—Uno de los niños olvidó su almuerzo, el pobrecito ha estado llorando toda la tarde. ¿Qué debería hacer? Consolarlo del repentino consagrar de sus temores sobre morir por inanición al no haber comido.
—Seguro olvidó su almuerzo, ¿has pensado llamar a su madre?
—No creas no lo he intentado —suspira mientras se dirige al teléfono de la oficina—. Sus padres no responden, seguro el oficio ha bloqueado todo ingreso de llamadas.
—¿Has probado a darle el menú del colegio?
—No le gusta nada.
Aguardo mi silencio en busca de confeccionar mis ideas. Seguro hay algo más que podamos proponer sin requerir algún sacrificio extraordinario. Leonardo ofrece un vistazo decaído del movimiento exhausto en cuanto a direcciones, su cabellera oscura se mezcla con unos puntos aleatorios de blanco, como constelaciones en el espacio. La vejez ha golpeado con dureza su cabeza, el uso de lentes y esa barba protegida de no arrinconar la piel por completo de su cara. ¿Será que la edad lo está volviendo más pesimista? Se ha dejado vencer con velocidad.
—Creo que puedo ofrecerle la mitad de mi almuerzo, es algo que le puede apetecer. No tengo problemas con eso.
Antes de recibir la contestación que agradecería mi valentía, enfrenta una voz ajena la conversación como un batallón en rebeldía.
—Selena, ¿Alejandro no es quien te pide que no hagas eso? Sería de mal gusto si se enterase.
No era una desconocida al que aturde su velocidad por rebotar la amabilidad. Su adultez no la hace nada más que una madre para los niños y para los mismos profesores, o en su defecto, los profesores más jóvenes. ¡Me conoce tan bien! Sería descortés que avisara a Alejandro, más sus palabras no divulgan amenazas, sino concientización, como la calidez del ofrecer de una madre. Vale la pena el riesgo cuando se trata de alguien vulnerable, eso sí su mente conceda ese peligro inminente al factor natural. He de predecir para mi un verdadero peligro a lo que comenta ese pobre niño.
—No te preocupes, no me pasará nada. Además, ese niño se ve atormentado por la simple idea de no comer.
De mi cartera saco la herramienta al problema de los profesores. Leonardo parece iluminar su vieja mirada y el sudor frío alivia por fin el cuerpo. Lo acepta repartiendo un agradecimiento el cual me emociona. Su desaparición trae consigo otra ovación de orgullo, mi estómago crujir sin vergüenza del hambre. ¿Cuál era la probabilidad de que sus exigencias se hicieran llegar en mitad de tratado diplomático? Resulta indignante el modo de discreción con el cual trabajo con naturalidad. La adulta no reprocha, incluso en esa mirada intelectual que predijo el veredicto sería este inevitable de todas formas. Me aislo dentro del salón de descanso, puedo permitirme descansar mientras hago correcciones para la próxima clase. Las letras se deploran en el movimiento de lectura, se rasgan y se desfiguran con la misma veracidad que un crimen perpetrado con descaro.
¿No es esto una alusión a mi mente encerrada en ese cartel?
El día de hoy lo han quitado. ¿Por qué motivo se han adelantado a excluir la información? Anita debe conocer la razón, su intriga predomina sobre mí con constancia. ¿Qué se ha hecho ella? Basta con observar la ventana para canalizar su actividad recreativa con los más pequeños, se esfuerza por motivar la alimentación antes que un juego precipitado. Veo que ni ella ha podido consolidar su descanso. Tampoco creo que pueda aferrarme al mío.
La campana estruenda su voz con impacto, un sobresalto me despierta con mayor factibilidad que una taza de café. Sujeto mi carpeta aferrando su peso a mi pecho. Emprendo la ruta rápida para mi aula, los niños se ven como ganado en el campo cuando un simple chillar de la campana conduce un orden culinario en su integración al estudio. Formalizan la cola de alumnos para ser ingresados como reclusos. Aproximarse fue una ilusión, una voz canta en los rincones de mi mente sin mérito alguno que apuntar mi vista en distintas direcciones como un insecto danzando sobre mi. Cuando caigo en su última parada, aquel grito resulta no ser una macabra fantasía. ¿Qué le pasó a esa señora? Va corriendo como animal en estampida. Se aproxima causando conmoción en mi.
—¡Disculpa! Mi hijo se ha ido sin su almuerzo, poco después me di cuenta de su error. He venido a traer su almuerzo, espero no sea tarde.
Mi silencio fue más descarado que el rugir de mis tripas. Me cuesta imaginar lo que conlleva esto, seguro por eso inconscientemente observo a mis costados buscando refuerzos. En soledad, me enfrento a la realidad de forma versátil.
—¡Gracias al cielo! Su hijo lloraba y presentía la muerte. No se preocupe, el niño almorzará por fin.
El rostro de la madre aclara en colores de libertad.
—Mis sinceras gracias, profesora. Disculpen la molestia de antemano.
En sus ojos aún reposaban ideas en transcurso. Hago énfasis en el horario buscando poder librar de su mirada, solo entonces cuando se ha de sentir acaparando espacio se digna a retirarse. Me mantengo al margen hasta que he de perderla de vista, su cuerpo desaparece en un vehículo que, no me consta simplemente haber ingresado, sino que encenderlo y retirarse colma mi preocupación. Su lejanía produce paz en mí, esencial en el modo que voy a comer lo que es ajeno.
Me aproximo a mi aula mientras comienzo a destapar lo que ha traído la madre, un almuerzo que no es de casa. ¡Su calor eleva el aroma! El hambre es inminente. Comienzo a comer en dirección al salón.