¿quién mató a Selena?

Capítulo 12: ¡Vanguardia en el caso!

Mi tiempo se repudia del modo tan indigente por caminar entre estos civiles. ¿Los estoy ofendiendo? Más vale admitir que estamos fallando, ¿y si supieran? No provoca intención alguna cuando se enciende el vértigo por las distancias cuando tenemos familiares próximos y un tiempo sin definir. Impactan mis pasos contra el pavimento en un tambor rítmico, un emotivo cantar que pocos se atreven a descubrir. Las notas son incluso más expresivas que las letras, ¿es validación para mi indignación?

Me presento al edificio cuando el sol somete sus hilos de luz en radiantes bombas que lubrican mi frente en ese descomunal sudor. Es desgastante, ¿qué le diré a Roberto? Paro frente a la puerta con el chillar de voces en mi espalda, aves sin la más mínima intención de alardear su posición de despeje y memorables actividades cotidianas, volar sin juicio. Vaya ironía intuir que entre esas voces solo una se perjudica con sus vocales humanizadas.

—No creo que tengamos esperanzas, pero es una obligación. No te preocupes, no tardaré. Claro, sí. Yo también te amo, amor. Nos vemos.

Sus labios se cierran como la cremallera de algún pantalón, se encubren las voces de aves sobre nuestras cabezas como incentivos de nuestro silencio. El tiempo se interpone en nosotros, una fatiga en los faros radiactivos de un sol descomunal, incluso en el abanico de los árboles y una carrera del viento contra nosotros, no son síntomas de un fatalismo en curso.

—No creo que encontremos algo. —murmuro a mis propias conclusiones.

—¿Tú crees? Fue un ataque feroz bajo el silencio, claramente no nos dejaron sobras.

Una pelota se succiona contra mi garganta, un digerir grueso contra la forma irreal de admitir el encuentro.

—¿Somos animales hambrientos también en este caso, Camila?

—¿Tú qué crees?

Perdemos el nacer de una grieta cuando las palabras nos elevan en los vientos, nos sumergen en la carencia de oxígeno y perdemos la percepción. La grieta se construye en esa misma desaparición, desquiciada cuando hemos partido vuelo sin discreción. Se confronta en angustia cuando menos ha de abrir la grieta, esa puerta grisácea que refleja nuestras siluetas sin premonizar nuestros propósitos.

—Buenas tardes, ¿puedo ayudarles?

Esa voz me descongela el número en mi cabeza.

—Sí. Buenas tardes, somos los asignados por la comisaría para investigar el local en referencia de la desaparición de la joven Amaranta. La vieron por última vez aquí.

Algo se percata en breve.

—Claro, mi jefe me informó. Vengan, pasen rápido, hay periodistas por la redonda y no quiero que los vean.

Memorable forma de ser bienvenido en una discoteca. No refuto el trato, sería cooperativo el modo en que evadimos el mismo enemigo adentrado en el entorno como una víbora. Avanzamos por escaleras que nos suben hasta el último piso de este pequeño edificio, no son escaleras que se sometan a la oscuridad, las luces siguen luciendo su deslumbre en esa contenida tragedia. Cuando la puerta de cristal está a nuestro alcance el empleado nos abre paso a una bienvenida más cálida. ¡Impresionante salón! Su tamaño no es un repertorio de clases en lo que se proporciona la noche. Los empleados se encargan de una limpieza tardía, un hecho fascinante. Camila lo percibe, una descomunal, pero emotiva, práctica de lamento por lo que sigue rodeando con maldición el salón. Ambiguo el añadir, se percibe el mal aroma de maldición por la zona, ¡el demonio ha marcado territorio!

—Se les habló a tu jefe sobre revisar las cámaras, ¿tienen listas las grabaciones?

—En un momento se las traigo, joven.

Camila rodea su mirada por la instalación, ventanas empañadas en una oscuridad que limita la observación de un esplendoroso exterior, se conserva una visión de locura entrañable. No malinterpreta su propósito, sería vulgar no encubrir el acto dentro de un ambiente de exposición sensorial como este. Magnífico establecimiento. Sus pasos rodean la barra, un despliegue como alas rojizas de guacamayas que aún hospedan vuelos en los paraísos a un público más privado. Tienen sus propias fiestas. Ella abraca uno de los vasos de cristal con la yema de sus dedos, como pinzas de documentación se adentra al primer esfuerzo por olfatear el licor, su rostro se tensa en el primer esfuerzo. Complemento su acto al imitar su pensamiento.

—Es vodka —adjunto. El aroma no me falla, nunca ha traicionado mis estudios en cuanto más los he ameritado. Aun así, ha de deslizar una observación auténtica en Camila. Veo a qué va, no reprendo su interrogativa cuando menos lo necesito—. Solo lo reconocí por mi memoria, nada más.

—Testigos declararon que le ofrecieron una bebida a Amaranta, sus amigas más específicamente.

—¿Ellas informaron si Amaranta era recurrente a aceptar bebidas?

—Afirmaron que no, ella no era de ese tipo.

Someto la soledad dentro de la instalación.

Camila camina buscando una perspectiva más distinguida del negocio, sólo cuando consigue esta estalla una fotografía del salón. No se exige un mapa para la estructura que Roberto planea, una línea de tiempo bastante debilitada. El tiempo es más olvidadizo dentro, se escapa de nosotros cuanto más pasos damos o miremos por direcciones específicas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.