
«Obediencia»
Lena
Este día me toca dar clase junto a Dominic en otro salón.
Cuando me lo dicen, no siento nada especial. Ni molestia ni alivio. Solo esa alerta constante que ya se volvió parte de mí, como una segunda respiración. Trabajo en equipo significa observar. Medir. Comparar reacciones.
La sala es amplia, con ventanas altas y paredes cubiertas de crucifijos y dibujos infantiles. El olor a tiza se mezcla con madera y libros usados demasiadas veces. Los niños entran ruidosos, arrastrando sillas, riendo, empujándose entre ellos. Dominic llega unos segundos después que yo, con un fajo de papeles mal ordenados bajo el brazo.
―Buenos días ―dice, demasiado animado.
―Buenos días, padre ―responden en coro.
Yo me coloco a un lado, cerca del escritorio. Hoy, oficialmente, soy apoyo. Observadora. Inofensiva.
Dominic empieza la clase con entusiasmo. Demasiado.
―Hoy vamos a hablar de... ―mira sus papeles― de... ―los vuelve a mirar― del sacrificio de Abraham.
Los niños se miran entre ellos. Uno levanta la mano.
―Eso fue la semana pasada ―dice una niña del fondo.
Dominic parpadea.
―¿Sí?
Risas contenidas.
―Hoy tocaba Moisés ―añade otro.
Dominic se rasca la cabeza, claramente confundido. Revisa los papeles otra vez, los gira, los ordena, los vuelve a desordenar.
―Bueno... ―dice alargando la palabra― entonces hablaremos de Moisés... y... ―sonríe― y Abraham.
Las risas ya no se contienen.
Yo observo. No intervengo.
―Padre ―dice Leopold, desde la segunda fila―, Moisés no conoció a Abraham.
Silencio.
Dominic se queda quieto un segundo. Luego se ríe. Una risa genuina, abierta, sin defensa.
―Tienes razón ―admite―. Eso fue un error enorme.
Las carcajadas llenan la sala. Incluso yo tengo que apretar los labios para no sonreír.
―Entonces... ―continúa― ¿qué les parece si ustedes me ayudan hoy?
Levanta la tiza como si fuera un micrófono.
―¿Quién recuerda qué hizo Moisés?
Las manos se levantan de inmediato. Los niños hablan todos a la vez, corrigiéndose, discutiendo. Dominic escucha, asiente, hace preguntas torpes, se equivoca otra vez en un nombre y vuelve a reírse de sí mismo.
No hay autoridad. No hay miedo. Solo ruido, risas y aprendizaje improvisado.
Y eso, aquí, es peligroso.
Desde la puerta, siento una presencia antes de verla.
La Madre Anelisse.
Está de pie, inmóvil, observando la escena con los labios apretados y las manos cruzadas frente al pecho. Su mirada no se posa en los niños. Se clava directamente en Dominic.
Él no la ve. Sigue riendo con ellos.
Yo sí.
Anelisse se queda unos minutos más, lo suficiente para confirmar lo que ya decidió. Luego se da la vuelta y se va sin decir una palabra.
La clase termina poco después. Los niños salen felices, comentando entre ellos, imitando los errores de Dominic entre risas. Él recoge sus papeles, aún sonriendo.
―Creo que hoy aprendí más yo que ellos ―dice.
―Eso se notó ―respondo, neutra.
No tarda.
Una de las hermanas aparece en la puerta.
―Padre Dominic, la Madre Anelisse quiere verlo. Ahora.
La sonrisa se le borra despacio.
―Claro ―dice―. Gracias.
Me mira, como si quisiera decir algo más, pero no lo hace. Sale.
No debería seguirlo.
Lo hago.
Me quedo a cierta distancia, apoyada contra la pared del pasillo que da a la oficina principal. La puerta está entreabierta. No necesito acercarme mucho para escuchar.
―Esto no es una escuela pública ―dice la voz de Anelisse, seca―. Aquí se enseña orden, no improvisación.
―Yo solo intentaba... ―empieza Dominic.
―Intentar no es suficiente ―lo corta―. Usted es un guía espiritual, no un bufón.
Silencio.
―Los niños necesitan estructura ―continúa―. No risas fuera de lugar. No errores. Usted no puede mostrarse débil frente a ellos.
―Pero aprender juntos...
―No ―dice ella―. Usted enseña. Ellos escuchan.
Otra pausa.
―Si vuelve a suceder algo así, reconsideraremos su posición aquí.
La palabra queda flotando como una amenaza.
―¿Entendido?
―Sí, madre ―responde él, en voz baja.
No hay rebeldía. No hay discusión. Solo aceptación.
Cuando sale, su postura es distinta. Los hombros un poco más caídos. La mirada baja. No me ve al principio. Cuando lo hace, se sobresalta.
―Lena ―dice―. No te vi.
―Lo noté.
Asiente.
―Supongo que... ―se detiene― que cometí errores hoy.
―Sí ―respondo―. Varios.
No lo suavizo. No es mi papel.
―Pero los niños parecían felices ―añade, casi como una defensa infantil.
―Aquí eso no siempre es una virtud.
Baja la mirada. Asiente otra vez.
―Lo intentaré mejor.
Se va.
Me quedo sola en el pasillo.
Lo vi reír. Lo vi equivocarse. Lo vi disfrutar. Y luego lo vi encogerse bajo una corrección que no buscaba enseñar, sino aplastar.
No parecía un hombre peligroso. Parecía... moldeable.
Me quedo quieta unos segundos después de que Dominic se va. El pasillo vuelve a su silencio habitual, ese silencio denso que aquí nunca es paz, sino vigilancia.
Exhalo despacio.
Tal vez fui dura.
No era necesario clavarle la verdad como una estaca. No cuando ya venía golpeado. Ruedo los ojos, molesta conmigo misma más que con él, y empiezo a caminar antes de que mi parte racional me detenga.
Lo alcanzo justo cuando llega a su puerta.
―Dominic ―digo.
Se gira, sorprendido otra vez. Parece que aquí todo lo toma así, como si el mundo aún pudiera sorprenderlo.
―¿Sí, Lena?
Está a punto de abrir cuando levanto una mano.