¿quién mató a Selena?

Capítulo 1: ¿Quién era antes?

Antes de poder vislumbrar lo que aquellas hojas anuncian, inyecto mi mirada con una dosis de adrenalina en el mural de cartas clavadas como las agujas de una abeja en aquel mural en esperanza de ser merecedoras de elogio a su función. ¿Qué era? El primer avistamiento al cuál tanto he ignorado por completo, no por sincera estupidez, soy consciente de la intensa movilidad en esta ciudad en la que me hospedo como un visitante inusual. Queda pues, en esta pancarta mi primera razón del temor más humano racional, la muerte. O, mejor dicho, el cruel asesinato de Victoria, una mujer, madre de dos hijos, adulta, emprendedora. ¿Quién la mató? Vale decir es un completo misterio, en justificación al suspenso sólo decoran fotos de ella en sus últimos instantes de vida, feliz, cordial a su existencia. Fue más brutal el encuentro de la muerte en mi imaginación, que el de la víctima en su presencia personal. Qué más daba, pues no tarda una voz en mi costado a recartarme del naufragio en mi mente.

—Ya van a llegar los directores. Vamos al salón de eventos.

Abrazo el día de hoy con este conmovedor sol, un calor seguro de su bravura, se enorgullece del simple hecho de ser consciente de producir la lastima, el herir. El salón de eventos presenta un decorado con la mayor presentación antes vista, ¡qué emocionante! A mi orden se alinean un par de jóvenes que con el canto de mi voz, como una conmovedora escena de la propia naturaleza, planto a cada niño en las sillas disponibles que exclaman a su correspondencia. Tan justo como el desorden, una particularidad inminente, la cuál descompone aquella estructura que tanto trabajé para ver cómo corrían a sillas buscando un espacio. Me aproximo al escenario, esa tarima de madera algo vieja. A la vista de mis estudiantes me dejo abrazar por la bulla de los otros estudiantes de diferentes grados.

—Vaya que esos niños no se callan. Me costó traerlos en orden, ¡y todavía siguen inquietos!

—Estoy segura podrán resistir veinte minutos de silencio.

La apuesta fue declarada en marcha. No dudo de que mis estudiantes, aun en este descontento por la formalidad, se ven convencidos por una adultez que podemos dirigir bajo el contento. A la edad de diez años una vida de productividad se ve entablada en relación con la hiperactividad de años, se esfuerza por ser despojada a las vulnerabilidades del cuerpo, el entorno exige un nuevo invitado. ¡Somos el entorno! Mis niños crecen rápidamente, jamás conocerán el precio de una adultez, incluso eso los hace más jóvenes que antes. ¿Por qué los niños de diez años burlan tanto la adultez pretendiendo ser parte del mismo? Aquel concierto de voces se ve amortiguado en las voces de los adultos. Anita susurra a mi lado, simples palabras hacen énfasis en una promesa ciega. Sus estudiantes jamás serían tan educados como los míos, su gracia de fe me hace compadecer de ella. La voz del director se interpone en nosotras, aun si el protocolo nos centra en una ocupación más disciplinaria, desliza de mi como la serpiente del campo una intención llamativa por estudiar lo antes visualizado. ¿No había visto a esa chica antes? Una, no, dos veces. ¿Por qué están integrando su cartel de desaparecido una vez más? Llaman a ciegas en espera de un ruido. Hasta ahora he de coincidir que la noticia proviene de la misma periodista. ¿Eso es tratado con la policía? ¿No eran informes viejos? Comienzo a dudar de mi propia perspectiva, pero es incomprobable decir he de equivocarme. ¿Siquiera es la misma?

—Anita, ¿te enteraste del cartel afuera en la entrada?

En el mismo susurro, ella contesta:

—¡Sí! Es la tercera víctima.

Reparto mi vista por los alumnos buscando disociar lo que he escuchado. ¿La tercera víctima?

—¿Es reciente este caso? No recuerdo ese anuncio reciente, ¿lleva ahí mucho tiempo?

El silencio de Anita coincide con el pensamiento.

—No, de hecho lleva meses. Esos carteles están repartidos desde el inicio de año. No me preguntes si son del mismo autor, sólo sé que sigue libre porque todas las víctimas coinciden, como esta que fue hace semanas.

Pese a la sorpresa, he de encoger mi voz cuando algo más arrebata mi imaginación.

—¿Hay patrones? Y todavía no lo atrapan.

—Verdad que sí. Tenemos oficiales del carajo, ninguno se preocupa por lo que tienen que preocuparse. ¡Hasta yo descubriría quién es ese loco antes que ellos!

—¿Loco? Quién dice no sea una loca también.

Anita escapa un deliberado suspiro cargado de asombro, uno que es percibido por el resto de profesores a su costado.

—¿Una mujer puede hacerle esas cosas? Se sospecha hay señales de agresión sexual, pero los oficiales no quieren hacer publica esa noticia para no asustar a la comunidad, también por respeto a los familiares de las victimas, verdad —Anita aguarda un silencio para permitir el director hable en alto las palabras a sus estudiantes—. Por Dios, Selena, ¡no sabes nada de casos de detectives!

—¿Y tú sí?

—Cuando limpio pongo documentales de asesinos en serie. ¡Uy, que buenisimo! No es que sea una psicópata, pero científicamente es un tema interesante. ¡No me mires así! Me haces sentir mal.

¿Son acaso todos los psicópatas la resolución de la sociopatía y el trastorno antisocial? Quedan en un pedestal de hipótesis esas dos últimas menciones. Más coherente decir que todos son psicópatas. ¿Con qué derecho he de mencionar mi postura tan informada?




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