Becca me insistió por varios días en que me inscribiera al club de arte, yo me negué cada vez que me lo propuso. Aunque ya sé en dónde puedo encontrar al chico de la carta, la verdad es que sigo sin saber como hablarle. No puedo llegar y decirle: «Hola, soy Nico y me interesas» suena demasiado gay a mi parecer. O sea… no soy gay. No tengo nada en contra de los gays… de los hombres, quizá. Quiero decir, por algo Mía es lesbiana, ¿no? Creo que ya me desvié del tema…
Mi mente se la ha pasado pensando en el chico de la carta. Se burla de mí, haciéndome creer que la probabilidad de que Dorian sea el chico que tanto he estado buscando por más de un mes sea alta. La mínima posibilidad de que sea él me revuelve el estómago. No de mala manera, claro.
Camino mirando el piso, sin rumbo fijo y hasta chocando con un par de alumnos. Subo por las escaleras del edificio, apenas siento el aroma a oleo alzo la vista.
Mis pies.
Mi mente.
Mi subconsciente.
Mi desesperación.
Mi estupidez.
Mis ganas de verlo a él.
Sea lo que sea me trajo hasta acá: el club de artes, justo el lugar en donde sé que puedo encontrarlo.
Me quedo parado delante de la puerta de artes pensando por un momento sí entrar al salón o no, pero el ruido de voces acercándose desde el otro lado de la puerta me pone en alerta y termino metiéndome al salón de al lado.
Me asomo por la ventana para ver de quién se trata, pero solo alcanzo ver a Becca. Estoy a punto de salir para saludarla hasta que noto como se acerca un chico a ella.
Y ahí está.
Dorian.
Tiene el cabello revuelto, aunque su uniforme está impecable.
Ambos se hablan como si fueran amigos de años, frunzo mi ceño. Estoy confundido, muy confundido. ¿Cómo es que Becca no mencionó a Dorian pero sí a Daniel?
Estoy a punto de salir por segunda vez, pero en está me interrumpe la voz de Apollo.
O el mundo es muy pequeño o yo soy imbécil y ciego, muy ciego.
Vuelvo a asomarme por la ventana. Dorian se asoma por el barandal y en eso Becca le da codazos a Apollo, este se ríe mientras mueve la cabeza. Mi mente no tarda en hacer click.
Oh. Esos dos son muy amigos, sí, entiendo.
Me siento en el piso escuchando lo que los tres dicen como el buen chismoso que soy. Sus temas de conversación son cosas que entiendo a medias. Miro el salón para distraerme: hay sillas amontonadas al fondo, las cortinas son de un azul cielo y delgadas por lo que entra la luz a la perfección, alrededor hay material de arte: esculturas, lienzos, un par de bastidores y cosa que creo que son de fotografía. Jamás había estado en un lugar con tantas cosas para crear.
Los tres tardan en despedirse, pero al final escucho como se alejan. Suspiro, aliviado y me levanto lentamente del piso, al mismo tiempo la puerta del salón se abre y mi rostro queda a escasos centímetros del rostro de Dorian. Sus ojos me miran con tanta intensidad que tengo que retroceder un par de pasos por mi nerviosismo. Su rostro pasa de sorpresa a confusión.
—¿Nos estabas espiando? —pregunta, pero no me da tiempo de contestar porque suelta un—: No puedes estar aquí si no eres parte del club de arte.
Abro y cierro la boca en un intento de defenderme o excusarme, pero como soy imbécil se me ocurre la peor excusa de todas:
—Yo soy un nuevo integrante. Ayer me inscribí.
Maldigo internamente la idiotez que acabo de decir. El castaño parece no creerme; su mirada me está juzgando mis pecados más profundos y encuerando mi alma. Sonrio de lado en un intento de verme confiado y me recargo en la ventana.
—Buenos Nico, me llamo días —suelto tan rápido que me doy cuenta de mí error cuando el rostro del castaño se vuelve aún más confuso.
Nos quedamos en un silencio incómodo hasta que decido hablar otra vez.
—Quiero decir que me puedes llamar todos los días —vuelvo a soltar la tercera estupidez del día—. Nicolás —digo, estirando mi mano hacía él—, Nicolás Liú. Un gusto,
Él mira mi mano, pero no la toma.
—Dorian —dice— Dorian Luján.
Abro la boca para preguntarle en qué salón va, pero él se da vuelta y se va, dejándome con la palabra en la boca.
Bien. No fue el encuentro con el que estuve fantaseando las últimas semanas, pero me sirve.
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Regreso a mí salón de clases y a pesar de no haber dormido bien la noche anterior me siento con demasiada energía. Justo ahora podría correr un maratón completo, nadar el océano pacifico y escalar la torre de pisa. Algo sencillo, magnífico, inigualable, algo así como yo.
Mía y Mark se están peleando como… no sé, toda su vida. Me siento en mi lugar sin ver a ninguno de esos dos, ambos notan mi desinterés en su pelea y detienen sus manotazos al aire para mirarme.
—¿Qué tienes? —pregunta mi pelirrojo amigo del alma.
Los miro como si estuviera viviendo la peor agonía de la historia, cosa que sirve porque ambos intercambian miradas y se acercan a mí.