Las voces comenzaron a quedar atrás poco a poco mientras Quetzalcóatl y el xoloitzcuintle continuaban descendiendo. Aun así, algunos murmullos seguían persiguiéndolos entre la niebla: palabras incompletas, lamentos, almas rogándoles que regresaran antes de seguir bajando más. Quetzalcóatl mantuvo la vista fija al frente mientras avanzaba. No volvió a mirar atrás.
El camino descendía lentamente entre enormes paredes de piedra negra cubiertas por grietas profundas. La ceniza había desaparecido casi por completo y el suelo ahora era frío y liso, como si aquella parte del inframundo hubiera sido desgastada durante siglos por el paso de incontables almas.
El xoloitzcuintle a veces levantaba la cabeza hacia Quetzalcóatl o rozaba ligeramente su pierna mientras avanzaban. El dios observó a la criatura unos segundos.
—Nunca pensé que encontraría compañía aquí abajo.
El perro movió apenas la cola. Quetzalcóatl soltó una pequeña risa cansada antes de continuar caminando.
Durante un largo rato no encontraron nada más. Ni almas, ni ruinas, ni sonidos. Solo túneles interminables descendiendo hacia la oscuridad. Entonces algo comenzó a cambiar en el aire. Quetzalcóatl lo sintió primero en la respiración. El viento alrededor de su cuerpo comenzó a debilitarse lentamente hasta casi desaparecer. Incluso el ambiente del Mictlán, que normalmente se sentía frío y pesado, ahora parecía completamente inmóvil, como si aquella región estuviera muerta incluso para el inframundo.
El xoloitzcuintle disminuyó el paso y sus orejas se tensaron de inmediato. Quetzalcóatl observó hacia adelante. Hasta ese momento, algunas grietas abiertas sobre las paredes dejaban pasar pequeños reflejos azulados desde regiones lejanas del Mictlán, apenas suficiente para distinguir el camino. Pero esos últimos rastros de luz comenzaban a extinguirse poco a poco. Frente a ellos, el túnel descendía hacia algo mucho más oscuro.
El xoloitzcuintle se detuvo y soltó un gruñido. Quetzalcóatl observó la oscuridad unos momentos antes de hablar.
—Escuché historias sobre esta región hace mucho tiempo. Decían que existía un lugar en el Mictlán donde la oscuridad consumía todo lo que entraba en ella.
Avanzó lentamente unos pasos más. La última grieta luminosa quedó detrás de ellos.
—No solo la vista. También los recuerdos.
El silencio comenzó a sentirse extraño alrededor de ellos, pesado, artificial, como si el sonido mismo estuviera desapareciendo. Quetzalcóatl continuó avanzando mientras el xoloitzcuintle caminaba pegado a él. Después de varios metros, la poca claridad restante terminó desapareciendo por completo y la oscuridad absoluta cayó sobre ellos.
El dios se detuvo. No veía nada: ni las paredes, ni el suelo, ni al xoloitzcuintle. Permaneció inmóvil unos momentos intentando acostumbrarse pero era una oscuridad demasiado profunda. Intentó escuchar al perro.Ni respiración, ni pasos. El silencio era total.
Quetzalcóatl respiró lentamente mientras extendía una mano hacia adelante. No encontró nada. Dio un paso, después otro. El suelo seguía debajo de él, pero apenas podía sentirlo. Era como caminar dentro de un vacío interminable.
Escuchó respiración. Muy cerca. Giró de inmediato. Nada. El sonido desapareció. El dios permaneció inmóvil varios segundos antes de seguir avanzando.
Poco a poco comenzó a sentir algo peor: el tiempo. No podía distinguir cuánto llevaban caminando. Tal vez minutos, tal vez horas. La oscuridad parecía tragarse incluso eso. Quetzalcóatl intentó concentrarse en los recuerdos del mundo exterior: los templos, las montañas, el cielo. Pero las imágenes comenzaron a sentirse lejanas, difusas, como si el Mictlán intentara desgastarlas lentamente dentro de su mente.
Una voz habló entre la oscuridad.
—¿Por qué bajaste aquí?
Sonaba idéntica a la suya. Quetzalcóatl apretó ligeramente los dientes y continuó avanzando sin responder. La voz volvió a escucharse, más cerca.
—¿Qué era tan importante?
El dios sintió una incomodidad recorriéndole el cuerpo, porque por un instante no encontró la respuesta. El silencio volvió. Quetzalcóatl siguió caminando mientras ordenaba sus pensamientos. Los huesos. La humanidad. El mundo vacío. Todavía lo recordaba. Todavía sabía por qué estaba ahí.
Algo rozó su pierna. El xoloitzcuintle. La criatura soltó un pequeño resoplido antes de continuar caminando junto a él. Quetzalcóatl dejó escapar lentamente el aire.
—Sigues aquí…
El perro movió ligeramente el hocico. Y ambos continuaron avanzando juntos a través de la oscuridad.
Después de un tiempo imposible de medir, Quetzalcóatl comenzó a notar algo distinto dentro de la oscuridad. Aire. Una corriente débil moviéndose frente a él. A lo lejos, apareció una pequeña grieta de luz roja.
Quetzalcóatl avanzó hacia ella de inmediato. Mientras más se acercaban, más fuerte se volvía el viento. La oscuridad absoluta comenzó a quedar atrás poco a poco hasta que finalmente ambos atravesaron la salida del túnel.
El dios entrecerró los ojos. El cielo del Mictlán se extendía sobre ellos, rojo oscuro, cubierto por enormes nubes negras moviéndose lentamente sobre montañas de piedra y barrancos interminables. El aire rugía violentamente entre las rocas.
El primer corte atravesó la mejilla de Quetzalcóatl. El dios se detuvo de golpe y llevó una mano hacia el rostro. Sangre. El xoloitzcuintle soltó un ladrido alarmado justo antes de que otra ráfaga atravesara la región. Quetzalcóatl logró verlo esta vez: fragmentos diminutos de obsidiana viajando dentro del viento, miles de ellos. Levantó el brazo de inmediato para cubrirse mientras pequeñas cortadas aparecían sobre su piel y su ropa. El xoloitzcuintle retrocedió soltando un gemido.
El camino continuaba al otro lado del valle, pero atravesarlo significaba cruzar directamente bajo el viento de obsidiana. Otra ráfaga atravesó la región y más cortes aparecieron sobre el brazo y el cuello del dios. Quetzalcóatl apretó los dientes y se agachó junto al perro.