Quetzalcóatl permaneció inmóvil frente al lago negro mientras la sombra continuaba moviéndose bajo la superficie. El agua no se agitaba ni producía ondas. La figura simplemente avanzaba.
El xoloitzcuintle volvió a acercarse lentamente al dios con la cabeza baja y las orejas tensas. Quetzalcóatl observó las enormes puertas abiertas del templo. La sensación de presencia aumentaba cada vez más, como si el propio Mictlán respirara desde el interior de aquella estructura.
Las almas arrodilladas alrededor del lago comenzaron a inclinar todavía más la cabeza. Ninguna figura se movía, ninguna levantaba la vista.
Las llamas azules alrededor del lago comenzaron a moverse, inclinándose hacia el templo como si incluso el fuego reaccionara ante aquella presencia. Después, una figura surgió desde la oscuridad de las enormes puertas. Alta, delgada, cubierta por adornos oscuros y huesos blancos.
La figura descendió los primeros escalones del templo. Cada movimiento era tranquilo, sin prisa, y eso hacía que su presencia se sintiera todavía más pesada. Las llamas azules iluminaron parcialmente su cuerpo mientras avanzaba. El rostro parecía una calavera descarnada cubierta por marcas oscuras y adornos funerarios. Fragmentos de jade y obsidiana colgaban alrededor de su cuello junto a huesos pequeños tallados con símbolos del Mictlán. Sus ojos eran profundos y oscuros. Grandes plumas negras descendían desde su espalda mezclándose con mantos oscuros que rozaban la piedra.
Mictlantecuhtli. El Señor del Mictlán.
El aire entero pareció volverse más pesado mientras la deidad descendía las escalinatas. El xoloitzcuintle bajó todavía más la cabeza. Mictlantecuhtli observó al dios del viento durante varios segundos sin decir una sola palabra. Después habló.
—Han pasado muchas eras desde que uno de ustedes descendió tan profundo.
Su voz era tranquila y grave.
—Vine por los huesos de las antiguas generaciones —respondió Quetzalcóatl.
Mictlantecuhtli descendió un escalón más.
—Lo sé.
El dios de la muerte observó las heridas sobre el cuerpo de Quetzalcóatl, los cortes, la sangre seca, el cansancio visible en sus movimientos.
—El Mictlán intentó hacerte regresar varias veces.
Quetzalcóatl no respondió.
—Y aun así continuaste descendiendo.
Mictlantecuhtli levantó la mirada hacia el cielo rojo del inframundo.
—Los dioses siempre creen que pueden desafiar aquello que no les pertenece.
Quetzalcóatl dio un paso al frente.
—Los huesos no te pertenecen.
Varias almas alrededor del lago se estremecieron levemente. El señor del Mictlán no reaccionó.
—Todo lo que entra al Mictlán me pertenece.
—Las eras anteriores no debían terminar olvidadas.
Mictlantecuhtli observó las almas arrodilladas alrededor del lago.
—Y aun así terminaron aquí. Todos terminan aquí.
Quetzalcóatl sintió cómo la presencia del Mictlán entero parecía rodearlo mientras la deidad continuaba observándolo desde las escalinatas. Después volvió a hablar.
—¿Por qué deseas crear otra humanidad?
El dios del viento tardó unos segundos en responder. Recordó el mundo vacío, los templos abandonados, el cempasúchil creciendo entre la oscuridad, las almas intentando regresar incluso después de desaparecer.
—Porque el mundo no fue hecho para permanecer vacío.
Mictlantecuhtli permaneció observándolo. Después una sonrisa apareció lentamente sobre su rostro descarnado.
—Escuché esas mismas palabras hace muchas eras.
El dios de la muerte continuó descendiendo hasta que ambos quedaron frente a frente, y aun así Quetzalcóatl sentía que su presencia era muchísimo más grande de lo que sus ojos podían ver.
—Los hombres nacen —murmuró mientras observaba el agua oscura—. Crecen. Construyen templos. Levantan imperios, aman, temen, y después regresan aquí.
Quetzalcóatl guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Eso no significa que su existencia no tenga valor.
Las llamas azules se movieron alrededor de ambos dioses. Mictlantecuhtli lo observó fijamente durante varios segundos.
—Todavía conservas esperanza incluso después de ver el interior del Mictlán. —La deidad inclinó apenas la cabeza. —Interesante.
El lago negro comenzó a moverse detrás de él. La enorme sombra bajo el agua volvió a deslizarse entre las profundidades. Mictlantecuhtli ni siquiera volteó hacia ella.
—Viniste por los huesos de las eras antiguas. —Hizo una pausa breve. —Y aun así… todavía no me has demostrado que mereces llevártelos.
Quetzalcóatl sostuvo la mirada del señor del Mictlán mientras el lago negro continuaba moviéndose detrás de ambos.
El dios del viento dio un paso hacia adelante.
—No vine hasta aquí para demostrarte nada.
Mictlantecuhtli levantó una mano. Quetzalcóatl se detuvo de inmediato. No había agresividad en aquel gesto, ni amenaza, y aun así toda la región pareció guardar todavía más silencio.
El señor del Mictlán lo observó durante varios segundos antes de hablar.
—Sigues hablando como alguien que todavía pertenece al mundo de arriba. —Aquí abajo las cosas no se toman. Se ganan.
Quetzalcóatl permaneció inmóvil. El xoloitzcuintle soltó un pequeño gruñido mientras observaba las enormes escalinatas negras detrás de Mictlantecuhtli.
El señor del Mictlán giró hacia el lago.
—Muchos intentaron descender antes que tú. Algunos buscaban escapar de la muerte. Otros intentaban recuperar aquello que perdieron.
La deidad volvió la mirada hacia Quetzalcóatl.
—Todos fracasaron.
Después Mictlantecuhtli comenzó a caminar alrededor del lago. El dios del viento lo siguió con la mirada mientras las plumas negras rozaban la piedra oscura.
—Y aun así… tú lograste llegar hasta aquí. —Eso significa que quizá todavía exista algo de voluntad en las creaciones de arriba.
—Entonces entrégame los huesos.
Mictlantecuhtli se detuvo. Por un momento pareció casi divertido.