Quetzalcóatl y los huesos del Mictlán

Capítulo 3

Quetzalcóatl permaneció unos momentos arrodillado junto al río mientras el agua oscura continuaba moviéndose lentamente detrás de él. El frío todavía recorría su cuerpo y las voces seguían resonando en su cabeza, aunque cada vez más lejanas. Frente a él, el xoloitzcuintle observaba los caminos que descendían hacia las regiones más profundas del Mictlán. La criatura no parecía tener prisa. Su respiración era lenta y pesada, el barro seco cubría parte de su cuerpo oscuro y varias cicatrices lo atravesaban como marcas de batallas ocurridas hacía siglos.

Quetzalcóatl terminó incorporándose lentamente. Miró alrededor buscando la antorcha que había dejado antes de cruzar el río, pero apenas podía distinguir el resplandor lejano al otro lado de la corriente. El xoloitzcuintle soltó un gruñido bajo y comenzó a caminar.

—¿Vas a guiarme?

La criatura no respondió. Siguió caminando entre la niebla.

—Lo tomaré como un sí.

El camino descendía entre enormes paredes de piedra húmeda cubiertas de raíces negras. Algunas parecían moverse lentamente cuando la poca luz del lugar las alcanzaba. Durante varios minutos ninguno hizo ruido.

Mientras avanzaban, el aire comenzó a hacerse más pesado. Ya no era solamente frío, había algo más en él que Quetzalcóatl no podía nombrar. Observó las paredes del sendero y encontró marcas: miles de rayones hechos con uñas y nombres escritos una y otra vez sobre la piedra. Pasó una mano lentamente sobre uno de ellos. La roca estaba tan desgastada que aquellas marcas debían llevar ahí desde mucho antes de que él comenzara su descenso.

—¿Todos ellos intentaron salir? —preguntó mientras seguía caminando.

El xoloitzcuintle no volteó, pero soltó un sonido bajo, casi parecido a un gemido.

Más adelante comenzaron a aparecer cuerpos. No eran almas, eran restos reales: esqueletos completos tirados junto al camino, algunos todavía cubiertos por pedazos de ropa destruida, otros sentados contra las paredes como si hubieran muerto esperando algo que nunca llegó. El silencio del Mictlán hacía que todo se sintiera peor. No había insectos, no había olor a descomposición, nada se desmoronaba ni cambiaba. El tiempo parecía completamente detenido en aquel lugar.

El xoloitzcuintle volvió a detenerse y comenzó a gruñir. Quetzalcóatl levantó la vista de inmediato. Algo se movía más adelante.

Varias figuras aparecieron lentamente entre la oscuridad del sendero. Eran almas, pero diferentes a las que había visto antes. Estas sí levantaban la cabeza. Estas sí observaban. Sus cuerpos estaban deformados y cubiertos por sombras oscuras que parecían pegarse a ellos como humo espeso. Algunos caminaban arrastrando las piernas, otros avanzaban encorvados moviéndose de forma antinatural. Todos tenían los ojos puestos sobre Quetzalcóatl.

Las criaturas comenzaron a acercarse lentamente. El xoloitzcuintle mostró los dientes.

—No deberías estar aquí —dijo una de las almas. Su voz sonaba rota, como si varias personas hablaran al mismo tiempo desde la misma garganta. Otra figura dio un paso adelante. —Los vivos no regresan del Mictlán.

Quetzalcóatl sostuvo la mirada de aquellas criaturas sin retroceder.

—No soy un hombre.

Las almas comenzaron a rodearlo lentamente. El xoloitzcuintle gruñó más fuerte y se colocó entre él y las criaturas. El dios las observó unos momentos antes de volver a hablar.

—Busco a Mictlantecuhtli.

Las criaturas reaccionaron de verdad esta vez. Varias se quedaron inmóviles. Otras retrocedieron lentamente. Entonces la figura más cercana levantó una mano temblorosa y señaló hacia la oscuridad que descendía más profundo entre las paredes de piedra.

—Entonces sigue bajando.

Las almas comenzaron a alejarse entre la niebla hasta desaparecer. Quetzalcóatl permaneció inmóvil unos segundos observando la oscuridad frente a él. Entonces el xoloitzcuintle volvió a ladrar, como si le ordenara continuar.

Quetzalcóatl continuó descendiendo junto al xoloitzcuintle mientras el camino se volvía cada vez más estrecho. Las paredes de piedra parecían cerrarse lentamente alrededor de ellos. En algunas partes, enormes raíces negras atravesaban el techo y descendían hasta el suelo como venas enterradas bajo la tierra. El aire comenzaba a sentirse diferente, más pesado, y respirar requería más esfuerzo que antes.

El dios observó al xoloitzcuintle caminar delante de él con la cabeza baja y las orejas tensas. Desde hacía varios minutos la criatura ya no gruñía ni ladraba. Se movía en silencio absoluto, como si intentara no llamar la atención de algo.

—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Quetzalcóatl.

El perro no respondió. Continuó avanzando.

El camino descendió varios metros más antes de desembocar en una región abierta. Pero este lugar era distinto a los anteriores. No había almas caminando ni neblina gris. El suelo estaba cubierto por una capa de ceniza oscura que llegaba hasta los tobillos, y enormes columnas de piedra sobresalían a lo lejos como restos de una ciudad enterrada hacía siglos.

Quetzalcóatl observó alrededor lentamente. El silencio ahí era peor que en cualquier otro nivel. Ni siquiera podía escuchar sus propios pasos con claridad sobre la ceniza.

Entonces el xoloitzcuintle se detuvo de golpe. El animal bajó el cuerpo lentamente hasta quedar casi pegado al suelo y un gruñido bajo salió de su garganta. Era la primera vez que Quetzalcóatl lo veía reaccionar así.

—¿Qué sucede?

El perro no apartó la vista de la oscuridad frente a ellos.

Entonces ocurrió. Algo enorme se movió entre la neblina a la distancia. No hizo ruido. Simplemente cruzó entre las columnas de piedra durante unos segundos: una sombra gigantesca, demasiado alta, demasiado larga. Quetzalcóatl apenas alcanzó a distinguir la silueta antes de que desapareciera detrás de las ruinas.

El dios permaneció inmóvil. Incluso desde esa distancia podía sentir la presencia de aquella cosa. El xoloitzcuintle soltó un gemido bajo sin levantarse del suelo. Quetzalcóatl continuó observando la oscuridad varios segundos más, esperando volver a verla. Pero la figura no apareció otra vez y el silencio regresó lentamente.



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En el texto hay: mitologia, aventura epica, fantasia oscura

Editado: 13.05.2026

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