededor, gotas lejos del cuerpo y además habían ramas sin hojas a pocos metros. 

Las piernas de la mujer habían quedado al descubierto de la rodilla hacia abajo en diferentes ángulos perturbadores. Sus pies miraban hacia los lados y uno de los zapatos quedó olvidando a pocos metros. El vestido era suave y liviano, como el que vi ayer por la noche, y el hombro de su vestido estaba remendado como lo recordaba. 

Retrocedí sin sentir las rodillas. Estaba temblando. Se me había secado la boca y por alguna razón no podía apartar los ojos del cuerpo de la mujer.  

Mire su estómago, donde el hombre de cabello naranja señalaba con el dedo índice, y me sorprendí de ver una estaca clavada hasta la mitad. 

—¿Señorita, necesita ayuda?. 

Me giré hacia el origen de la voz y me encontré con el mismo policía de que goleó la puerta de mi casa esperando una respuesta. 

Abrí la boca y negué. El frío que entraba no era suficiente, necesitaba aire, oxígeno. Espació. Me aleje un paso de él y corte sin querer la cinta perimetral. 

—Lo siento. 

—¿Está bien?—la preocupación era genuina y no tardó en quitarse el sombrero dejando al descubierto su cabellera bien peinada rubia. Me tendió la mano—Debe apartarse, esto es demasiado para cualquiera. 

Mire su mano sin guante y luego sus ojos sinceros y preocupados. No necesitaba ayuda, necesitaba aire. Quería meterme en mí habitación y desaparecer, pero tenía algo que contar. 

Abrí la boca sujetándome los guantes y volví a mirar a la pobre mujer. 

¿Acaso era ese hombre el asesino?¿Sería que él fue quien le clavo la estaca?¿La tendría guardada en su abrigo?. 

—¡Muriel!—llamó Otis poniéndose a mi lado con el rostro sudado y Silas detrás. Estaba agitado pero aún así conservaba ese aspecto pulcro y elegante de un hombre con clase—¿Qué sucede?¿Estás bien?. 

Asentí, el corazón se me había acelerado tanto que dolía. 

—Ustedes no deberían estar acá—bufo el oficial colocándose de nuevo el sombrero para ver a mis hermanos como si fueran mis responsables—, una mujer tampoco debería estar viendo esto. 

Ambos asintieron y me tomaron del brazo con suavidad, guiándome hacia el carruaje de nuevo y sumergiéndome en la oscuridad antes que pueda confesar lo que vi.




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