Quetzalcóatl y los huesos del Mictlán

Capítulo 11

Quetzalcóatl sostuvo el caracol entre sus manos. Mictlantecuhtli observaba desde unos metros adelante sin moverse, como si hubiera visto incontables veces a otros fracasar frente a aquella misma prueba.

El dios del viento volvió a recorrer la superficie del caracol con los dedos. No había aperturas, ni grietas, nada. El objeto estaba completamente sellado. No era una prueba de fuerza, eso estaba claro. Mictlantecuhtli no le habría permitido llegar tan profundo solo para pedirle algo imposible.

El señor del Mictlán habló.

—¿Comienzas a entender?

Su voz resonó sobre el lago inmóvil.

—Todo lo que llega aquí termina igual. Sin voz, sin memoria, sin aliento.

Las almas alrededor del lago permanecían inmóviles escuchando. Quetzalcóatl volvió la mirada hacia el caracol.

—Sin aliento...

Algo comenzó a tomar forma dentro de su mente. El caracol no estaba roto, estaba vacío. Como las almas que descendían al Mictlán, como todo lo que había visto desde que comenzó el descenso: no destruido, sino silenciado. El dios observó sus propias manos unos segundos. Después recordó el sendero de cempasúchil, las flores conservando calor incluso ahí abajo, las almas buscando una forma de volver a ser escuchadas incluso después de desaparecer.

Quetzalcóatl cerró los ojos. El viento comenzó a moverse alrededor de él, muy débil al principio. Las llamas azules temblaron apenas. Varias almas levantaron lentamente la cabeza. Mictlantecuhtli permaneció inmóvil observándolo.

El dios sostuvo el caracol cerca del pecho mientras el aire comenzaba a girar entre sus manos. Después abrió los ojos y dejó que parte de su propio aliento atravesara el caracol.

Durante un instante no ocurrió nada. El silencio permaneció sobre el lago. Después el viento dentro del caracol comenzó a crecer. Un sonido profundo emergió lentamente desde el interior de la concha sellada, grave, como si algo dormido hubiera despertado en las profundidades. Las llamas azules se agitaron violentamente. El lago negro comenzó a moverse. Las almas alrededor levantaron lentamente la cabeza.

El caracol rugió.

El sonido atravesó toda la región como una ola gigantesca. Las enormes estructuras negras devolvieron el eco mientras el rugido descendía hacia las profundidades del Mictlán. El viento se expandió alrededor de Quetzalcóatl y por un instante incluso el cielo rojo pareció estremecerse.

Quetzalcóatl bajó el caracol. El viento comenzó a calmarse poco a poco. Las almas continuaban observándolo. Algunas parecían confundidas. Otras, como si acabaran de recordar algo perdido hacía muchísimo tiempo.

Mictlantecuhtli permaneció completamente inmóvil frente al lago. El rostro descarnado del dios seguía siendo imposible de leer, pero el silencio entre ambos había cambiado. Quetzalcóatl sostuvo su mirada sin decir nada.

—Le diste voz a algo que ya pertenecía al silencio.

El señor del Mictlán guardó silencio unos momentos mientras las últimas vibraciones del sonido desaparecían entre las estructuras del inframundo. Después extendió una mano hacia el agua negra.

La superficie comenzó a abrirse. Un sonido de roca antigua retumbó por toda la región mientras una estructura de piedra negra ascendía desde las profundidades. Quetzalcóatl observó cómo un altar gigantesco surgía frente al templo central.

Sobre aquel altar descansaban los huesos de las antiguas generaciones.

El dios del viento quedó inmóvil frente al altar mientras los huesos descansaban bajo la luz azul del Mictlán. El lago negro seguía moviéndose alrededor de la plataforma recién emergida. Las almas arrodilladas continuaban observando en silencio, ninguna apartaba la mirada del altar.

El xoloitzcuintle permaneció junto a Quetzalcóatl mientras avanzaba hacia los restos sagrados. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. El cansancio acumulado del descenso recorría todo su cuerpo. Las heridas abiertas por la obsidiana ardían con cada paso y el aire inmóvil del centro del Mictlán parecía aplastarlo. Pero aun así continuó avanzando.

Los huesos descansaban cuidadosamente sobre la piedra negra. Algunos todavía conservaban un brillo tenue bajo las llamas azules, otros estaban cubiertos por símbolos grabados directamente sobre la superficie. Quetzalcóatl los observó varios segundos en silencio. Generaciones enteras terminadas, imperios olvidados, eras completas reducidas a hueso y polvo dentro del reino de la muerte.

El dios abrió lentamente el pequeño saco que colgaba de uno de sus costados. El regalo de Cihuacóatl, la única cosa que aún conservaba intacta desde antes de entrar al Mictlán. Comenzó a recoger los huesos con cuidado. Sus manos temblaban ligeramente por el cansancio mientras acomodaba cada fragmento dentro del saco.

Uno de los huesos más pequeños resbaló de entre sus dedos y cayó sobre la piedra. Quetzalcóatl intentó agacharse, pero el dolor atravesó su costado obligándolo a detenerse. El xoloitzcuintle se adelantó de inmediato y empujó el hueso suavemente con el hocico hasta acercarlo otra vez al dios.

El dios del viento lo observó unos momentos antes de tomar el fragmento.

—Gracias.

El xoloitzcuintle movió lentamente la cola.

Cuando finalmente cerró el saco, sostuvo el peso contra su pecho y respiró profundamente mientras observaba el altar vacío frente a él. Había descendido hasta el corazón del Mictlán y los huesos ya no pertenecían a la oscuridad.

Se incorporó lentamente. El xoloitzcuintle permaneció junto a una de sus piernas mientras ambos volvían la mirada hacia Mictlantecuhtli quién seguía inmóvil frente al lago.

Durante varios segundos ninguno habló.

Mictlantecuhtli observó el saco en manos de Quetzalcóatl.

—Así que incluso después de atravesar el Mictlán… todavía deseas cargar con el peso de otras eras.

—No permitiré que desaparezcan.

—Llévatelos entonces.

Quetzalcóatl no se movió de inmediato. Algo dentro de él seguía sintiendo que aquello era demasiado sencillo. Mictlantecuhtli comenzó a caminar lentamente alrededor del lago mientras observaba el reflejo rojo del cielo sobre el agua negra.



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En el texto hay: mitologia, aventura epica, fantasia oscura

Editado: 24.05.2026

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