Mi cuerpo abraza una vivencia que se disuelve como las burbujas en un agua contenida. Explora su entorno antes de perderse, entregarse en la más precipitada de sus elecciones. Pero, ese veredicto no se enmarca en su simple mención. No estoy perjudicada por la complementación de destinos, no, claro que no. ¡He de librarme del mismo!
Sujeta mi mano con delicadeza, algo que escapa de mi garganta como un abrazo eterno, el culpable de mi desequilibrio en mi respiración, más absuelta de este queda ese respiro acariciando mi piel con su pronunciada suavidad. Esfuerzo las piernas son lo más quebrantable que tengo, la traición inminente se traslada a la primera oportunidad del tropiezo, no se caracteriza en la mirada ajena, puesto que la relación ha perecido en el transcurso del tiempo. Su mano aprieta como el aferrar a un saco de cemento, esa fuerza clavada como alfileres en mis heridas. La sensación traspasa la piel como una tela delgada, impacta en un eco sensorial. Me invita a su caminata danzando en aquel ritmo que abre paso al primer soleado que contemplo sin la angustia a mi recorrer. El sol se baña en mi mirada, un cálido resplandor del que insisto a más, me disfruto en su plena fuerza que se acumula en mi en aquellos hilos de esperanza con los que es imposible resistir para existir. ¿Es eso la ilusión de la vida? La primera parada para encontrar lo que he perdido, mi propia identidad.
Levantar un pie era tan desafiante como requiere subir las escaleras, aquellas que giran poniendo a prueba mi propia independencia. Eso hace pues sus ojos en mí no se compadecen de la tragedia, no se produce algún estímulo alineado a la humanidad. ¡Ilusa! El consagrar de su vista es la misma con la que saca provecho de la situación, introduciendo tal burla a la fórmula. No me defiendo, vale por sí mismo pensar que me ignoro del hecho. Esa es la gracia, la fe plena, del modo en que se emplee podría matarnos a uno de los dos.
El segundo piso es otra vivencia más, las sillas acomodadas en la baranda dando paso a una estrecha oficina que comparte vista alta en la sala allá abajo. El camino se inclina a una habitación que no libra sentimentalismo en mi. No es esta habitación un espejismo de la nostalgia, ¡redundante! Sin gracia, no podría permitirme malinterpretar este paisaje con una persona ya perecida hace semanas. Su cuidado me planta en la orilla de su cama con la misma ventaja que lo satisface, mi debilidad física. Camina como roedor encerrado, no entrego mi disposición en el modo natural por traerme aquí, para tocar mi cuerpo, para decretar este escenario. No pertenezco a su organización. El lenguaje auditivo de cada material me desgarra la predicción de acontecimientos. No puedo adelantarme, sería mi primer error. Pero, aquella tranquilidad es el primer indicio de catástrofe, no estoy a salvo en ninguna de las dos estaciones.
—¿Tiene algo para mí?
Hablarle es una de las elecciones que más electrifica mis razones, envuelve la circulación de mi sangre al alcance de mi piel, la lubrica en un rojo vivo ardiendo en furia.
—Sería lo apropiado —su voz se aproxima a mi, es de ese modo en que ofrece en sus manos algo en su perfecto resguardo—. Levántate.
Su nulo soporte es más que placer para su persistencia a mi lado. Cuando logro encender la fortaleza de mis músculos cae el peso de sus manos sobre mi sigilosamente. En mi garganta algo más se interpone que un simple nudo del que aferrarme en mi orgullo.
—Yo puedo sola, su señor.
Naturalmente esperaba esa mirada desafiante sobre mi como animal bajo la laguna en captura de su presa. Más, no insisto en la misma dignidad que antes he confrontado. Por mi bien, encaro una sonrisa que alivia el descontento irracional. Por un milagro ajeno, su tacto se despega como una masa de mi cadera. Retrocede en una disposición sin igual, esa entrega plena al dictado de unas palabras sin valor. Se voltea, es el único tratado de paz que tendrá para mi.
Con velocidad hago el muda de ropa a su espalda, esforzando la acción para no intuir sospechas en sí. Comienzo con mi ropa interior seca, el frío de la noche encargó el trabajo para secar la tela del agua. Prosigo con mi sostén, pese al tiempo en el que mi piel se despeja de la constante tela sobre mi, aquel frío efímero conduce a un retuerce de mis nervios abismal. El cambio de prenda me lleva a utilizar una camisa bastante particular, su encaje blanco resalta en una curva la parte arriba de mi pecho, en comportamiento del desnudez de mi cuello, aun así mis brazos siguen cubiertos, mi cuerpo igual en aquella caída larga del vestido que llega hasta mis rodillas, esa caída de tela se desplaza desde la costura debajo de mi pecho. Este vestido impone una elegancia culinaria en eventos, o mejor dicho, en un oficio de estatus. ¿Es acaso este vestido blanco una prenda abandonada de su novia? El pensamiento revuelve mi estómago, idealiza una interrogación que nadie podría haberme planteado en la temporada de mis horas de quejas. Ella debe haber venido aquí muchas veces, ¿por qué habría de abandonar una prenda? Una de tanta costura como esta, una belleza angelical. ¿Habrá escuchado los gritos de las mujeres? ¿Cómo Roger la engaña con esa fachada de hombre ideal? He de presentir las náuseas en mi paladar con la proyección ingrata de su novia durmiendo en esta habitación con aquellas mujeres aterrorizadas en ese encierro que he probado de primera mano, o incluso peor, seguir sujetando de noche esas manos tatuadas de sangre.
La imaginación me ha cazado como la cercanía de Roger. Su mano se desliza por mi cadera en atracción de mi cuerpo que se encubre en aquella cascada de tela casi matrimonial. El terror se flecha en mi carne contra mis deseos, por ventaja mía he de estar lista cuando sus ojos investigan en mi. Me desconcierta aquella voluntad para entregarse tanto a la masacre como al silencio, su simple empuje en mis hombros me sienta en la orilla como una niña en obediencia de sus representantes. No completo el escenario sin la herramienta faltante, una tabla de madera gruesa a pesar del tamaño encogido, fácil de sustituir por la apariencia de una regla. Esa paleta de madera es aferrada a su mano como una adquisición del mismo lujo que el vestido blanco. Se opone a recostar su cuerpo en la orilla de la extensa cama como ha inculcado en mí, es su cuerpo inmovil ante mi la penitencia que revierte las expectativas por una confrontación posible de excluir en el día. Mi muñeca derecha se alzan con la suavidad de sus manos, unas veces cómplices de sus emociones al forzar la brutalidad, como en este instante, una empatía incapaz de ser imaginada. Adjunto mi brazo al aire un poco cerca de mi pecho, más a la altura perfecta para contemplarme en la supremacía de un rey. Me siento involucrada en algún truco de magia, es esa palabra la cual ovaciona el instinto de lo impredecible. Qué tan animal me puedo convertir ahora.
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Editado: 15.05.2026