Quetzalcóatl y el xoloitzcuintle continuaron avanzando entre las enormes estructuras negras mientras la niebla comenzaba a volverse menos densa alrededor de ellos. El camino ya no parecía una formación natural del inframundo. Ahora había escalones, columnas, senderos construidos directamente sobre la piedra oscura. Todo se veía antiguo, muchísimo más que cualquier ciudad levantada por los hombres sobre la tierra.
El dios disminuyó lentamente el paso mientras observaba las construcciones alrededor. Las ruinas habían quedado atrás. Aquello seguía intacto. Las paredes negras se elevaban hacia el cielo rojo del Mictlán cubiertas por enormes grabados tallados directamente sobre la piedra. Algunos mostraban figuras humanas descendiendo hacia la oscuridad. Otros representaban criaturas imposibles mezcladas entre huesos, serpientes y símbolos que Quetzalcóatl no reconocía completamente.
El xoloitzcuintle caminaba más cerca de él. Ya no gruñía ni ladraba. Parecía inquieto de otra manera, como si entendiera que habían llegado a un sitio donde incluso él debía guardar silencio.
Quetzalcóatl levantó lentamente la mirada. A lo lejos comenzaron a aparecer enormes estructuras iluminadas por fuego, aunque no eran llamas normales. Ardían con un color azul intenso.
El centro del Mictlán.
El dios sintió una presión extraña dentro del pecho mientras continuaban avanzando. No era miedo exactamente. Era respeto. El aire se sentía distinto al de todas las regiones anteriores, más pesado, más antiguo, como si el propio inframundo respirara lentamente alrededor de ellos.
Mientras descendían por las enormes escalinatas negras, Quetzalcóatl comenzó a notar más detalles sobre las paredes. Miles de figuras estaban grabadas sobre la piedra: generaciones enteras descendiendo al Mictlán, almas cruzando ríos, criaturas siendo consumidas por la oscuridad. Y en el centro de casi todos los grabados aparecía la misma figura. Alta, descarnada, con enormes adornos alrededor del cuerpo y un rostro semejante a un cráneo observando desde lo alto.
El xoloitzcuintle apartó la mirada de uno de los grabados. Quetzalcóatl permaneció observándolo unos segundos más. Mictlantecuhtli. No necesitaba leer los símbolos para comprenderlo. Incluso las paredes parecían construidas para recordar constantemente quién gobernaba aquel lugar.
Continuaron avanzando. Llegaron a una enorme plataforma abierta y Quetzalcóatl se detuvo. Frente a él se extendía una ciudad gigantesca construida completamente de piedra negra y hueso blanco. Torres enormes ascendían hacia el cielo rojo mientras largas escalinatas conectaban templos y estructuras iluminadas por fuego azul. Ríos oscuros atravesaban lentamente la ciudad entre puentes gigantescos cubiertos de símbolos. Todo el lugar estaba perfectamente quieto.
El dios observó la ciudad durante varios segundos sin hablar.
La ciudad no parecía abandonada. Simplemente quieta. Como si todo permaneciera esperando. A lo lejos podían verse sombras moviéndose lentamente entre las estructuras gigantescas: figuras altas cubiertas por mantos oscuros caminando sobre las escalinatas o permaneciendo inmóviles cerca de los templos. Ninguna hablaba, ninguna se acercaba, pero todas parecían observarlo mientras descendía más profundo hacia el centro de la ciudad.
El xoloitzcuintle se acercó más a él. Quetzalcóatl bajó ligeramente la mirada hacia la criatura.
—Ni siquiera tú estás cómodo aquí.
El perro soltó un pequeño resoplido sin apartar la vista de las sombras lejanas.
Los caminos comenzaron a volverse más amplios y las construcciones más grandes mientras descendían hacia el centro del Mictlán. Algunas torres eran tan altas que desaparecían entre las nubes oscuras del cielo rojo. En ciertos lugares enormes huesos blancos decoraban las estructuras negras: costillas gigantes formando arcos, columnas hechas con vértebras antiguas, cráneos enormes incrustados directamente sobre los muros. Y aun así todo se veía hermoso de una forma extraña. No había caos, suciedad, ni destrucción. El centro del Mictlán estaba perfectamente cuidado, como un reino sagrado separado del resto del inframundo.
El sonido de agua moviéndose rompió el silencio. El dios levantó la mirada. Frente a ellos apareció un enorme lago negro rodeado por plataformas de piedra y fuego azul. La superficie del agua estaba completamente inmóvil, reflejando el cielo rojo del Mictlán como un espejo oscuro. Varias estructuras gigantescas rodeaban el lago formando círculos concéntricos alrededor de algo mucho más grande en el centro.
Un templo.
La estructura central se elevaba sobre el lago como una montaña negra construida directamente sobre las profundidades del Mictlán. Miles de escalones ascendían hacia enormes puertas abiertas decoradas con símbolos funerarios y figuras descarnadas talladas sobre obsidiana.
El xoloitzcuintle se detuvo. Quetzalcóatl también. Aquella presión que recorría su cuerpo no era la hostilidad del Mictlán que había sentido antes. Era algo distinto. Como si algo gigantesco estuviera observándolo desde el interior de aquella estructura. Las sombras que caminaban por la ciudad comenzaron a desaparecer lentamente entre las construcciones cercanas y el silencio se hizo todavía más profundo.
Quetzalcóatl observó el enorme templo mientras el fuego azul se reflejaba sobre sus ojos. Había figuras arrodilladas alrededor del lago: almas, cientos de ellas, permaneciendo inmóviles frente al templo central con la cabeza inclinada hacia las puertas abiertas. Ninguna hablaba. Ninguna se movía. Simplemente esperaban.
El xoloitzcuintle soltó un pequeño gemido bajo. Quetzalcóatl observó lentamente las enormes escalinatas negras que ascendían hacia el centro del templo. Cada paso del descenso, cada región del Mictlán, cada prueba, lo había llevado exactamente hacia ese lugar. El dios comenzó a avanzar hacia el lago. Sus heridas seguían abiertas y el cansancio pesaba sobre todo su cuerpo, pero aun así continuó caminando.