Querido Aldrich

34

Habían pasado tres días desde que padre confirmo que me habían envenenado, cuatro desde que vomité todo en las escaleras, y aun no encontraban la dichosa cura. Mi cuerpo se sentí demasiado débil y los dolores junto con los calambres aparecían cada vez mas, imposibilitándome caminar siquiera hasta la ventana. Padre venia todos los días, a veces se sentaba a mirarme en silencio y a acariciar su bigote, y otras solo pasaba a saludar y a prometerme un remedio. Pero con el paso de los días comenzaba a desesperarme.

Me entristecía pensar que no había cura. Sentía que me mentían. Leían mis libros favoritos, hablaban de promesas, a veces también se quedaban conmigo por que se los pedía, y eso me hacía pensar que en realidad esos eran mis últimos días. Que pretendían despedirse. Otis tenia la manía de venir entrada a la noche a sentarse a mi lado y sostener mi mano creyendo que dormía por horas, a veces murmuraba algo pero nunca lograba escucharlo. Me desesperanzaba.

Así que ese cuarto día espere a mi padre sentada y con el vaso de agua en las manos, fingí una sonrisa y le pedí que me deje almorzar con ellos en el salón.

Dudo, se veía muy preocupado por mi desde que comenzó todo, pero luego de una suave insistencia cedió y me ayudaron a bajar sosteniéndome en brazos. Mis piernas no aguantaban el peso de mi cuerpo y mis brazos estaban tan cansados que apenas lograba alzarlos, pero me sentí aliviada cuando acercaron un sillón.

—Quizás puedas tomar algo de té—sugirió Silas haciéndole señas a la sirvienta para que se acerque con la bandeja.

Ella me miro con tanta lastima que deseé volver a mi habitación, dejo la taza frente a mi y luego se retiro.

—Bebe cuanto puedas—dijo padre tomando el periódico y abriéndolo en la primera página.

Un nudo enorme se alzo en mi garganta al mirar el liquido, la verdad es que no quería beber nada. Me sentía sin ganas de comer ya que las arcadas hacían que me duela la garganta y que mi cuerpo vuelva a descomponerse hasta cansarme, pero debía intentarlo o me enviarían a mi habitación de nuevo.

Exhalé y le lancé una mirada a Otis, ojeroso y cabizbajo, desde hace días que apenas me dirigía la palabra, lloraba por la noche y había perdido peso significativamente, pero aun así seguía visitándome junto con Silas. Me preguntaba que podría sucederle pero sabia que no me lo diría. Así que cambie la mirada hacia Silas quien me miraba con las cejas muy alzadas, atento.

"¿Qué?" formulé con los labios vigilando que padre no nos vea jugar.

Él miró hacía la taza, a mi, apretó los labios con fuerza y formuló:

"No lo vomites".

Casi suelto una carcajada seca y llena de amargor.

"Claro, si yo había estado vomitando por que quería".

"¿Qué?" sus ojos se abrieron confundidos y me golpeé la frente con la mano.

—¿Muriel, sucede algo?—padre dejo caer el periódico abierto a un lado y me miró expectante.

Tragué saliva, o por lo menos lo intente por que tenia la boca demasiado seca, tomé la taza y bebí, pero el liquido caliente ardió de manera dolorosa al pasar por mi garganta lastimada.

—Lo siento—murmuré cuando una oleada de tos casi me hace escupir todo. La sirvienta se acercó con un pañuelo y le agradecí limpiándome.—Estoy atragantada, el liquido esta algo caliente, lo siento.

Padre le indicó a la mujer que traiga algo mas tibio y suspiro.

—Deberías estar descansando.

—No es necesario—interrumpí acomodándome en el sillón y soportando el dolor de mis músculos sin hacer ni una mueca—, estoy perfectamente bien. Es mas, hoy podría salir con mis hermanos a comprar algún vestido o...

—No—interrumpió rotundo—, nadie sale y nadie entra.

Asentí desalentada, tenia las esperanzas de poder ir a hablar con Ness por si había noticias de Kwan o el hombre de la cicatriz en la mandíbula.

Baje la cabeza mordiéndome el labio y la sirvienta traje la taza con un té mas frio, le agradecí, bebé el contenido en silencio y con paciencia, atrayendo la mirada de todos, y al terminar casi los puse oír suspirar de alivio.

Si supieran que en mi estomago había comenzado una tormenta no estarían tan tranquilos, pero contuve cualquier signo de dolor o nauseas. No quería volver a mi habitación aun, estaba cansada de esas paredes y ese horrible trato de enferma.

—Muy bien—dijo mi padre cuando terminamos y hubo leído todo el periódico. Lo dejo a un lado, tomo su bastón y se levanto.—Saldré unas horas, no salgan. Si sucedé algo envíen a llamarme de inmediato—Lo miré confundida pero no se explicó, nunca lo hacia.—Muriel, deberías volver a tu habitación.

—Padre, si no te molesta, me gustaría pasar tiempo con mis hermanos aquí.

Él me miro, la idea no le gustaba, pero termino por acceder indicándole a mis hermanos que nos acerquemos a la chimenea para resguardarnos del frio. Se volteó y salio del salón.

. . .

—¿Qué es eso?—mientras mis hermanos tomaban leían frente a la chimenea no pude evitar notar algo rojo entre los pliegues del cuadernos de Silas. No lo había tocado desde que volví de casa de tía Gretel, o por lo menos yo no lo veía con él.

—Nada—zanjó Otis.

—No veo que sea nada—aventuré con tono divertido para aligerar la tensión—¿Acaso es una carta de amor?.

Silas sonrió entretenido.

—Eso no te incumbe—gruño Otis irritado.

—Tranquilo—me adelante con calma al oírlo tan irritado—, solo era curiosidad.

Él me miró mas irritado aun, todo su rostro se había vuelto rojo y el libro en sus manos se cerró de un golpe sordo, pero antes de que pueda responderme Silas se aclaró la garganta y murmuró:

—No, no es una carta de amor.

Sonreí, al menos uno de ellos no seguía enojado conmigo, volví al libro en mis manos para seguir con la lectura y dos párrafos después suspiré. No lograba concentrarme. Paseé la mirada sobre la chimenea, en las fotografías de nosotros cuando tenían doce, en los adornos y luego en mis hermanos. Estamos los tres alrededor del fuego, una manta me cubría las piernas y otra los hombros, había té, galletas y algunas cosas mas, pero nada era de mi apetito.




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