El rugido atravesó todo el centro del Mictlán. El lago negro explotó violentamente detrás de Mictlantecuhtli mientras enormes olas oscuras golpeaban las plataformas de piedra alrededor del templo.
Quetzalcóatl retrocedió de inmediato mientras apretaba el saco contra su pecho. El xoloitzcuintle comenzó a ladrar desesperadamente hacia el lago. Algo gigantesco emergió desde las profundidades. Primero una enorme silueta oscura atravesó el agua. Después una cabeza descomunal cubierta por huesos blancos y piedra negra se alzó sobre el lago. Sus ojos brillaban tenuemente bajo el cielo rojo.
La criatura era enorme, mucho más de lo que el dios había imaginado cuando vio su sombra entre la niebla. Partes de su cuerpo parecían formadas por roca amezclada con huesos gigantescos. Grandes fragmentos de obsidiana sobresalían de su espalda como espinas negras mientras largas extremidades descendían hacia las plataformas alrededor del lago.
La criatura levantó la cabeza y lo observó directamente. Mictlantecuhtli nunca había pensado dejarlo salir libremente.
El dios volteó hacia las enormes escalinatas de la ciudad, sujetó rápidamente al xoloitzcuintle bajo uno de sus brazos y corrió.
La criatura rugió nuevamente. El sonido sacudió las estructuras del Mictlán mientras Quetzalcóatl salía disparado entre las plataformas negras. Detrás de él, algo colosal golpeó la piedra. El monstruo había salido completamente del lago. Las almas permanecieron inmóviles mientras la criatura avanzaba destruyendo parte de las plataformas bajo su peso.
El dios del viento descendió rápidamente por las enormes escalinatas mientras el rugido se acercaba detrás de él. El xoloitzcuintle se movía inquieto entre sus brazos. Las sombras de la ciudad comenzaron a desplazarse entre las estructuras. Todo el Mictlán parecía moverse con la criatura.
Algo enorme cayó frente a él. El impacto destruyó parte del camino: la criatura había saltado desde las plataformas superiores. Quetzalcóatl retrocedió mientras enormes fragmentos de piedra negra salían disparados alrededor. La bestia levantó lentamente la cabeza. De cerca era todavía peor. Partes de su cuerpo parecían incompletas, como si hubiera sido formada con restos olvidados del propio Mictlán. Bajo las placas negras de roca se movían huesos gigantes bajo la piel oscura. Sus ojos permanecían fijos sobre el saco.
Quetzalcóatl respiraba agitadamente. Las heridas del descenso seguían abiertas y el peso del Mictlán debilitaba sus fuerzas con cada segundo. La criatura lanzó una de sus enormes extremidades hacia él. Saltó hacia un lado apenas a tiempo mientras el golpe destruía las escalinatas detrás suyo. El xoloitzcuintle cayó al suelo y rodó varios metros entre la piedra negra.
Quetzalcóatl intentó acercarse, pero la criatura volvió a atacar obligándolo a retroceder. El monstruo comenzó a avanzar lentamente hacia el perro. El xoloitzcuintle gruñó mostrando los dientes aunque apenas parecía más grande que una de las garras de aquella cosa.
Quetzalcóatl apretó los dientes. El viento comenzó a moverse violentamente alrededor de él y las llamas azules de la ciudad se agitaron de inmediato. Levantó la mirada hacia la criatura y dejó de contenerse.
El aire explotó alrededor de su cuerpo. Las enormes corrientes atravesaron las estructuras negras del Mictlán mientras plumas luminosas comenzaban a aparecer entre el viento. La piedra bajo sus pies se agrietó. Quetzalcóatl sintió un dolor brutal recorrer todo su cuerpo mientras intentaba mantener la transformación dentro del inframundo. El Mictlán estaba rechazándolo, pero aun así continuó. Escamas cubrieron parte de sus brazos y cuello mientras enormes plumas emergían entre la tormenta de aire. Sus ojos comenzaron a brillar bajo el cielo rojo.
La serpiente emplumada. No completamente, el Mictlán no le permitía sostener toda su forma divina. Pero era suficiente.
Lanzó una corriente brutal de viento directamente contra la criatura. El impacto sacudió toda la ciudad. La bestia rugió mientras enormes fragmentos de piedra salían despedidos desde su cuerpo. El xoloitzcuintle corrió de inmediato hacia Quetzalcóatl.
—¡Vamos!
El dios sujetó el saco y se elevó entre las estructuras negras impulsado por violentas corrientes de aire. La criatura rugió y saltó detrás de él. Ambos atravesaron el cielo rojo del Mictlán entre columnas gigantescas y montañas oscuras mientras el viento sacudía toda la región.
Quetzalcóatl apenas lograba mantener la altura. El dolor aumentaba con cada segundo y el inframundo drenaba sus fuerzas demasiado rápido. Una enorme garra atravesó la tormenta y golpeó violentamente uno de sus costados.
Cayó violentamente entre las ruinas negras mientras fragmentos de piedra y hueso se dispersaban alrededor suyo. El impacto sacudió todo su cuerpo y durante unos segundos apenas pudo respirar. El cielo rojo giraba sobre él mientras el rugido de la criatura seguía acercándose entre las estructuras.
Las plumas luminosas desaparecían entre corrientes débiles de viento mientras el Mictlán consumía las últimas fuerzas que le quedaban.
Quetzalcóatl levantó la cabeza de inmediato. El saco había quedado varios metros lejos de él. Parte de los huesos estaban dispersos sobre la piedra, algunos rotos, otros mezclados entre fragmentos de ruinas. El xoloitzcuintle apareció corriendo entre el polvo oscuro mientras gruñía hacia la oscuridad detrás de ellos. El suelo temblaba con cada paso de la criatura.
El dios obligó a su cuerpo a moverse. Avanzó hacia los huesos mientras respiraba con dificultad, reuniendo rápidamente los fragmentos rotos dentro del saco con manos que temblaban por el cansancio. El xoloitzcuintle empujaba algunos con el hocico mientras vigilaba constantemente las ruinas.
El rugido volvió a escucharse, mucho más cerca. Quetzalcóatl levantó la mirada. La criatura descendía entre los restos del Mictlán destruyendo columnas y plataformas a su paso. Cerró rápidamente la tela y la sujetó contra su pecho. Los huesos ya no estaban completos, se habían mezclado y fracturado durante la caída. Pero todavía existían.