¿quién mató a Selena?

Capítulo 10: Descompensación.

La noche ha de irradiar aquella insignificancia en mis premoniciones. Muerdo mi dedo pulgar en el comienzo de la caminata con la cual he de perderme en un limbo sin retorno. ¿Cómo habría podido? La pregunta era escasa, tan ajena a la situación que ha de comprometerse en una racionalidad incluso perjudicial. Me irrito de la imaginación, espero bombear la calma en una única estación de familiarizados con estos sentimientos sinónimos de perdición.

Ingreso al negocio con el empujar de la puerta con cuidado, inservible cuando la campana replica en recogida de mi presencia. Mi rostro fue ignorado por varios de los adultos, a excepción de una mesa en la distancia, una cuyos integrantes comparten el mismo uniforme.

—¡Allí va! —exclama uno de ellos, su piel negra y cabello escaso rebota en un reflector dentro de mi mente— ¡El sobrino de nuestro respetado Roberto! Lo han integrado nuevamente a la estación, ahí dijeron los bomberos que este muchacho era un mal tercio entre ellos.

—¿Es eso en serio? —interroga uno sentado en la barra, aun dando espalda a su grupo no se ignora de la conversación.

—¡Claro! Julian, diles que ya te has reintegrado.

Acatando sus deseos, doy entrada a mi figura entre esos hombres altos y vencedores en cuanto a su abasta experiencia. Mi simple presencia genera el rebaño de expresiones en una caravana de emociones y sorpresas.

—Me han movido de estación, pero siguen buscando un lugar acorde a mi perfil. No es algo del que sentirme orgulloso.

—¿Todavía te buscan un espacio? ¡Falacia! Te han visto trabajar esta semana con Roberto en el caso, ¿no eres tú su perro faldero en esto?

Presiono el redundante silencio, palabras devoradas por mi orgullo.

—Solo por ahora, pronto tendré un trabajo para mi.

—Venga ya. ¡Siéntate con nosotros! —alza su mano para señalar la barra, el único espacio a mi disposición— Dime, ¿qué necesitas?

Rondo por un segundo para corroborar mi postura en la barra, más no doy la espalda, me enfrento a los adultos ignorando las sugerencias del mesero. A mi costado llego a reconocer dos de los oficiales que hacen guardia, beben y conversan con una dama.

—Quería hacerte unas preguntas, no te preocupes, serán breves.

—¿Referente al caso de Roberto? Sí, él me dijo que vendrías a hablar conmigo. Dispara, todos somos conscientes del caso.

Aun con ese anuncio, he de presentir una sutil desconfianza entre los presentes. Sus uniformes resguardaban su serenidad, más colmaba mi sospecha aquella libertad genuina por lo que se provoca en la noche indiferente. Expando mi carpeta, la misma que coincide con la que avisté en Pedro aquel día. Su mano se ofrece al oficio, entregado a la colaboración pese a las dosis de alcohol. Sus ojos se deslizan por el informe, la exposición de las fotografías queda a los presentes en la mesa, desafiando su imaginación con el esperar de sus expresiones desesperanzadoras. Como si aquel brote de licor se les hubiera desplomado en un segundo, alimentan el silencio con sus opiniones censuradas.

—Qué descarado.

Vacila uno de ellos sentándose y ahogándose en el vaso.

—Sí, casi ficticio —concluye el oficial más grande—. Volvió a atacar, ¿es eso?

—No solo eso, a esta víctima la encontraron sin sus órganos, el abdomen desde su pecho hasta la parte baja de su vientre, toda esa distancia cosida con cautela. Era un saco vacío, huesos intactos, más su interior incompleto.

El oficial ha de pensar en su propia investigación. Sus ojos merodean como el caminar de un roedor, pequeños gestos que formulan una idea la cuál puede haberse empleado mucho antes.

—Amaranta —es lo primero que suspiran sus labios con cierta lentitud, un lamento incrustado—. Es por eso que Roberto te mandó aquí.

—Dijo tú la conocías.

Fueron mis palabras connotaciones privadas de la pena, en cambio la intriga por una coincidencia próxima.

—Sí, ella era participante del consejo de nuestra vecindad. Una muchacha joven, había salido de la universidad hace un año, prácticamente nada.

—Sus amigas testificaron haber sabido de ella por última vez cuando salió del lugar con un desconocido, un hombre mayor a ella. Dicen que ella salió tambaleándose, afirman que fue el alcohol pero creemos que fue algo más.

Antes de admitir otro argumento, él toma el timón de la conversación.

—La drogaron.

Su palabra evoca el eco de desconsuelo entre los integrantes en la mesa. Aunque ellos sitúan la situación como una captura cotidiana, me es impredecible no coincidir en que esto sea la casualidad más monótona. No, es un atrevimiento enmarcarlo como un acto de ingenuidad. Algo tiene ese hombre, algo que consigue una acción perfecta, lo suficiente para burlarse de la comisaría con estas obras de arte humanas. Algo hace, lo sé con certeza.

Antes de meditar un instante más, una voz ajena rebota entre mis adentros.

—¿Y los órganos? ¿Aparecieron o acaso se los comió? Parece que vio muchas historias estadounidenses.

Una leve risa entre sus acompañantes afloja la tensa estabilidad acorralando a los oficiales. Me enfrento a la mujer con desconcierto.




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