Daniel Ladner, al parecer, es el famoso chico de la carta. Cuando dejé de ahogarme, ellos me explicaron que Becca —una amiga que tenemos en común y que conoce a todo el mundo— los ayudó en la búsqueda. Me sorprendí por dos cosas: la primera, porque no se me ocurrió preguntarle a ella desde un principio; la segunda, porque entre esos tres lo encontraron tan rápido.
Ellos insistieron en que me lo iban a presentar para poder hablar con él, yo salí corriendo apenas pude. No me lo han presentado, pero tampoco creo que sea muy necesario, llámenme cobarde, pero esta situación es muy arriesgada, quiero decir, ¿qué se supone que le diga? ¿“Te he estado buscando como loco, pero no crees que soy gay o algo por el estilo, digo, tampoco creo que tenga nada de malo, solo quiero conocerte y saber porque te interesaste en mi”? Quedaré como un idiota y aparte un egocentrico.
Alguien chasqueando los dedos delante de mí rostro me saca de mis pensamientos, me giro hacia el culpable y noto a mí hermano con su cabello hecho un nido.
—¿Qué te pasa? ¿La edad ya te empezó a afectar?
Ruedo los ojos y sigo viendo mí libreta. Félix se apoya en mi hombro y comienza a picar mi mejilla.
—No deberías ignorarme, la última vez que no prestaste atención se escapó tu romance gay.
Chasqueo la lengua y me remuevo en busca de que él se aparte de mí, pero no lo hace.
—Para tu información mis amigas ya lo encontraron.
—¡¿Qué?! Oh, ellas sí que tienen buena suerte, no como tú —mofa y vuelvo a rodar los ojos—. ¿Y ya le hablaste o fuiste un cobarde y huiste?
Su pregunta hace que me tense, Félix lo nota y suelta una carcajada
—No es gracioso…
—Para mi lo es, quiero decir… un chico te da una carta y te provoca tu primera crisis gay.
—No tuve ninguna crisis gay.
—¿Ah no?
Lo ignoro y me levanto de la silla, él me mira confundido.
Detesto que mi hermano me conozca tan bien, hasta parece que él me parió. Tomo mis cosas y me subo a mi habitación, me dejo caer en la cama y cierro los ojos para intentar dormir. A todo esto, ¿qué pasa sí solamente ignoro lo que pasó y ya? Solo es una carta, no es como que sea la primera que me da un chico… o sea, sí, sí es la primera, pero… okay, tal vez me estoy excusando mucho porque me da pánico, pero no sé por qué me da pánico. Estoy diciendo tanto la palabra pánico que empiezo a sentir pánico.
Ay Dios, llamen al 911 y tráigame una coca, siento que se me bajó la presión.
Beeb, beeb. Atención a todas las unidades, llamado de emergencia del sistema 911, hombre moribundo con aparente ataque cardiaco, necesitamos asistencia de inmediato en el área. Olvidenlo, ni siquiera me gusta la coca.
Le estoy dando muchas vueltas al asunto, debería enfrentarla como el hombre que soy. No se diga más, mañana le hablaré.
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Ya no quiero hablarle, siento mis huevos en la garganta y que las piernas me tiemblan, Mía y Mark me están jalando, cada uno de un brazo, la vista se me está borrando más que de costumbre y ni siquiera estoy dando bien mis pasos. Me voy a desmayar en cualquier momento. A lo lejos los tres visualizamos el cabello rosa de Becca, esta parece que está peleando con alguien por el teléfono, no sé da cuenta de nuestra presencia hasta que estamos a un par de pasos.
—¡Becca! —me suelta Mark y siento que estoy a punto de caerme si no fuera por el agarre de Mía. El pelirrojo se acerca a Becca y la abraza.
La pelirosa acaricia el cabello rojo de Mark, mientras le dice mimos. Mía y yo carraspeamos para que nos presten atención. Becca alza la mirada y se fija en mí, luego sube y baja sus cejas repetidas veces.
—¿Cómo estás, galán?
—Me voy —doy media vuelta, pero Mía me regresa a mí lugar.
—Hola, Bec, venimos por eso —Mía habla, Becca asiente con la cabeza.
—Eso —repite, luego señala hacía adentro de un salón.
Los cuatro acercamos la cara a la ventana para visualizar mejor a las personas que están adentro, mi miopía juega en mi contra por segunda vez porque no enfoco más allá de la tercera fila.
—No veo —digo, todos bufan.
—Deberías usar tus lentes —Becca se pone a mí lado—. Ya sabes que te puedes poner más… ¡ah! —me sobresalto y ella agarra mi rostro para que me fije en un punto en específico—. Es ese, el que tiene la sudadera roja.
Me esfuerzo de sobremanera en enfocar, pero lo único que logro ver es su cabello castaño peinado hacía atrás, nos está dando la espalda por lo que no puedo asegurar que sea él.
—Es del club de arte —mi amiga informa—. Hoy iré a cambiarme de club, así que acompáñame.
—Eh…
—No es necesario que le hables, Nico. Solo verifica sí es él —insiste Mía.
—De acuerdo. Solo por la anécdota.
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Me niego a crear anécdotas. Prefiero que los demás me cuenten sus anécdotas antes de que yo les cuente las mías. Becca me mandó un mensaje avisando que me veía saliendo de clases, intenté excusarme con que tenía entrenamiento, pero ella les habla a mis compañeros de equipo, si Becca no fuera tan social probablemente sí hubiera funcionado.