El viento de obsidiana quedó atrás poco a poco mientras Quetzalcóatl y el xoloitzcuintle continuaban descendiendo entre las enormes formaciones de piedra negra. El cielo rojo del Mictlán seguía extendiéndose sobre ellos, cubierto por nubes oscuras que parecían moverse demasiado lento.
Quetzalcóatl caminaba con dificultad. Las pequeñas heridas dejadas por la obsidiana seguían abiertas sobre sus brazos, su cuello y parte del rostro, algunas todavía sangraban lentamente mientras avanzaban. El xoloitzcuintle permanecía cerca de él, más atento que antes, observando constantemente al alrededor como si esperara que algo apareciera en cualquier momento. Pero no había nada. Ni almas, ni voces, ni criaturas. Y eso comenzaba a sentirse peor.
El camino descendió hacia una región inmensa con enormes estructuras de piedra repartidas por todo el paisaje. Quetzalcóatl disminuyó el paso mientras observaba alrededor. Las formaciones negras parecían ruinas, pero demasiado grandes: columnas partidas, escalinatas gigantescas, muros enterrados bajo piedra y ceniza. Todo el lugar daba la impresión de haber pertenecido a algo enorme hacía muchísimo tiempo.
El dios avanzó lentamente entre las ruinas hasta que lo vio. Un esqueleto. Los restos sobresalían parcialmente entre la piedra negra, solo podía verse una parte del cráneo y varias costillas enormes enterradas bajo la ceniza. Eran demasiado grandes, muchísimo más que cualquier criatura que hubiera visto sobre la tierra. El xoloitzcuintle soltó un gemido mientras rodeaba lentamente los huesos. Quetzalcóatl observó las enormes cavidades vacías del cráneo durante varios segundos. No reconocía aquella forma. Ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo.
Continuaron avanzando y comenzaron a aparecer más. Algunos esqueletos permanecían casi completos, acostados entre barrancos y montañas derrumbadas. Otros apenas sobresalían parcialmente bajo las ruinas, como si el propio Mictlán hubiera intentado enterrarlos hacía siglos.
Quetzalcóatl sintió una incomodidad recorriéndole el cuerpo mientras comprendía algo: el Mictlán era muchísimo más antiguo que las eras humanas. Tal vez incluso más antiguo que muchos dioses.
El xoloitzcuintle se detuvo de golpe. El perro bajó lentamente el cuerpo mientras observaba hacia la niebla del horizonte. Quetzalcóatl levantó la mirada de inmediato. La niebla comenzó a moverse lentamente. Algo enorme avanzaba detrás de ella. El dios apenas alcanzó a distinguir una silueta gigantesca cruzando entre las ruinas lejanas, demasiado alta, con la cabeza rozando casi las nubes oscuras del Mictlán. La figura avanzó lentamente varios segundos antes de desaparecer otra vez detrás de las estructuras negras.
Quetzalcóatl permaneció inmóvil observando el lugar donde aquella cosa había desaparecido. No escuchó pasos ni respiración, pero podía sentirla observandolos.
Las enormes estructuras negras frente a ellos comenzaban a cambiar. Ya no parecían ruinas destruidas al azar, sino algo más ordenado, como si estuvieran acercándose lentamente al verdadero centro del inframundo. El aire también había cambiado: ya no era solamente frío, ahora se sentía denso, solemne.
Quetzalcóatl observó las enormes construcciones a la distancia mientras el xoloitzcuintle permanecía completamente inmóvil junto a él. Algo en aquel lugar era distinto a todo lo que habían cruzado antes.