¿quién mató a Selena?

Capítulo 3: La captura.

—¡¿Que te encontraste a quién?!

su rostro pálido raya por completo el entorno al que nos vemos abrazada. Los niños gritan, gracias a Dios no escuchan lo que tenemos qué decir. Anita se sienta tras el salto que ha dado, en ese gesto reposa la incertidumbre que acompañó el nombre.

—Baja la voz —advierto—. A Roger, ¿aun te acuerdas de él?

—Por supuesto, es imposible olvidarlo. Pero, ¿cómo pasó? ¿Buscaste en alguna minería o basurero?

Pauso ante esa mezcla de palabras. ¿Basurero? Creo que con ella esas palabras son las menos acordes

—No lo busqué, simplemente fue una coincidencia. Mamá llamó y opté por salir, fue ahí cuando lo encontré a pocos pasos de mi haciendo lo que fuera que hiciera.

Anita estrella el silencio de su vida. Tengo el presentimiento de que ha comenzado a recapitular un espacio de su vida el que ha dado por terminado, sería lo mismo que impactó en mi aquella noche, simplemente que su cordura ha de resguardar cada palabra como un abogado de la suerte. La forma en que se sacude su cabello atrae un recuerdo en particular.

Los niños siguen gritando, cada uno de esos gritos infiere en mi la duda del riesgo. Me prometo que ninguno de estos se va a caer, sería terrible si aquello ocurriese.

—¿Tus padres lo saben? —interroga al cruzar sus brazos.

—No, claramente no he dicho nada porque espero sea una sorpresa. Prometió que los iría a visitar, si cumple con su palabra sería una gran emoción para mis padres.

—¿Esperas estar ahí?

Escabullo mi veredicto en la bulla. No tenía en conciencia ello.

—No lo sé, seguro mamá me llamará en algún momento inoportuno esperando que vaya para contarme de quién está aquí sin saber ya yo sabía. Esperaría que nos reunamos en familia otra vez y hacer las comparaciones de cuando éramos niños.

Anita vuelve a sacudir su cabello. Su acción entrega tal señal incapaz de pasar por ser percibida. La nostalgia la ha impactado con descaro.

—¿Y qué tanto ha cambiado?

—Demasiado, ya no usa ese corte militar que papá lo obligaba a usar, de hecho tiene más cabello que nunca. Parece que siempre se mantiene en movimiento, tiene un cuerpo en forma para estar todo el día en una oficina. Qué más. —pienso con cuidado, un espacio dónde Anita solo me observa con suma precisión.

—¿Trabaja en una empresa? Debe ganar bastante.

Por un momento sus insinuaciones hacen eco en todo lo que he declarado. Socorro a lo que antes conocí de ella, ¿acaso está fusionando sus memorias con el ahora? ¡Por Dios santo!

—Anita, Roger tiene novia, y creo que van para un año —pauso para observar con desconcierto—. ¿Todavía sigues enamorada de él?

Aquellas palabras fueron una piedra en su zapato, un meteorito que se estrelló justamente en ella. Así que eso era, el fusionar el presente con los sentimientos que una vez impregnaron en sí tal fantasía, los mismos que habían envenenado mi juicio esa noche. ¿Nos está pasando con todas? No quiero imaginar a mis padres.

—¿Cómo es la mujer? Describe su apariencia.

Su exigencia es casi la orden de un cadete.

—Bueno, es castaña, casi rubia, esa noche lucía unas ondas hechas con plancha, parece se las hizo ese mismo día. Hermosa de cara, Anita, no por nada es modelo, justo esa noche la ascendieron a pasarela. Tenía un hermoso vestido, seguro gana bien por su trabajo —medito exactamente todas mis palabras para fusionarlas en una sola—. ¡Es un partido espectacular! Es imposible pensar en lo que sería de ella en la familia si se casan. Ambos tienen trabajos respetados.

—¿Y nosotras, Selena? ¿No tenemos trabajos respetados?

En su voz recoge con vergüenza la dignidad que se le fue arrebatada a cada mención del físico de la chica. Ella no conoce la misma admiración, no cuando pienso en dónde nos podría llevar esa mujer y el apellido de la familia.

—No sé qué pensarás tú. Tenemos trabajos respetados, pero algunos simplemente son mejores que otros. Qué sé yo, Anita. Ya ni recuerdo por qué elegí este trabajo, pero él seguro por algún capricho, de niño jamás decía que le apasionaba.

Un niño exclama en una queja rápida, un grito el que no alcanzo a descifrar con qué intención fue dirigido.

—¿A él no le apasionaba la caza? Cuando jugábamos a las muñecas en tu casa los sábados nunca lo vimos, me decías tu padre lo sacaba a cazar. ¿O estoy mal?

Mi mente se enciende por un momento.

—Sí, pero era porque recogía animales muertos. Papá decía que tenía una fascinación rara por la anatomía, por eso creí se inclinaría más a veterinario.

Ambas silenciamos un breve tiempo, lapso de segundos dónde nos vemos embarcadas en la misma cuestión. ¿Qué esperábamos de él para este futuro? Es esa la emoción que nos abraza con conmoción y descaro, siendo él de niño un cubo sin caras al qué descifrar este presente es un puzzle del que jamás resolvimos. Era nuestro conejillo de indias de la realidad. Comienzo a interpretar esa nostalgia como una bomba de veneno para lo que he percibido de sí, seguro tenía grandes motivos para darse a la fuga, esto por ejemplo.




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