
«Punto ciego»
Lena
La iglesia rusa volvía a mí como siempre lo hacía: sin permiso.
Soñé con el incienso espeso, con las cúpulas doradas reflejando una luz que no venía del cielo, sino del fuego. Soñé con el altar de mi infancia, pero ya no era solo un altar: sobre él estaban los símbolos de M.A.R.T.E., grabados en metal oscuro, manchados de algo que parecía óxido... hasta que entendía que era sangre.
El agua bendita no era clara. Se teñía de rojo apenas alguien metía los dedos.
Y yo los metía.
Una y otra vez.
Alguien rezaba en ruso. Alguien gritaba órdenes por un comunicador.
El sonido de un disparo se mezclaba con un canto litúrgico.
Desperté jadeando.
El corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir. La camisola pegada a mi cuerpo, empapada de sudor. Tardé unos segundos en reconocer dónde estaba. Las paredes de piedra. La ventana estrecha. La cruz de madera...
No Moscú.
No la base.
No Freya Volkov.
Respiré hondo.
―Control ―murmuré―. Control.
Tenía la boca seca. La garganta ardía. Necesitaba agua.
Me levanté, descalza, con cuidado de no hacer ruido. El pasillo estaba casi a oscuras. Solo algunas lámparas encendidas, suficientes para no tropezar, insuficientes para sentirse a salvo.
Mientras avanzaba hacia la cocina, algo me detuvo.
Murmullos.
Me congelé.
No rezos nocturnos. No pasos aislados. Eran voces bajas, múltiples, coordinadas. Venían de uno de los pasillos laterales.
El pasillo sin cámaras.
Lo sabía porque lo había memorizado desde el primer día. Un punto ciego. Un error de diseño... o una conveniencia.
El instinto se activó de inmediato.
Me acerqué despacio, pegando la espalda a la pared. Reconocí la puerta: uno de los salones de reuniones. Cerrada. Fuera de horario.
Apoyé el oído.
Adultos. Solo adultos. Sin niños.
Eso, en ese lugar, ya era extraño.
Empujé la puerta apenas lo suficiente para mirar por la rendija.
La escena no era lo que esperaba.
No había cirios ni símbolos religiosos visibles. Las cruces habían sido retiradas. La mesa central estaba ocupada por cinco personas. Anelisse, una monja, dos hombres vestidos de civil y Un tercero con sotana, pero sin alzacuellos. Era un obispo, lo reconocía porque ya lo había visto en varias ocasiones.
Hablaban en voz baja, seria.
―Los traslados deben acelerarse ―decía uno de los hombres―. Hay demasiada atención últimamente.
―El señor D ya fue informado ―Respondió Anelisse―. Yo me encargare de mantener el orden interno.
¿El señor D? ¿Quién mierda es el señor D?
―¿Y los registros? ―preguntó otro―. Hay nombres que no coinciden.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No mencionaban a Dios. No hablaban de fe. Hablaban de logística.
―Los niños problemáticos... ―empezó a decir la monja.
Mi mandíbula se tensó.
―...se derivan primero ―terminó―. Los obedientes se quedan. Los otros no sirven aquí.
Un silencio pesado cayó sobre la mesa.
―¿Y el padre nuevo? ―preguntó alguien.
Mi pulso se disparó.
―No sospecha ―respondió Anelisse, con voz firme―. Cree en lo que ve. Eso lo hace útil... y controlable.
Sentí una presión en el pecho. Algo entre rabia y una confirmación amarga.
―Mientras siga distraído con los niños y las clases ―continuó―, no será un problema.
Apreté los dientes.
Así que era eso.
No eran rezos clandestinos.
Era una reunión administrativa. Una reunión de depredadores.
Retrocedí con el mismo cuidado con el que me había acercado. Cerré la puerta sin hacer ruido. Me apoyé un segundo contra la pared, respirando despacio, ordenando la información.
«Hijos de puta.» pensé.
Ahora no hay duda.
Ya no eran solo sospechas, ni intuiciones... Había estructura. Jerarquía. Decisiones frías tomadas en una mesa, bajo el techo de una catedral.
Y Dominic...
Es inocente, ya no me queda duda. Una victima mas de todo este mierdero.
Me alejé del pasillo sin cámaras, el corazón aún acelerado, sabiendo que esa noche ya no dormiría.
Había encontrado algo.
Y ahora, no podía detenerme.
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La mañana empezó mal.
No por algo extraordinario, sino por esa acumulación silenciosa de pequeñas humillaciones que se van clavando bajo la piel hasta que cuesta respirar. El sonido de las campanas todavía vibraba en el aire cuando ya estaba en la cocina, con las mangas arremangadas y las manos húmedas, tratando de no pensar en todo lo que había escuchado la noche anterior.
«Concéntrate.» me repetí.
Eres Lena Weber. Respira. Observa.
Tenía una bandeja entre las manos. Tazas de loza blanca, pesadas, antiguas. El vapor del agua caliente me subía por la cara. Olía a detergente barato y a pan del día anterior. Mis pensamientos estaban lejos... demasiado lejos.
―Más rápido.
La voz me golpeó por la espalda.
No hizo falta girarme para saber quién era. La monja Hildegard ―seca, huesuda, con labios siempre apretados como si mascaran desprecio― se plantó a mi lado. Su mirada recorrió mis manos, la bandeja, mi postura.
―No así ―dijo―. Vas a tirar todo.
Antes de que pudiera responder, antes siquiera de reaccionar, me arrancó la bandeja de las manos con un tirón brusco.
El golpe fue seco.
La porcelana tintineó peligrosamente.
Y algo en mi cabeza encajó mal.
No fue un pensamiento. Fue una orden.
"Cuando un superior arrebata tu equipo, responde. Neutraliza. Controla."
Mi cuerpo se tensó antes de que yo pudiera detenerlo. Los músculos reaccionaron solos. Sentí el cambio en mi respiración, en el centro de gravedad, en la forma en que mis dedos se cerraron.