El viento de la superficie recorría lentamente las montañas mientras Quetzalcóatl se alejaba de la entrada del Mictlán. Aun así, sentía el peso del inframundo persiguiéndolo, como si una parte del Mictlán todavía caminara detrás de sus pasos esperando el momento para reclamar nuevamente los huesos.
Avanzaba despacio. El cansancio ahora era todavía peor. En varios momentos sentía que apenas podía sostenerse en pie.
Continuó caminando entre senderos de piedra mientras el cielo nocturno comenzaba a aclararse. Después de tanto tiempo dentro del Mictlán, volver a ver el amanecer resultaba extraño. La luz del sol todavía no aparecía completamente, pero el horizonte comenzaba a teñirse de tonos dorados y azules.
Se detuvo unos segundos al escuchar pájaros cruzando el cielo mientras el amanecer terminaba de extenderse sobre el horizonte. Después de tanto tiempo escuchando únicamente gritos, viento y murmullos de almas, aquel sonido parecía casi imposible. El dios los observó en silencio antes de seguir avanzando.
Descendió por senderos estrechos, atravesó pequeños bosques y cruzó varias regiones. A veces tenía que detenerse para recuperar el aliento o apoyarse sobre alguna roca antes de seguir avanzando. Las noches eran peores. Cuando cerraba los ojos seguía viendo el cielo rojo del Mictlán, seguía escuchando el rugido de la criatura acercándose entre la oscuridad. Y algunas veces, justo antes de quedarse dormido, todavía creía sentir al xoloitzcuintle caminando cerca suyo. Pero cuando abría los ojos, solo quedaba el viento de la superficie.
Pasaron varios días. Quetzalcóatl apenas hablaba. La mayor parte del tiempo avanzaba en silencio sosteniendo el saco contra el pecho como si temiera perderlo en cualquier momento. El cansancio se volvió más evidente con el paso de los días. Incluso respirar dolía algunas veces. Aun así, nunca soltó los huesos.
Finalmente, después de atravesar montañas y antiguos caminos, llegó a las regiones sagradas de Tamoanchan. Se detuvo sobre una colina mientras observaba el lugar frente a él. Grandes árboles cubiertos por flores blancas se extendían alrededor de jardines atravesados por pequeños ríos cristalinos. La luz del amanecer descendía entre las ramas mientras el viento movía las hojas.
Después de todo lo que había visto dentro del Mictlán, Tamoanchan parecía pertenecer a otro mundo.
Quetzalcóatl comenzó a descender lentamente hacia los jardines. Sus pasos eran inestables y las fuerzas apenas le alcanzaban para mantenerse en pie. Varias figuras levantaron la mirada cuando el dios apareció entre los senderos. Algunos guardaron silencio al ver las heridas cubriendo su cuerpo. Otros observaron el saco que llevaba.
Cihuacóatl avanzó rápidamente desde el centro de los jardines y se detuvo apenas unos pasos frente a él. Su expresión cambió de inmediato al verlo de cerca: las heridas, el cansancio visible en cada movimiento. Después bajó lentamente la mirada hacia el saco cubierto de polvo oscuro.
Quetzalcóatl intentó seguir avanzando, pero las piernas terminaron por fallarle. Cihuacóatl lo sostuvo antes de que cayera al suelo. El dios respiraba con dificultad y aun así sujetaba el saco con fuerza, como si todavía temiera que algo intentara arrebatárselo.
—Lo lograste… —murmuró la diosa mientras observaba la tela cubierta de sangre y tierra.
Quetzalcóatl dejó escapar una pequeña risa cansada.
—No fue sencillo.
Cihuacóatl recorrió con la mirada las heridas abiertas sobre su cuerpo.
—El Mictlán intentó destruirte.
El dios guardó silencio un momento. Después abrió lentamente los ojos y miró el amanecer sobre Tamoanchan.
—Estuvo cerca.
El agotamiento terminó venciendo su cuerpo.
Despertó lentamente al escuchar el sonido del agua recorriendo los jardines de Tamoanchan. Durante varios segundos permaneció inmóvil mirando el techo cubierto por ramas blancas y flores pequeñas que colgaban suavemente sobre la habitación. La luz del amanecer atravesaba las paredes abiertas dejando entrar aire fresco junto con el murmullo tranquilo de los ríos cercanos.
Por un momento no entendió dónde estaba. Después el dolor regresó. Quetzalcóatl intentó incorporarse demasiado rápido y una punzada le atravesó el costado obligándolo a detenerse. Apoyó una mano sobre el pecho mientras respiraba despacio intentando acostumbrarse otra vez al peso de su propio cuerpo.
Las vendas cubrían gran parte de sus brazos, el torso y parte de la espalda. Algunas todavía conservaban manchas oscuras donde las heridas habían vuelto a abrirse. La habitación era sencilla: piedra clara y varias vasijas antiguas colocadas junto a las paredes. Sobre una pequeña mesa descansaba el saco que había traído consigo.
El dios dejó escapar el aire mientras miraba la tela. Afuera, el viento movió suavemente las ramas de los árboles.
Quetzalcóatl apoyó ambas manos sobre la cama e intentó ponerse de pie. Esta vez lo logró, aunque despacio. Las piernas todavía temblaban un poco y algunas heridas seguían ardiendo bajo las vendas, pero al menos ya podía caminar sin sentir que iba a desplomarse. Tomó el saco con cuidado antes de salir de la habitación.
La luz de la mañana cubría completamente los jardines de Tamoanchan. El agua cristalina recorría pequeños canales entre las piedras mientras enormes árboles blancos dejaban caer pétalos lentamente sobre los senderos. Quetzalcóatl avanzó despacio entre los jardines y notó que no estaba solo. Varias figuras se habían reunido cerca del centro del jardín principal. Algunos dioses menores hablaban en voz baja mientras preparaban recipientes de barro, maíz y antiguas herramientas ceremoniales alrededor de una enorme piedra blanca colocada junto al agua.
En medio de todos ellos estaba Cihuacóatl. La diosa levantó la mirada apenas lo vio acercarse.
—Pensé que todavía seguirías descansando. Apenas lograste llegar aquí con vida.
Quetzalcóatl dejó escapar una pequeña risa.