Querido Dorian

1. Azul.

Los días son tan normales y comunes que siento que me falta un poco de desgracia en mi vida, quizás que caiga un meteorito cerca de mi pueblo o incluso un apocalipsis zombie suena bastante bien, sin embargo, no hay nada.

Miro mi celular para fijarme en la hora; falta al menos media hora para que empiece la siguiente clase, por lo que me dirijo a las canchas de voleibol.

El día soleado de abril me recuerda que no ha pasado mucho tiempo de las vacaciones de semana santa, esa clase de vacaciones donde hay playa, sexo y alcohol, o misa, pero como soy un hermitaño mi plan fue ver anime con mi hermano, escribir algo en mi libreta vieja creyendome Albert Camus y tomar monster sintiendome el chico más edgy del mundo.

Apenas es miercoles, miercoles 15 y ya quiero que sea el fin del semestre para tener mis largas vacaciones de un mes.

Subo por las gradas y me siento en el último nivel para ver mejor al equipo de voleibol, un par de ellos me saludan y yo les devuelvo el saludo a la distancia.

Escucho como el entrenador los regaña por no comunicarse ya que eso es importante para el juego. Me coloco los audifonos y pongo mi playlist en aleatorio, la canción You Give Love a Bad Name del gran Bon Jovi suena a todo volumen en mis auriculares, casi de forma inconsciente comienzo a mover mis pies al ritmo de la canción.

Mi vista está tan concentrada en el juego y mi nulo esfuerzo por escuchar cosas más allá que mi música hace que no note la presencia de nadie más que los jugadores enfrente de mí y el entrenador aguantándose las ganas de zapear al equipo entero, hasta que siento el toque de alguien en mi hombro y me sobresalto. Volteo a ver al culpable y antes de alzar mi vista a su rostro, mis ojos se quedan viendo con confusión el sobre azul que tiene en las manos.

No sé qué expresión tengo, pero de seguro es de alguien que no comprende matemáticas.

Noto como agita el sobre y aun confundido lo tomo el sobre con los nervios golpeándome el pecho. Cuando salgo del pequeño (gran) transe solo puedo ver a un chico castaño caminar a toda prisa. Al bajar las escaleras de las gradas noto su perfil, pero por no traer lentes no logro enfocar con éxito su rostro.

Eso me pasa por andar en el celular.

Mentira, papá me heredó la miopía y yo solito me herede el «no uso lentes porque soy demasiado cool para eso».

Mis ojos regresan al sobre azul cielo, dudo un par de segundos antes de abrirlo con demasiado —en serio, DEMASIADO— cuidado y una pizca de curiosidad con cierto nerviosismo. En mi defensa la última carta que recibí fue de amenaza y decía algo como «Haz tu parte del equipo o te mato», justo como Chalino cuando le mandaron esa carta.

Logro sacar la hoja blanca doblada a la mitad, me detengo un par de segundos para admirar los pequeños detalles que tiene, después de un par de segundos la leo atento.

Mi atención no sabe a dónde dirigirse y mi mente empieza a cuestionarse muchas cosas, la primera es si el pobre no se habrá equivocado, aunque conociendo mi memoria seguramente soy yo quien lo ha olvidado. Releo la carta y no puedo evitar sonreír, confundido, pero lo hago.

Doblo la hoja y la vuelvo a meter al sobre, una vez hago eso me levanto de mi lugar y bajo corriendo las escaleras de las gradas. Si tengo suerte encontraré al chico, sino, moriré con la duda y prefiero morir ahogado por un trozo de taco.

Para mi desgracia y mala suerte cuando salgo de las canchas no veo a nadie.

Suspiro con dramatismo. Vuelvo a mirar el sobre y sonrio de vuelta.

«¿Quién eres?».

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Mía lee la carta mientras tiene una ceja arqueada, Mark espera su turno para leerla a la vez que me lanza miradas cómplices, una vez que mi amiga termina de leer le da el sobre a Mark.

—Dime que le hablaste —dice, mientras me señala con su dedo índice. Niego con la cabeza y ella hace su cabello hacía atrás con dramatismo—. Por eso no tienes novia.

—Tú tampoco tienes novia —me defiendo.

—Estoy muy ocupada con la escuela.

—Yo tengo una duda… —Mark roba nuestra atención y nos giramos para verlo. Él alza la mirada y nos sonríe con cierto toque malicioso—. ¿Cómo es que a un chico le puede gustar Nico?

—Tienes razón, debe estar loco.

—O ciego.

—De seguro lo confundió con alguien más.

Les quito la carta y la guardo en el sobre, Mía y Mark se ríen mientras siguen juzgando el mal gusto del pobre chico.

Chinguen a su madre —los interrumpo y ambos se giran para verme—. Yo soy guapo, famoso, millonario, talentoso, exitoso, inteligente y bueno pa’ los chingadazos.

Enumero cada cualidad con mis dedos, ellos sueltan una carcajada una vez acabo.

—Ni en tu casa te topan —Mía aprieta mi hombro en forma de consuelo, le lanzo una mala mirada—. Es broma, amiguito, obvio eres suuuper famoso y todo lo demás.

—Claro, eres la personificación de Adame.



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Editado: 10.04.2026

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