Mucho antes de que existiera el hombre como ahora lo conocemos, el mundo ya había pasado por varias eras. Los dioses habían intentado crear vida una y otra vez. Levantaron generaciones enteras bajo distintos soles, pero ninguna logró permanecer.
Algunas criaturas eran demasiado frágiles y desaparecieron con las lluvias interminables que cubrieron la tierra durante años. Otras crecieron fuertes, pero olvidaron a quienes les dieron existencia y terminaron consumiéndose entre ellas hasta dejar el mundo vacío otra vez.
Con el paso del tiempo, las antiguas ciudades quedaron abandonadas. Los templos se hundieron bajo la maleza. Los caminos desaparecieron bajo el polvo. Y los restos de aquellas humanidades fueron llevados al lugar donde terminan todas las cosas: el Mictlán. Ahí permanecieron durante eras enteras. Nadie pronunciaba ya sus nombres. Nadie recordaba cómo habían sido sus rostros. Solo quedaban huesos.
En aquellos días, el mundo era silencioso. Los ríos seguían avanzando entre las montañas. El viento movía los árboles. El maíz crecía salvaje en algunos valles donde ya no quedaba nadie para cosecharlo. La tierra seguía viva, pero incompleta.
Los dioses observaban ese vacío desde lo alto. Algunos decían que era mejor dejar el mundo así. Las eras anteriores habían demostrado que ninguna creación era eterna. Todo terminaba regresando al polvo tarde o temprano. Otros simplemente habían perdido el interés.
Pero Quetzalcóatl no podía aceptar aquello. Desde lo alto del Tamoanchan observaba las tierras vacías y pensaba en las generaciones destruidas antes de tiempo. Sabía que las antiguas humanidades habían fallado, pero también sabía que algo de ellas todavía merecía permanecer. Por eso reunió a los dioses.
La noche en que habló, el cielo estaba cubierto por nubes oscuras y el fuego de los braseros apenas iluminaba el recinto sagrado donde las deidades escuchaban en silencio.
—La tierra no fue creada para permanecer vacía —dijo Quetzalcóatl mientras recorría el salón con la mirada—. Todavía puede existir una humanidad capaz de resistir el paso de las eras.
Algunos dioses apartaron la vista. Otros soltaron pequeñas risas cansadas. Tezcatlipoca fue el primero en responder.
—Ya lo intentamos antes. Cada creación termina igual. Nacen, crecen y después desaparecen. ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?
Quetzalcóatl no respondió de inmediato. El viento comenzó a moverse lentamente alrededor del recinto.
—Porque esta vez no serán creados desde cero.
Aquellas palabras hicieron que varios dioses levantaran la mirada. Tezcatlipoca entrecerró los ojos.
—Estás pensando en los restos de las eras anteriores.
Quetzalcóatl asintió.
—Los huesos todavía existen. Mientras permanezcan en el Mictlán, las antiguas generaciones no habrán desaparecido por completo.
Durante unos momentos nadie habló. Todos entendían lo que eso significaba. El Mictlán no era un lugar al que los dioses descendieran por voluntad propia. Era el reino donde terminaban las almas, las memorias y los restos de todo aquello que había dejado de existir. Un sitio antiguo incluso para las deidades. Y en el centro de aquel reino gobernaba Mictlantecuhtli, el Señor de la Muerte, el guardián de los huesos sagrados.
—No te dejará llevártelos —dijo una voz desde el fondo del salón.
Era Cihuacóatl. La diosa observaba el fuego con expresión seria.
—Mictlantecuhtli no comparte lo que entra en su reino. Nada sale completo del Mictlán.
Quetzalcóatl caminó hasta el borde del templo y observó la oscuridad que cubría las montañas a la distancia.
—Entonces bajaré y los tomaré yo mismo.
Aquellas palabras terminaron de romper el silencio. Algunos dioses comenzaron a murmurar entre ellos. Otros simplemente negaron con la cabeza. No era miedo lo que sentían. Sabían lo que existía debajo del mundo. Incluso para un dios, atravesar el Mictlán significaba arriesgarse a no regresar jamás.
Tezcatlipoca soltó una pequeña risa.
—Tu orgullo algún día terminará destruyéndote.
—No es orgullo —respondió Quetzalcóatl. El viento comenzó a rodearlo lentamente. —Es deber.
Nadie volvió a intentar detenerlo después de eso. La decisión estaba tomada.
Esa misma noche comenzaron los preparativos para el descenso. Los dioses encendieron grandes braseros alrededor del templo mientras sacerdotes colocaban ofrendas en silencio. El humo subió lentamente hacia el cielo oscuro. El sonido de los tambores comenzó a escucharse entre las montañas.
Quetzalcóatl permaneció de pie frente al fuego durante horas sin decir una sola palabra. Observaba las llamas mientras pensaba en lo que existía debajo del mundo. Nunca había entrado al Mictlán. Ningún dios descendía ahí sin motivo. Pero conocía las historias. Sabía que mientras más profundo avanzaras, menos fuerza conservabas.
El inframundo desgastaba lentamente a cualquiera que cruzara sus regiones. Primero el cuerpo. Luego la mente. Después los recuerdos. Muchos espíritus olvidaban incluso quiénes habían sido antes de llegar al último nivel.
Cuando el primer rayo del amanecer apareció detrás de las montañas, Quetzalcóatl finalmente se movió. Cihuacóatl se acercó a él antes de que abandonara el templo.
—Todavía puedes cambiar de idea.
Quetzalcóatl observó el horizonte unos segundos.
—Si los huesos permanecen enterrados para siempre, el mundo también permanecerá incompleto.
La diosa guardó silencio. Después extendió una pequeña bolsa hecha de fibras antiguas.
—Cuando encuentres los restos, colócalos aquí.
Quetzalcóatl tomó la bolsa.
—¿Crees que volveré?
Cihuacóatl tardó en responder.
—Creo que el Mictlán cambia a todo aquel que entra en él.
Quetzalcóatl permaneció callado. Luego descendió los escalones del templo y comenzó el viaje hacia el norte. Hacia el lugar donde terminaba la luz.
El viaje duró varios días. Quetzalcóatl atravesó montañas cubiertas por niebla y bosques donde los árboles crecían torcidos hacia el suelo, como si intentaran escapar de algo enterrado bajo la tierra. Mientras más avanzaba hacia el norte, menos señales de vida encontraba. Los ríos eran más oscuros, el aire más frío, y el viento comenzó a desaparecer poco a poco.