Quetzalcóatl permaneció varios segundos inmóvil sobre la piedra húmeda mientras intentaba recuperar el aliento. El cielo nocturno se extendía sobre él. El viento de la superficie recorría nuevamente las montañas y movía su cabello mientras el sonido lejano de los árboles volvía a existir alrededor suyo.
El dios respiró profundamente varias veces antes de incorporarse sobre uno de sus brazos. Volteó hacia la enorme entrada detrás de él. La cueva permanecía abierta entre las montañas como una herida oscura atravesando la piedra. Por un momento esperó escuchar el rugido de la criatura, ver algo salir desde la oscuridad. Pero no ocurrió nada.
Bajó la mirada hacia el saco. Abrió la tela con manos temblorosas. Los fragmentos rotos descansaban dentro mezclados entre sí, algunos agrietados por la caída, otros reducidos a pedazos más pequeños. Pero seguían ahí. Los observó en silencio unos segundos y después soltó una pequeña risa cansada. Todavía no podía creer que realmente hubiera salido del Mictlán cargando los huesos.
Cerró lentamente los ojos mientras el viento nocturno atravesaba las montañas alrededor suyo.
Lo había logrado.
Los volvió a abrir de golpe. El xoloitzcuintle. Quetzalcóatl levantó la mirada hacia la entrada de la cueva y lo vio. El xoloitzcuintle permanecía quieto frente a la oscuridad del Mictlán, observándolo.
—Ven.
El xoloitzcuintle movió apenas la cola. Pero no avanzó. Quetzalcóatl intentó ponerse de pie y el dolor atravesó inmediatamente todo su cuerpo. Las heridas del descenso seguían abiertas y el cansancio pesaba sobre cada movimiento. Aun así caminó lentamente hacia la entrada.
—Ya terminó.
El perro continuó observándolo desde la oscuridad. Volvió a mover la cola. Pero no salió. Quetzalcóatl llegó hasta el borde de la cueva y se agachó frente a él. Había algo extraño alrededor del xoloitzcuintle. Una presión invisible. El dios extendió lentamente una mano intentando acercarlo, pero justo antes de tocarlo sintió una fuerza fría recorriendo sus dedos. Como una barrera.
Permaneció inmóvil unos segundos. Después volvió la mirada hacia la oscuridad del Mictlán detrás del perro. El xoloitzcuintle pertenecía a ese lugar. Siempre había pertenecido ahí. Bajó lentamente la mano.
El perro dio un pequeño paso hacia él. La barrera volvió a detenerlo. Quetzalcóatl guardó silencio mientras observaba a la criatura. Recordó el río, las montañas, la oscuridad, el viento de obsidiana, y al perro permaneciendo junto a él durante todo el descenso. Una sonrisa cansada apareció lentamente en su rostro.
—Así que ese era tu lugar desde el inicio…
El xoloitzcuintle movió lentamente la cola. Quetzalcóatl respiró profundamente y apoyó una mano sobre la cabeza de la criatura. Esta vez la barrera no lo detuvo. El perro cerró apenas los ojos mientras el dios acariciaba su pelaje oscuro.
—Gracias.
Observó a la criatura varios segundos antes de inclinarse hacia él y darle un pequeño beso sobre la frente. Sintió una lágrima descender por su mejilla. Apartó lentamente el rostro y soltó una pequeña risa.
—Supongo que incluso los dioses terminan encariñándose demasiado.
El xoloitzcuintle levantó ligeramente la cabeza hacia él y volvió a mover la cola. Quetzalcóatl lo observó unos momentos más. El perro retrocedió lentamente hacia la oscuridad de la cueva, se detuvo una última vez, volteó hacia él, y después desapareció dentro de las profundidades del inframundo.
El dios permaneció inmóvil frente a la entrada oscura durante varios segundos. Después levantó lentamente la mirada hacia el cielo, algo dentro de él se sentía diferente a como se había sentido en todo el descenso. No era solo el aire ni el viento de la superficie.
Era que, después de atravesar todo aquello, todavía seguía siendo él mismo.