Con el paso del tiempo, las nuevas generaciones comenzaron a crecer sobre la tierra creada con maíz, huesos y sangre divina. Aprendieron a levantar ciudades, a nombrar los ríos, a mirar el cielo buscando respuestas y a contar historias sobre dioses que alguna vez caminaron entre ellos.
Pero algunas cosas nunca fueron olvidadas.
Entre todas las flores de la tierra, hubo una que comenzó a ocupar un lugar especial. Sus pétalos dorados resistían el viento y permanecían vivos incluso durante los días fríos. Con el tiempo, los hombres descubrieron que su aroma recorría grandes distancias y podía abrir caminos entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Así descubrieron el camino de cempasúchil.
Durante ciertas noches, las familias comenzaron a colocar flores, velas y alimento esperando que aquellos que habían partido encontraran el camino de regreso a casa. Porque después de todo aquello, los hombres entendieron algo importante:
La muerte nunca significaba desaparecer por completo.
También comenzaron a respetar a los xoloitzcuintles, los perros que durante generaciones acompañaron a los vivos y guiaron a las almas hacia el otro lado. Muchos decían que podían ver cosas que los humanos no. Otros creían que reconocían caminos ocultos bajo la tierra.
Algunos ancianos incluso aseguraban que, en noches silenciosas, todavía podía verse a uno de ellos sentado cerca de cuevas antiguas mirando hacia la oscuridad, como si continuara esperando el regreso de alguien.
Y aunque el tiempo cambió el mundo una y otra vez, hubo algo que jamás desapareció de esta tierra:
La costumbre de mirar a la muerte sin bajar la cabeza.
Porque en lo más profundo de su origen, los hijos del maíz siempre llevaron dentro la memoria de aquel dios que descendió al Mictlán… y logró regresar.