DEREK
Veo su silueta desaparecer entre las calles.
Me siento culpable. Muy culpable.
No he sabido actuar.
Soy un desastre, y mis piernas ni siquiera reaccionan para ir detrás de ella.
Sin poder hacer nada más, yo también me marcho.
No tengo idea de a dónde ir.
A mi casa no quiero volver; Octavio estará listo para su sermón diario sobre lo mal que estoy tratando a Nina.
Buscar a Christian tampoco es buena idea: no quiero ponerlo en medio.
Así que decido buscar la única compañía que ahora mismo tolero: la soledad.
Manejar siempre ha sido mi tranquilizante.
Serás papá, Derek.
La frase cae como plomo.
Me orillo en algún punto de la carretera y detengo el carro.
—Un estúpido papá —murmuro, hundiendo la cabeza en el volante.
En mi mente solo está la imagen de Nina mirándome con decepción y reproche.
Y me duele. Me incomoda. Me revienta el pecho.
¿Lo merezco?
Probablemente sí…
pero que no duela es imposible.
Nina me afecta más de lo que estoy dispuesto a admitir.
Me mueve el piso.
Me desarma.
Me confronta.
Supongo que por eso lleva dos niños nuestros dentro de ella.
Porque nada en esta historia es casualidad…
ni ella…
ni lo que siento…
ni este miedo que me está partiendo en dos.
…—¿Siempre es así de impertinente? —dice aquella hermosa criatura frente a mí.
La lucha que hace por no mostrar sus nervios a un desconocido es tan tierna que me arranca una sonrisa.
—¿Se ríe de mí? —logra decir al fin, y ahora sí, me río de verdad.
A pesar de que el licor lleva horas dándome vueltas en la cabeza, no he podido dejar de mirarla.
Cuando entró al bar fue como un imán: mis ojos quedaron prendados en ella.
—No se enoje, señorita.
—No lo estoy —contesta, aunque la mirada la delata.
—Solo quiero ser amable con usted. Déjeme invitarle un trago.
…
Despierto aturdido.
El cuello me duele como si hubiera dormido sobre piedra.
Parpadeo varias veces hasta darme cuenta de dónde estoy.
Sigo en mi auto.
La cabeza me late.
Y, como siempre, los recuerdos de Nina llegan en pedazos:
flashazos, luces, su voz, su risa nerviosa…
Es como si mi mente intentara armar un rompecabezas que no quiere calzar.
Un rompecabezas que da miedo completar.
Uno que, cuando está por encajar… duele.
NINA
—¿Quién será…? —murmuro fastidiada mientras me incorporo en la cama.
Prendo la luz de la mesa de noche.
¿Quién me buscará con tanta urgencia a estas horas?
A tientas encuentro mi celular.
Es un número desconocido.
—¡Aló! —gruño. Cuando interrumpen mi sueño me convierto en un ogro.
—Nina… —responde una voz que reconozco al instante.
—¿Derek? —parpadeo, incrédula.
Miro el reloj en mi mesita: 4:00 a.m.
—¿Qué haces llamando a esta hora? Es demasiado temprano.
—Sé que es temprano… —su voz suena apagada, rota—. Estoy afuera de tu casa. ¿Puedes bajar? Por favor.
—¿Qué haces aquí? —me irrito más—. No quiero verte, ni hablar, ni nada. Para eso tengo a tu hermano y a tus abogados.
—Por favor, Nina… —su tono es suplicante, casi doloroso—. Necesito que bajes.
Me quedo muda.
Estoy aún furiosa por todo lo que dijo, por todo lo que hizo.
La última —y única— conversación que tuvimos no ayuda en absoluto.
—No creo que sea buena idea —le digo fría—. Vete a tu casa. Hablaremos en otro momento.
—Estoy afuera de tu casa hace dos horas… por favor baja.
—Hace una pausa, como si se quebrara—. He sido un imbécil.
Le cuelgo.
Salgo de la cama con pesadez, arrastro el cuerpo hacia el baño, me doy una ducha rápida, me pongo un conjunto deportivo, me cepillo los dientes, recojo mi pelo en un moño improvisado y salgo al pasillo sin hacer ruido.
Al llegar a la calle lo veo: su coche está estacionado justo afuera.
Quieto.
Esperando.
Como si el mundo se le hubiera detenido ahí.
Me acerco.
—¿Qué quieres? —mi tono no es amable. Abrazo mis brazos alrededor del cuerpo; la brisa de la madrugada cala.
—Sube —dice él. Aunque intenta suavizarlo, suena a orden.
—No puedes ordenarme nada, Derek.
—Discúlpame… —respira hondo—. Por favor, sube al auto.
—Así está mejor. Buen chico.
Miro a los lados, dudando.
Pero qué más da. Subirme o no subirme… los vecinos van a pensar lo que les dé la gana. El daño ya está hecho.
Abro la puerta y subo. Él arranca de inmediato.
—¿Quieres desayunar? —pregunta—. Te invito.
—¿Desayunar? No creo que esté abierto algo decente a esta hora, Derek. No ha amanecido.
—Vamos a mi casa entonces.
No digo nada.
Él pone el carro en marcha y yo me acomodo en el asiento, cerrando los ojos.
Es demasiado temprano para andar deambulando por la calle.
El sonido del viento entrando por la ventana me relaja un poco; apenas.
—Nina… ya estamos en casa.
Abro los ojos.
Estamos dentro del estacionamiento de su casa perfectamente ordenada, perfectamente fría, perfectamente él.
Salgo del auto pesadamente.
Y, como si fuera un déjà vu, camino detrás de él sin saber si quiero hacerlo… o si simplemente no tengo fuerzas para otra discusión a las cuatro de la mañana
Hacemos el camino hasta la cocina.
Me siento en uno de los taburetes mientras él empieza a sacar un montón de cosas del refrigerador.
—Quiero café, por favor.
—Las embarazadas no toman café.
—¿Y tú cómo sabes? —alzo una ceja—. Octavio me dijo que no eras médico.
—No, no lo soy —admite—. Pero eso lo sabe cualquiera. Mejor te hago un té.
—No quiero té —arrugo la nariz.
¿Será que no dejarme tomar café significa que piensa en sus bebés?
—Quiero café.