¿quién mató a Selena?

Capítulo 5: En el ojo de la tormenta.

Hay una cortina de emociones que encierra mis perspectivas. Casi muerta, enterrada en un ataúd de mi mortalidad y llenada de tierra hasta que el oxigeno escape de mis privilegiados pulmones por sentir esa libertad antes arrebatada. Queda es la nada, el primer miedo humano. A mis recuerdos una luz fulminante que ciega mis retinas, bloquea las reacciones y condena mi existencia. ¿Qué es esto? ¿Por qué la luz no abraza como antes? Es acaso su exploción la obra de una desolación el cuál me persigue incluso en mi subconsciente. Me orillo en la pena, antes de insistir en la gloria que conlleva. ¿Estoy a salvo? Lejos de las cosas, del miedo o la felicidad, ¿qué habita para mí este espacio? Su llamado insiste en socorrerme, como una sirena que aún abraza el océano y reposa en la roca buscando asfixiarse. ¿A dónde pertenece? No pertenece al agua, tampoco al cielo. ¿Es humana o pez? Es ese el vacío que existe para mi, el que recoge mi cuerpo. Era una sirena, me había bañado en mi propia agua corporal. No, de ser ese el caso mi cuerpo no se sentiría como es ahora, la bolsa de carne y conciencia, huesos y sangre. ¿Era eso? Una sirena navegante de su propia sangre. Su llamado insiste a por mi, es como la caricia de una suave mano en mi, qué glorioso. Quiero quedarme aquí un tiempo más, solo un poco más.

—¡Despierta! Tú, chica, ¡despiertate ya!

¿No es mi recuerdo el que alardea su voz? Me despego de ese vacío frío y conmovedor, me atraigo a la estrella que actúa, en su momento, como un sol artificial. Me caigo como ave al pavimento, una ave que se le ha arrebatado sus alas. Cuando más lo comprendo, más responde los latidos en mi pecho al terror. Aquel deslumbrante sol no era más que una bombilla blanca, una cuál luz no produce efecto en mi cuerpo, solo conduce a la fatiga. En un intento de levantarme se agita mi cabeza como el licuar de mis sesos, casi dejando un desastre en mi cráneo, idéntico al desastre de un infante con sus juguetes. Quiero acariciar mi cabeza, intentar usar mis dedos para reconfigurar el desastre en mi cerebro, el intento condujo que abriera más la vista a fuerzas. ¿Qué era esto? A pesar de la fragilidad en mis huesos, puedo arrastrar los mismos para comprobar que mis muñecas se imponen al movimiento a acatar. ¿Estoy amarrada? ¿Con qué? Mis brazos quedan inmóviles en la cama, puedo presentir poco después que mis pies están en la misma posición.

—¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy?

Que frágil es mi voz, atacada no solo por el miedo sino por la violencia.

—¿Cómo te llamas? ¿Recuerdas algo?

Aquella voz me rescata, su santa amabilidad me protege por momentos de aquella brutalidad que mi cuerpo no comprende.

—Me llamo Selena, pero no recuerdo nada. ¿Qué ocurre?

Al comprender mejor, en un abrir y cerrar de ojos mis retinas captan lo que sea que me aprisiona. Recostada en una camilla médica, su suavidad no se aleja de una cama común, mis manos atadas sin clemencia, del modo en que mis manos presentan manchas moradas y rojas, sangre que implora consagrar su trabajo. A mi costado hay una mesa de noche, en la otra dirección igual, su única diferencia es la otra camilla en esa dirección. En esta, la misma presentación, su gran diferencia es quien representa la camilla. Una mujer morena, su piel canela y ojos negros se visualizan en un brillo casi fantasioso, su nariz romana es el primero de las cosas que resalto en ella, posterior a esos labios pequeños. ¿Quién es ella? Su situación es la visión entre dimensiones de la mía, es en ella dónde puedo explicar cómo estoy retenida.

—No sirve de nada que no recuerdes. ¿Ni siquiera recuerdas la entrada?

Niego con la cabeza, acto que retuerce mi conciencia sin piedad. En aquel ataque he agitado como una vasija un recuerdo antiguo, más no lo suficiente para haberse perdido. La observo con descaro.

—Yo te conozco. —pronuncio sin medir qué insinúo.

—¿Conocerme? —replica— ¿De qué nos sirve eso?

Pauso mis palabras por un instante.

—Te vi en un anuncio en la puerta del colegio dónde trabajo —alejo mi voz de mi conciencia, sintiendo el vendaje abrazar mi cabello para retener el sangrado de antes—. En un cartel dónde anunciaban tu aparición luego de meses, ¡te encontraron muerta!

A pesar de esbozar una sonrisa irónica, retengo el complejo humorístico para interceptar tal descaro contra mi misma.

—¿De qué hablas? —atemoriza a la chica.

—No lo sé —es entonces que comprendo qué me ocurre, como si despertara de tal anestesia que ha guardado mis memorias, estas salen a la luz por fin—. ¿Qué nos van a hacer?

—No lo sé, pero no queremos averiguarlo. En la situación en la que estás no puedes ayudarme, y creo que yo tampoco podré hacerlo.

Por tal instante, percibo una incertidumbre acariciando mi espalda, de sal suavidad como el roce de una pluma. Arqueo mi espalda con el pulsar del escalofrío. Me siento condenada, incluso si antes de reconocer a qué estoy parada o dónde mirar, hay una tensión en este oxígeno barato que corta como la crema mi entera conciencia. ¿No es injusto tener que asumir mi condena sin siquiera yo poder predecir que ella también sufrirá algo? Que ambos predestinados a una brutalidad la cuál no podemos adelantarnos, sería correr a abrazar el fin. Pensarlo interfiere en mi mente, hecho el cual me hace fruncir el ceño y evitar la luz. Incluso así, me resigno a encontrarme en lo más abajo, ser el escalón de alguien más.




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