¿quién mató a Selena?

Capítulo 8: Confrontación.

—¡Bienvenido de vuelta, Julian!

Fue esa la primera palabra que llega a mis oídos como el canto de una ave tras quitarme el vendaje de mis ojos. La luz contrasta con la oscuridad a la que fui sometido. Observo el entorno abrumado, todo ha saltado contra mí en un regalo de globos y algunos papeles coloridos picados hasta ser inofensivos. Hay una pancarta a mi nombre, un regalo el cual escapa de mis imaginaciones. Al observar a mi derecha, Pedro se envuelve en la broma, se guarda la tela que amarró en mi rostro. Quedo mudo un par de segundos, los suficientes para comprender el escenario en el tiempo que finalizan los aplausos.

—¿Qué significa esto? —inquiero con ingenuidad.

—Tu reintegro al servicio de policía. La idea fue de los compañeros de la estación de bomberos, se conmovieron al verte marchar. Querían que te recibiéramos con la misma calidez que allá pues no dejabas de hablar sobre tu reintegración.

Su declaración incrementa las impresiones antes remarcadas. ¿La estación de bomberos financió esto? He de haberlos despreciado suficiente tiempo para verme envuelto en esta situación. Pese a ello, hay una calidez en mi pecho que no burla la intención. Pedro se ve sabía con anticipación la mofa, rescatada con ese rostro impasible del que tanto depende.

—Es una confesión que hubiera quedado en mi intimidad —añado con vergüenza—. Gracias.

Al avanzar solo soy recibido por el grupo de oficiales de mayor rango, a pesar de los años de servicio son compasivos conmigo. Me reciben con abrazos, algunos con un apretón de mano que traspasa a la nostalgia. Entre más soy recibido más me pierdo en el objetivo inicial, el propósito de mi visita. Pedro me acompaña, interpone los saludos para no estancarnos. Incluso así, les dedico la máxima felicidad a los adultos que han visto mi presencia desde joven por estas cuatro paredes.

Solo entonces cruzo una puerta que me hace desprender de la conmoción allá afuera. Dentro la soledad es abundante, un centro de consolidación a la dedicación. Mi corazón rebota con la fascinación del asunto, en el interior hay detalles que recomponen mi infancia, aquellas medallas de lealtad al oficio y varias recompensas que son administradas en una repisa. Al integrarme a la habitación no doy por conocido el mural a mis espaldas.

—Buenos días, Roberto. Te traje al chico —la concentración del adulto es una obra de contemplación, la fascinación por la pila de hojas o los reportes a sellar se ven aún impregnados con sutil gozo en su rostro arrugado. No me observa, no amerita el derecho de ello cuando puedo presentir mi rostro aun vive en su imaginación pese al tiempo. Pedro toma la libertad de sentarse frente al escritorio de Roberto, incluso si él se sumerge en el mismo. Por mi, espero en el espacio que los distancia—. Necesitamos asignarle un puesto aquí, hemos venido a escuchar tu sugerencia.

Solo entonces su mirada se alza entre los dos. Cuando sus ojos se desplazan en mi la ignorancia lo domina con descuido. Sus cejas se alzan por breves, admirando mi figura en metamorfosis.

—¿El jefe de bomberos aceptó moverte?

—Sí.

Aguarda las palabras al observar con cautela mi figura.

—¿Entrenabas con el grupo de bomberos? Te ves cambiado.

—Sí, su señor. En mis horas libres iba a entrenar con varios de ellos, debe ser que por eso tenían ciega confianza en mí.

—No necesitas el protocolo, todavía no tienes un puesto asignado aquí.

La insinuación me alarma.

—Si te han aceptado desplazarte entonces veré dónde te ubico. Pero, no esperes exigencia de mí. Los puestos están completos y no tengo el tiempo para buscar algo para ti. Tengo un caso en las manos, no puedo descuidarme por ti.

En el pronunciar de sus palabras algo en mi me tienta a descender la mirada. Sobre la mesa hay reportes, algunos de ellos con las mismas características de algunas noticias que he leído. ¿No es este el mismo documento que leí sin permiso en la estación de bomberos?

—Se lo hice saber, pero el jefe espera seas tu quien otorgue veredicto de dónde irá a parar el muchacho. Lo conocen más como tu sobrino que como un policía salido de la academia.

—Lo conozcan como lo conozcan, el jefe debe saber también qué hacer con él. Estoy atormentado de esto y quiere me ocupe de algo más, parece que perdió la cabeza.

Entre palabras sin objetividad me envuelvo en el documento sobre la mesa. ¿Es este el archivo que Pedro afirmó sería el original? Desfilo mi mirada por los documentos sin poder leer las letras inclinadas por la distancia a la que me ubico. Incluso así, las fotografías son más evidenciadas que el texto el cuál daría claridad a lo que estoy adivinando. Frente a mí, en discreta aparición se enuncia un nuevo cadáver, uno del que ha correspondido con los otros tres que vi. Aquello eran el resto de partes del primer cadáver que vi, cuyo cuerpo fue repartido como regalos. Las voces regresan en un eco lejano a mi razón. Cuando el brazo de Roberto se levanta para señalar algo puedo dar un vistazo completo al documento.

—Disculpa, Roberto —interrumpo—. Deseo hacerte una pregunta.

Sus ojos me contemplan perplejos.

—Hazla rápido.

—¿Alguna de estas víctimas es una madre?




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