Quetzalcóatl y los huesos del Mictlán

Capítulo 6

Las voces comenzaron lentamente. Al principio apenas eran murmullos perdidos entre la neblina, palabras incompletas, suspiros, nombres pronunciados por almas que ya casi no recordaban a quién pertenecían.

Quetzalcóatl continuó avanzando junto al xoloitzcuintle mientras las figuras permanecían inmóviles alrededor de ellos. Pero mientras más profundo entraban en la región, más aumentaban los susurros.

—Todavía puedes regresar… —Todavía estás a tiempo… —No sigas bajando…

El xoloitzcuintle caminaba pegado a una de sus piernas mientras gruñía constantemente. Quetzalcóatl intentó ignorar las voces y siguió avanzando.

Un hombre cubierto por heridas antiguas apareció frente a él. Parte de su rostro parecía consumido por ceniza.

—¿Por qué sigues luchando?
—Aquí abajo todos terminan igual.

Quetzalcóatl lo rodeó sin responder. Más figuras comenzaron a acercarse lentamente desde la neblina. No intentaban atacarlo. Solo hablaban.

—No vas a cambiar nada. —La muerte siempre gana. —Las eras volverán a terminar. —Los hombres volverán a destruirse.

Las voces comenzaron a mezclarse unas con otras, miles de murmullos rodeándolo desde todas direcciones. Quetzalcóatl apretó ligeramente los dientes mientras continuaba caminando.

Una mujer lo observaba inmóvil entre la neblina.

—Los hombres que quieres crear algún día dejarán de pronunciar tu nombre.

Más almas comenzaron a hablar alrededor.

—Olvidarán a los dioses. —Olvidarán las antiguas eras. —Olvidarán incluso este lugar.

Quetzalcóatl sintió cómo algo pesado comenzaba a instalarse dentro de su pecho, porque una parte de él sabía que podía ser verdad.

Las voces aumentaron de golpe. Ahora llegaban desde todas partes. Algunas lloraban, otras reían, otras simplemente repetían palabras sin sentido. El ruido comenzó a llenar toda la región. Quetzalcóatl llevó ambas manos hacia sus oídos mientras intentaba seguir avanzando, pero las voces no disminuyeron. Parecía que hablaban directamente dentro de su cabeza. El xoloitzcuintle ladraba desesperadamente a las almas que se acercaban cada vez más.

Algunas figuras ya no hablaban. Simplemente permanecían quietas mirando al vacío mientras lentamente comenzaban a hundirse en la ceniza negra bajo sus pies, sin resistencia, sin miedo, como si el propio Mictlán las absorbiera poco a poco. Aquellas almas ya se habían rendido completamente.

Las voces comenzaron a gritar.

—¡QUÉDATE!

Quetzalcóatl cayó de rodillas mientras se cubría los oídos con fuerza. El dolor dentro de su cabeza aumentaba y por un momento comenzó a olvidar dónde estaba. El Mictlán intentaba borrarlo igual que hacía con las almas.

Algo empujó su brazo. El xoloitzcuintle ladraba frente a él mientras tiraba ligeramente de su ropa con los dientes, como intentando obligarlo a levantarse.

Quetzalcóatl respiró agitadamente. Las voces seguían llenando toda la región. Pero recordó el sendero de flores, las almas intentando regresar, los vivos dejando ofrendas para quienes habían perdido. Todavía existía gente luchando por recordar. Aquello no había desaparecido.

El dios levantó lentamente la cabeza. Después se puso de pie de golpe.

—¡No!

Su voz retumbó por toda la región. El viento explotó violentamente a su alrededor, la neblina se agitó y las almas retrocedieron mientras una corriente brutal atravesaba el lugar. Quetzalcóatl respiró con fuerza mientras apartaba lentamente las manos de sus oídos. Las voces seguían ahí, pero ya no podían detenerlo.

El dios miró hacia la oscuridad que descendía más profundo en el Mictlán, luego observó al xoloitzcuintle. El perro seguía junto a él, esperando. Quetzalcóatl asintió lentamente y ambos continuaron avanzando hacia regiones todavía más profundas del inframundo.



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En el texto hay: mitologia, aventura epica, fantasia oscura

Editado: 13.05.2026

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