Quetzalcóatl y los huesos del Mictlán

Capítulo 2

Quetzalcóatl permaneció varios minutos observando la entrada del Mictlán. El aire que salía desde la grieta era frío y pesado, no se parecía al viento de la superficie. Era más denso. Las enormes escaleras descendían hacia la oscuridad absoluta.

Cerca de la entrada, apoyada contra una pared de piedra, había una antorcha vieja cubierta de polvo. A su lado descansaban varios huesos humanos esparcidos sobre los escalones, casi consumidos por el tiempo. Quetzalcóatl observó los restos unos momentos. Alguien había intentado bajar antes. Y no había regresado.

Tomó la antorcha y el fuego apareció lentamente sobre la tela ennegrecida. La luz iluminó apenas unos cuantos metros alrededor, revelando la humedad de las paredes y las marcas antiguas grabadas sobre la piedra. El dios comenzó a bajar.

Los primeros escalones todavía conservaban símbolos dejados por generaciones que intentaron acercarse al inframundo. Algunos estaban rotos, otros casi habían desaparecido bajo capas de tierra y humedad.

Mientras descendía, la luz del exterior comenzó a quedar atrás hasta que el cielo desapareció por completo. Las paredes de piedra se hicieron más estrechas. Quetzalcóatl continuó avanzando sin detenerse, aunque podía sentir cómo algo cambiaba a su alrededor.

La llama de la antorcha se movía de forma extraña dentro del túnel. A veces se debilitaba aunque no hubiera viento. Otras veces crecía de golpe, proyectando sombras deformes sobre las paredes. Después de un largo descenso, las escaleras terminaron frente a un enorme túnel de piedra natural. El techo era tan alto que la oscuridad ocultaba el final. A ambos lados había figuras talladas directamente sobre la roca: rostros descarnados, cuerpos deformes y símbolos antiguos cubiertos por raíces negras.

El dios avanzó lentamente. Sus pasos comenzaron a producir eco, pero unos momentos después notó algo extraño: el eco no repetía exactamente sus movimientos. Se detuvo. El sonido continuó unos segundos más detrás de él. El dios giró de inmediato, no había nadie, a luz de la antorcha apenas alcanzaba para iluminar el túnel detrás suyo y las sombras permanecían quietas sobre las paredes húmedas. Quetzalcóatl observó la oscuridad durante unos momentos antes de seguir caminando.

Mientras más avanzaba, más difícil resultaba distinguir cuánto tiempo había pasado. Dentro del Mictlán no existía el día ni la noche. Todo permanecía igual y el silencio comenzó a hacerse insoportable. Continuó caminando hasta que finalmente el túnel desembocó en una región mucho más amplia.

Frente a él se extendía una enorme llanura cubierta por neblina gris. El suelo estaba lleno de piedras negras y árboles secos que parecían muertos desde hacía siglos. A la distancia podían verse siluetas caminando lentamente entre la niebla: miles de almas que no hablaban. Algunas avanzaban sin rumbo. Otras permanecían sentadas sobre las piedras mirando al vacío. Muchas ni siquiera parecían conscientes de dónde estaban.

Entonces uno de los espíritus se acercó lentamente. Era un hombre joven, aunque su cuerpo estaba incompleto: parte de su pecho parecía deshacerse mientras caminaba. El alma levantó la vista por unos segundos.

—Otro más —murmuró con una voz seca antes de seguir caminando.

Quetzalcóatl continuó avanzando entre las almas. Nadie reaccionaba realmente a su presencia. Algunos lo observaban brevemente, pero después seguían moviéndose igual que antes, como si el tiempo hubiera terminado para ellos hacía mucho.

Mientras atravesaba la llanura, comenzó a notar algo peor: las almas olvidaban cosas. Escuchó a una mujer preguntando el nombre de su hijo una y otra vez sin poder recordarlo. Vio a un anciano observando sus propias manos con confusión, como si ya no entendiera quién había sido. El Mictlán no destruía rápidamente. Borraba lentamente.

Quetzalcóatl sintió el peso de aquello al comprenderlo. Era peor que el sufrimiento. Era desaparecer poco a poco hasta no conservar nada.

Siguió avanzando hasta llegar al borde de un enorme río oscuro. La corriente era lenta y espesa, no reflejaba absolutamente nada. Parecía un vacío moviéndose entre las piedras. Del otro lado podían verse más caminos descendiendo hacia regiones aún más profundas. Quetzalcóatl observó alrededor buscando alguna forma de cruzar, pero no encontró puentes ni embarcaciones.

Entonces escuchó un gruñido. Desde la oscuridad emergió una criatura enorme parecida a un perro, estaba cubierto de barro, sus ojos brillaban tenuemente en medio de la neblina mientras caminaba lentamente hacia la orilla. Quetzalcóatl lo reconoció de inmediato: un xoloitzcuintle.

El animal se detuvo frente al río y observó al dios en silencio. Durante varios segundos ninguno se movió. El xoloitzcuintle enseñó lentamente los dientes. Quetzalcóatl dio un paso hacia el río y la criatura gruñó más fuerte. El dios se detuvo. Los guardianes no permitían el paso de cualquiera. Observó al animal unos momentos antes de hablar.

—No vengo por las almas. Solo busco los huesos de las antiguas generaciones.

La criatura siguió observándolo fijamente. Después comenzó a caminar lentamente dentro del río. El agua oscura apenas se movía alrededor de su cuerpo. Cuando llegó al centro de la corriente, volteó nuevamente hacia Quetzalcóatl, esperándolo. El dios comprendió la señal. Clavó la antorcha entre las piedras de la orilla y entró al río.

El agua estaba helada, mientras avanzaba, comenzó a escuchar murmullos bajo la superficie: voces lejanas moviéndose debajo de él, algunas lloraban, otras suplicaban ayuda, otras simplemente repetían nombres que ya nadie recordaba. Quetzalcóatl siguió avanzando sin apartar la vista del xoloitzcuintle, pero a mitad del trayecto sintió algo rozar su pierna. Después otra cosa. Miró hacia abajo.

Manos. Docenas de manos pálidas emergían lentamente desde el fondo del río intentando sujetarlo.

Las voces comenzaron a aumentar.



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En el texto hay: mitologia, aventura epica, fantasia oscura

Editado: 13.05.2026

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