Quetzalcóatl y los huesos del Mictlán

Capítulo 4

Las montañas chocaban una contra otra con un estruendo capaz de hacer temblar toda la región. Cada impacto levantaba enormes nubes de ceniza y fragmentos de roca que caían desde lo alto como lluvia. El camino hacia las regiones inferiores atravesaba justo entre ambas masas de piedra. No existía otra ruta.

Quetzalcóatl observó durante varios minutos el movimiento de las montañas. No se cerraban de forma aleatoria. Había un patrón. Las paredes de roca se separaban unos segundos antes de volver a estrellarse con fuerza suficiente para triturar cualquier cosa atrapada entre ellas. El dios permaneció inmóvil observando el ritmo una vez, dos veces, tres. El estruendo recorría toda la región cada vez que las montañas chocaban.

A su lado, el xoloitzcuintle observaba el paso estrecho entre las piedras con las orejas tensas. Incluso él parecía incómodo.

Quetzalcóatl continuó mirando el movimiento unos segundos más antes de hablar.

—Podrías quedarte aquí. Ya me ayudaste. No necesitas seguir descendiendo.

El xoloitzcuintle sostuvo su mirada en silencio. Después avanzó un paso hacia las montañas. Quetzalcóatl soltó una pequeña exhalación por la nariz.

—Entonces supongo que ya tomaste tu decisión.

El estruendo volvió a sacudir la región. El dios observó nuevamente el movimiento de las montañas mientras calculaba el tiempo entre cada choque. El espacio permanecía abierto solo unos segundos.

El viento comenzó a moverse alrededor de él, débil al principio, después un poco más fuerte. No era igual que en la superficie. Dentro del Mictlán incluso el aire parecía resistirse a obedecerle. Pero seguía ahí.

Quetzalcóatl inhaló profundamente mientras mantenía la vista fija en el paso.

—Uno… —El suelo tembló. —Dos…

La abertura comenzó a abrirse otra vez. Quetzalcóatl flexionó ligeramente las piernas.

—Ahora.

El dios salió corriendo. El xoloitzcuintle arrancó detrás de él al mismo tiempo. La ceniza se levantó bajo sus pies mientras atravesaban el paso estrecho entre las montañas. El estruendo comenzó a aumentar de inmediato. Las paredes de roca ya estaban moviéndose otra vez, más rápido. Quetzalcóatl sintió cómo el suelo vibraba violentamente bajo él mientras seguía avanzando y fragmentos enormes de piedra comenzaron a desprenderse desde arriba.

El xoloitzcuintle corría unos metros delante. Las montañas estaban a punto de cerrarse. Demasiado pronto. Quetzalcóatl levantó la vista: las enormes paredes de roca descendían una contra otra con velocidad suficiente para aplastarlos antes de llegar al otro lado.

El xoloitzcuintle soltó un ladrido grave sin disminuir la velocidad. Quetzalcóatl extendió ambos brazos hacia los lados y el viento explotó alrededor de él. Una corriente brutal atravesó el paso mientras el dios concentraba toda su fuerza en las montañas. Las masas de piedra se estremecieron. Por un instante el movimiento se ralentizó, solo un poco, pero fue suficiente.

—¡Corre!

El xoloitzcuintle saltó hacia adelante justo cuando las rocas comenzaban a cerrarse nuevamente. Quetzalcóatl intentó seguirlo y sintió un dolor violento recorriendo su brazo. Uno de los bordes de piedra alcanzó a rozarlo antes de cerrarse completamente detrás de él.

El estruendo sacudió toda la región. El dios perdió el equilibrio y cayó sobre la ceniza oscura del otro lado del paso. El impacto le arrancó el aire de los pulmones. Permaneció acostado varios segundos mientras intentaba respirar. El brazo le ardía. La manga de su ropa estaba rasgada y una herida profunda atravesaba parte de su piel, la sangre comenzaba a descender lentamente por su mano.

Quetzalcóatl cerró los ojos unos momentos mientras el eco de las montañas todavía retumbaba detrás de él.

Algo húmedo rozó su brazo. Abrió lentamente los ojos. El xoloitzcuintle estaba junto a él, observando la herida mientras lamía lentamente la sangre que descendía por su brazo. Quetzalcóatl permaneció inmóvil unos segundos antes de dejar escapar una pequeña risa cansada.

—Seguimos vivos.

El perro levantó la cabeza, soltó un pequeño gruñido y volvió a mirar hacia el camino que descendía más profundo en el inframundo. Quetzalcóatl siguió la dirección de su mirada. Más adelante, el sendero continuaba hacia una oscuridad todavía mayor.



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En el texto hay: mitologia, aventura epica, fantasia oscura

Editado: 13.05.2026

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