Querido Padre

7.

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«Silencio limpio»

Lena

Cierro la puerta de mi habitación con más fuerza de la necesaria y apoyo la frente contra la madera unos segundos. El día había sido eterno. Voces de niños, rezos, miradas que se alargaban más de lo debido, silencios incómodos. Todo me pesaba en el cuerpo como si llevara una mochila llena de piedras.

Me quito los zapatos y los dejo tirados junto a la cama. Estiro los dedos de los pies, respiro hondo. Estoy cansada. No físicamente —eso sería fácil—, sino de fingir. Fingir calma. Fingir docilidad. Fingir que este lugar no me provoca náuseas.

Estoy a punto de tumbarme cuando llaman a la puerta.

―Adelante ―respondo, componiendo la voz.

La madre Anelisse entra sin pedir permiso. Siempre lo hace. Camina despacio, con las manos cruzadas al frente, la espalda recta, el gesto severo. Su sola presencia me eriza la piel.

―Lena, querida ―dice con ese tono dulce que no engaña a nadie―. Necesito hablar contigo.

Asiento en silencio.

―Además de ayudar con los niños, también deberás colaborar en la cocina. Aquí todos servimos. Sin excepción.

Por dentro, Freya levanta la cabeza como una bestia ofendida.

¿La cocina?
¿En serio?

Siento cómo la sangre me sube al rostro. La primera respuesta que quiere salir de mi boca es cualquier cosa menos educada. Freya quiere decirle que no soy su empleada, que no tengo idea de cómo sostener una cuchara sin convertirla en un arma, que no me trajo aquí para pelar papas.

Pero Lena... Lena baja la mirada.

―Está bien, madre ―digo, con voz suave―. Dígame cuándo debo ir.

―Ahora mismo. ―Sonríe, satisfecha―. El servicio de la cena empieza pronto.

Asiento otra vez.

Ella se gira y sale, cerrando la puerta con cuidado, como si acabara de imponer una orden justa y necesaria.

En cuanto estoy sola, aprieto los puños.

―Vieja de mierda ―murmuro entre dientes―. ¿Qué sigue? ¿Fregar los suelos con un cepillo de dientes?

Camino de un lado a otro de la habitación, respirando hondo para no perder el control. Esto también es parte de la misión. Me lo repito como un mantra. Esto también es parte de la misión.

Tomo la chaqueta, la coloco sobre mis hombros y salgo dando un portazo suave, pero firme.

Los pasillos están más silenciosos a esta hora. El eco de mis pasos resuena contra las paredes de piedra. No tengo idea de dónde queda la cocina. No sé qué esperan que haga ahí. ¿Cortar verduras? ¿Servir platos? ¿No quemar el lugar?

Genial, Freya. De cazar criminales a pelar cebollas.

Voy tan metida en mis pensamientos que no veo el desnivel del suelo.

Mi pie se engancha.

Todo pasa muy rápido.

Pierdo el equilibrio y caigo de espalda, el golpe seco contra el suelo me saca el aire de los pulmones.

―¡Maldita sea! ―se me escapa sin filtro.

Cierro los ojos, apretando los dientes, maldiciendo al mundo entero.

―Lo siento, lo siento, de verdad... ¿está bien?

La voz llega acompañada de pasos apresurados.

Abro los ojos con fastidio.

Es él.

El padre Dominic está inclinado frente a mí, con expresión genuinamente preocupada. Sus manos están extendidas, pero no se atreve a tocarme.

―No la vi venir ―dice sonrojado―. Caminaba distraído, rezando, y...

Ruedo los ojos con fuerza mientras me incorporo con torpeza, ignorando su mano. El trasero me duele otra vez. Fantástico.

―Claro ―respondo seca―. Siempre pasa lo mismo.

―¿Se lastimó? ―insiste―. ¿Quiere que la ayude a levantarse?

―Ya me levanté ―corto, sacudiéndome el vestido―. No hace falta.

Él se queda quieto, como si no supiera qué hacer con mis respuestas.

―De verdad lo siento ―repite―. No fue mi intención.

Lo miro con dureza.

―Padre, si va a disculparse cada vez que respira, va a quedarse sin aire.

Sus cejas se fruncen apenas, confundido. No ofendido. Confundido.

―No quise incomodarla ―dice―. Solo... intentaba ayudar.

―Pues no lo haga ―respondo, más áspera de lo que pretendía.

Hay un silencio incómodo entre los dos.

Dominic baja la mirada un segundo, como si estuviera buscando las palabras correctas. Cuando vuelve a mirarme, no hay reproche. Solo calma.

―Entiendo que esté cansada ―dice―. Hoy fue un día largo para todos.

Aprieto la mandíbula. No sabe nada. No tiene idea de lo que es un día largo.

―Voy tarde ―respondo―. Tengo que ir a la cocina.

―Ah ―dice, y se ilumina un poco―. Yo también iba para allá. Puedo acompañarla, si quiere.

Lo miro de arriba abajo, con una mezcla de fastidio y sospecha.

―No hace falta.

―Insisto ―sonríe con torpeza―. Prometo no hacerla tropezar esta vez.

No sé por qué, pero eso me saca una risa corta, amarga.

―No lo haga ―digo enseguida, recuperando el tono hostil―. Solo camine.

Empiezo a avanzar sin esperar respuesta.

Lo escucho caminar a mi lado, manteniendo una distancia prudente.

―¿Sabe cocinar? ―pregunta con inocencia genuina.

Lo miro de reojo.

―No.

―Oh... ―murmura―. Bueno, eso será... interesante.

―¿Eso fue un intento de chiste?

―Sí ―admite sin vergüenza―. No soy muy bueno.

Resoplo.

Perfecto. Estoy atrapada en una iglesia, obligada a servir en una cocina que no conozco, acompañada por un sacerdote demasiado amable para ser real.

Y, por algún motivo que no me gusta admitir, eso me pone aún más en guardia.

El olor me golpea antes de cruzar la puerta.

Pan caliente, algo hervido desde hace demasiado tiempo, cebolla frita, especias mal mezcladas. La cocina de la catedral no es pequeña, ni mucho menos. Es amplia, antigua, con techos altos y ventanas estrechas por donde entra una luz amarillenta que no alcanza a iluminar todos los rincones. Hay movimiento por todas partes.




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