Quetzalcóatl y los huesos del Mictlán

Capítulo 15

El jardín de Tamoanchan permanecía en silencio mientras el viento movía lentamente las flores blancas alrededor del altar ceremonial. La luz de la mañana descendía entre los árboles y se reflejaba sobre el agua que recorría los pequeños canales de piedra.

Quetzalcóatl permanecía frente al altar observando los fragmentos de hueso.

Cihuacóatl se acercó lentamente y comenzó a acomodar los fragmentos sobre la piedra ceremonial. Sus movimientos eran tranquilos, precisos, como si estuviera realizando algo que había esperado desde hacía mucho tiempo. Las demás figuras permanecían alrededor observando en silencio.

El sonido de la piedra moliendo los huesos comenzó a mezclarse con el viento y el agua de los jardines. Poco a poco, los fragmentos se convirtieron en polvo blanco sobre el altar. Quetzalcóatl observaba sin hablar. A veces bajaba la mirada hacia sus manos vendadas, pero después volvía los ojos hacia la piedra.

Cihuacóatl tomó los granos de maíz preparados junto al altar y comenzó a mezclarlos con el polvo de hueso. El aroma del maíz llenó el aire alrededor de los jardines. El viento comenzó a moverse un poco más fuerte entre los árboles.

Quetzalcóatl observó la mezcla unos momentos antes de acercarse al altar. Recordó el caracol, el silencio antes del sonido, y entendió de inmediato qué era lo que faltaba. Cihuacóatl levantó apenas la mirada hacia él. No hizo falta decir nada.

El dios tomó lentamente la pequeña hoja de obsidiana que descansaba junto al altar y la apoyó sobre su pecho. Después abrió su piel con un movimiento lento. La sangre comenzó a descender sobre la mezcla de hueso y maíz.

El viento recorrió los jardines de golpe. Las flores blancas comenzaron a elevarse alrededor del altar mientras la sangre divina se extendía lentamente sobre la piedra ceremonial. Cihuacóatl apartó apenas las manos observando cómo la mezcla comenzaba a cambiar.

Quetzalcóatl permaneció inmóvil mientras la sangre seguía descendiendo desde la herida abierta.

—Ahora tienen mi sangre para ser valientes y el hueso de los ancestros para ser eternos.

La mezcla se movió apenas al principio, como una respiración débil. Las figuras alrededor guardaron un silencio absoluto mientras el movimiento se hacía más claro.

Una mano apareció lentamente entre la mezcla. Después otra. El primer cuerpo comenzó a levantarse poco a poco mientras respiraba con dificultad. Cihuacóatl observó en silencio mientras las nuevas vidas continuaban emergiendo.

No eran iguales entre sí. Los huesos rotos de las antiguas generaciones seguían mezclados dentro de ellos: algunos cuerpos eran más altos, otros más resistentes, otros más delgados o fuertes. Ninguno había nacido perfecto. Pero todos respiraban. Todos estaban vivos.

Quetzalcóatl observó al primero de ellos levantar lentamente la mirada hacia el cielo de Tamoanchan. El viento movió suavemente su cabello mientras tomaba aire por primera vez. Y en ese instante, después de todo lo atravesado para llegar hasta ahí, el dios comprendió que el mundo ya no volvería a estar vacío.

Desde entonces, los hijos de esta tierra aprendieron a caminar llevando dentro de sí la memoria de los antiguos huesos, la fuerza del maíz y la sangre de los dioses. Por eso nunca le temieron realmente a la muerte. Porque en el fondo de su origen siempre existió algo que logró volver incluso desde la oscuridad más profunda.



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En el texto hay: mitologia, aventura epica, fantasia oscura

Editado: 24.05.2026

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