¿quién mató a Selena?

Capítulo 7: La sociedad: primera parte.

Mi cuerpo aúlla de dolor, incontrolable son sus intentos, ajenos a los míos, de enfrentarse a un entorno del cuál no pertenece. Me pesa la conciencia, el dolor de cabeza ha incrementado lo suficiente como lo fueron los huesos en despierta intensidad por el clima. El frío, casi como un látigo, ha azotado con descaro mi cuerpo vulnerable. Soy presa, he sido y seré, de la misma agonía que me acompaña, me invita al baile más indebido del que me ha propuesto.

Mi rostro arde, son inevitables las lágrimas cada noche cuando el hambre intercede en mi. Mis entrañas tiemblan, se devora a sí mismo buscando consuelo en el trayecto. Las horas, indefinidas, son carentes de imaginación para mi. ¿Cuántos días han pasado? El tiempo colisiona como dos glaciares, se pierde sin misericordia, escapa de mis manos. Puedo contar un tiempo en las veces que he exigido ir al baño, ¿es esa la razón del cambio de aroma acá? El aliento pesa, la deshumanización es una fantasía inapropiada para mi, la oscuridad me priva de presenciarla, pero la mente actúa en función a su consecuencia. Incluso en los sueños percibo tal desastre, las lágrimas brotan sin descanso. Me lamento, me desprendo de lo que conozco.

Coincido que, la realidad sigue en funcionamiento. Entonces, ¿por qué parece que soy prisionera del vacío? Soy acechada por la incomodidad. Sigo despierta, no por voluntad, es el mismo detonante de mis horrores. En mi llega un vaso de agua, fortalece mi cuerpo, a su vez lo condena. En mis sueños hay banquetes de comida, glorificando la cotidianidad como un regalo tras oscuridades sin relevo. El silencio implica voces, sonidos más agudos como el hablar de una hormiga. Me siento encogida, envuelta en un plástico para guardar. Entre tanta monotonía mi creatividad perece, solo deslumbra la avaricia del poder, la sensación de libertad, dominio propio. Por qué codicio lo que me hiere, como espinas de una simple rosa. Seguro el agua fue envenenada, no hay explicación coherente para tanta embriaguez de la realidad, una ficción incluso aterradora. En mi escasa creatividad, alimenta mi corazón la flama de la impotencia. como ángeles del diablo, descienden las figuras de esas mujeres que musitan en el hogar buscando quien las escuche. Piden justicia, que desentierre sus cuerpos y las exponga a la policía. ¿Cómo quiere que haga eso? ¿Cómo pretende que nos beneficie si estoy incluso en su desgracia de muerte? Mi carne se pudre como las suya, mi conciencia se desconoce y la misma nada nos recoge a diario sin vacilación. La única diferencia es que, llorar me es permitido, para ellas no.

¿Qué hay de aquel visitante? El único que se ha capacitado para verme. Su figura entra y sale como un visitante sin relevancia. Cada que su cuerpo irradia el calor que amerita es entonces que doy por hecho yace a mi lado, cuya única función es servir ese mísero vaso de agua. Su fuerte sabor me indica que le incorpora algo más, algo que me deja en tal desgaste involuntario. Su labor se comete con la misma disciplina con la que me deja inquieta, no produce sonido, siquiera se anima a verme o a imponer una mano suya. No le causa interés, ¿fue así con las otras mujeres? La cadena es otro enemigo, uno del cuál ha atentado contra mi vida. ¿Qué sería de mi si me ahorcase con la cadena? No puedo incorporarme con normalidad, hacerlo implica llevarme la asfixia conmigo. Me beneficia el recuesto, la calma en ese colchón, el hambre, la necesidad, la angustia. He rasguñado la cadena como el animal que ese hombre pretende que soy, ¿es eso lo que busca? Acostumbrarme. No puede, las lágrimas cargan contra mi y el lado más humano me somete con más fuerza de lo que él emprende. Por una noche, corrí con velocidad buscando herirme el cuello, ¿quebrarlo? Imposible, el miedo me sedujo la acción y quedé paralizada. ¿Qué debería hacer?

Por dónde miro no hay espacio para mi, las cadenas me han asfixiado, azotado, me han herido. El agua, con algún licor incorporado para que sea lo suficientemente fuerte para sustituir su función. Me alimenta de ese modo, cuando la conciencia me da vueltas y caigo sin misterio en el colchón y pierdo los segundos. Pocas veces lo he visto, he presenciado a más de las mujeres que buscan actitud en mí, más no correspondo a sus peticiones. Fue entonces que, entre un par de sus voces, una de estas me había hablado con cinismo.

—Obedecelo —me dijo—. Es la única forma para lograr salir de aquí.

—No podría —vocalizo con debilidad—. No puedo, simplemente no quiero.

—No hay otra opción, Selena. Debes hacer algo, algo para no seguir estancada. Sea mover una piedra o tirar un palo, alguna opción conducirá a algún movimiento, eso buscas, ¿o me equivoco?

¿Eso es lo que verdaderamente busco? La soledad ha infligido en mí una verdad que me ha hecho ser pasada por percibida. La angustia hace efecto en mí, el alcohol me induce a una locura que no controlo. Por qué siento mi cuerpo desgastado, las heces que abundan en este cuarto han hecho que la perdición se interponga en mis juicios. No quiero, no lo haré. Pero, negarme es encender aquella flama de impotencia que atenta contra mi ética. Las voces gritan, insisten.

—¡Hazlo, Selena! ¡Hazlo!

¿Por qué me perjudico así? Estrellan como la velocidad de un rayo, giran contra mi como ruedas de la fortuna, con una gravedad que yo atraigo. A pesar de oponer resistencia es más violento su capacidad para amordazarme y aprisionar mis extremidades que las que hace el mismo hombre. Es cuando caigo rendida, desplomada por mi propia vergüenza. ¿Ninguna de ellas supo cómo salir? Es eso lo que advirtió Amaranta, tanto vio y tanto encontró, estos espacios nacieron para ser nada. Por un tiempo indefinido, he de concluir que la soledad ha disociado en mi un entorno de locura, un espacio del que pueda ver, pero esa fórmula se vacío con el terror, la paranoia. Lloro una última vez hasta quedar con el mismo dolor de antes, el único que me consuela. Espero con paciencia al próximo vaso, la siguiente entrada. En la paciencia que me acompaña en la primavera, resuena la voz de quién me espera.




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