El manejo de instrumentos introduce un sonido rebosante entre la habitación que abre hasta las calles, el garaje sigue abierto por un momento extraño. Los escucho moverse con destreza, casi interpretando el primer acto que los llegue a ejercer en una dedicación autónoma. Son máquinas, se libran del pensamiento cuando son obligados a presenciar el caos, como si la confianza en el mismo fuera aquella que les da vida.
Mantengo mi margen en una discreción sobre el establecimiento, base a esto un repertorio de visiones se abisman sobre mi paciencia. Apoyo mi vista en esas carpetas, discuten mi atención entre las olas de aire las cuales me permiten interferir en la duda. Él sigue tras puertas, un silencio perjudicial, ¿no consta discreción para lo que pretende? Qué más da, lo que poco importa es coexistir en un entorno al que niega de presenciar mi acto Su amarillenta existencia destaca en la formalidad del espacio, no es usual tanta presentación para esta estación. Lo veo conversar tras el cristal, la forma tan casual para dirigir el tema responde en mi la franqueza para liberarse por sí solo.
—¿Todavía no ha salido? —interroga una voz a mi costado, su presencia es tan fantasmal como en el hábitat de su trabajo.
—No, parece que alguien más impone su idea también. —complemento mientras mis manos son atraídas como el imán hasta las carpetas que abandonó sin cuidado.
Mis manos acarician la suavidad de la textura, el modo en que resalto cada una de su apariencia en busca de predecir el contenido. El color mostaza alumbra en el rebote del sol una fascinación pirata, mezclando el oro y alimentando mi avaricia. Antes de destapar el tesoro, soy apresurado por la misma voz.
—¿Vas a revisar eso sin el permiso del superior? Te van a cortar toda esperanza de salir de aquí por eso.
Lo observo como el ave a sus presas. ¿Amenazar a mi opuesto por digna curiosidad? ¡Patrañas! Podría considerar miles de resultados, es irreconocible que me echen por plena dedicación a la labor al cual me adistrié.
—No hay nada peor que estar aquí, no tengo nada que perder.
Su voz se incorpora como lo hace su cuerpo a mi dirección.
—Dice confidencial, ¿no te suena esa palabra?
—Jamás dijo que yo no podía revisarlo. Estoy dentro de la materia, debería ser una excepción para lo confidencial.
Su silencio enmarca una barrera, una diferencia la cual va pereciendo a la fluidez en mi rostro. Poco tarda en darse por convencido, mostrando su voto a mi favor. Queda a mi costado, inclinado para observar y escuchar mejor. Ambos alardeamos un silencio confiado, prometiendo que nuestros aciertos serán acontecimientos como carteles o robos que en poco se harán públicos, no exigiría tanta confidencialidad para ser ello.
Abrimos la carpeta con el respeto esencial. Las hojas yacen apiladas unas sobre otras, su orden me hace manipularlas con discreción. En puertas abiertas perder una de estas hojas corresponden a mi sacrificio. Al inspeccionar mejor la primera página leemos archivos de identidades, los textos acompañan imágenes, su impresión apoderan mi vista antes que un texto sin forma.
Esta mujer es hermosa, su cabello negro cae como la catarata más preciosa, una onda que reflejan la rebeldía y la moda en un mismo sitio, su piel morena no se permite ser ignorada, es tan radiante como los amaneceres. Ojos negros, nariz prominante. ¿Qué hizo esta mujer para acabar en este archivo? Antes de poder leer, alguna voz a mi costado chilla como pájaro hogareño.
—No son la misma persona.
¿De qué habla? No contempló ninguna de las fotografías hasta completar el texto, ¡qué descarado! Pretende contarme todo el documento. Me animo a leer con paciencia, una que es repudiada por su curiosidad. A medida que el documento atrae imágenes predijo el final con intriga.
—Tienes razón, no son la misma —comentó confundido—. Pero, significa que todas se ven iguales. ¿Será una secta?
—Tiene sentido, hay mujeres con crueldad en su corazón.
Avanzamos a la siguiente página, es solo entonces que el acto reduce nuestras emociones para provocar estragos en nuestras suposiciones. Las palabras son difíciles, bromas sin pensar para aliviar lo que destapamos. He de sentir aquella adrenalina inquebrantable por un pacto de segundos que alcanzan minutos. El silencio no complementa lo que logramos observar, encontrándonos con fotos de cadáveres, como la transformación de un cuerpo en partes desiguales. La primera foto diseñaba su composición en extremidades desoladas de unas con las otras, partes faltantes. Su segunda foto no reconoció el mismo diseño, aquello era piel mutilada como carne de cerdo, su última foto, menos incentivada a la violencia, es la repetición del cuerpo enterrado en un espacio sin fin. Las imágenes han desfilado antes que un texto, mismo que advierte sin clemencia de la siguiente noticia.
Eran todas ellas personas distintas, a pesar de tener rostros irreconocibles. Su cabello ensuciado por el exceso de sangre, humedecido como la ducha diaria de cualquier mujer. Rostros que abren como cráteres heridas abiertas, una exposición de la grasa en algunas, una carne al rojo vivo y la piel privada de una gota de sangre que lubrique sus funcionamientos. El informe dice, sin pena ni gloria, todas fueron asesinadas por personas distintas, un crimen pasional el cual involucró una relación de tres sin compromiso fijo.
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Editado: 15.05.2026