El tiempo comienza a cobrar factura en su incompetencia cuanto más resido en el aislamiento de mis propias diferencias. Escribo a diario en mi intimidad la descarga de voluntad que comienza a desquitar mi perseverancia. El silencio es familiar, mi único instinto para residir en la locura sin arremeter contra mi vida. Es tan pequeño la ignorancia, me reprime en cuatro paredes con las que he de ilusionar mi propio entorno. Las paredes dejan de expandirse, se cierran cada día más asfixiándome, cortando el aire hasta que no tenga otro rincón al qué huir. Las ventanas resisten a gritar mi soledad, se resignan a simplemente obedecer el orgullo de su propietario con esas protecciones tras el cristal que hacen imposible siquiera mirar la distancia. Solo se puede observar el aparcamiento, ese auto de alto modelo cuyo azul brillante se ilumina en el radiante sol. El calor ha invadido la misma cotidianidad que el frío por las noches. No hay espacios para mi propia identidad, se ve consumida como la leña al fuego. Aun en el patio, los cristales son tan resistentes para privarme de la composición de libertad que ronda en una alta vegetación. Me siento en esa silla en el patio sumergida en ese techo oscuro y ventanas a los alrededores como animal en zoológico. Aun así, conmueve más ese espacio de lo que implica el resto de la casa.
No basta la simple pertenencia del hogar, residir aquí es la misma sentencia que acogerse en una celda, me autodenomino en una compañía de criminales. Soy una víctima como el resto, más mi vida ha sido prolongada con desquicio. Mi oficio me mantiene con vida, pese a sorprenderme el dedicarme a ama de casa sin considerarlo en el transcurso de mi vida, ¿no es la dedicación un producto de mi longeva vida? Sigo viva, inmune al dolor. No he cruzado la línea de fuego, mi obediencia es tan consagrada como la de un animal. Sus muertes siguen en mi imagen, no solo la familiaridad de Amaranta acechando las noches temerosas de la oscuridad, de su larga cortina donde manos se alzan en rebelión buscando acabar conmigo tras mi espalda, ahorcarme hasta perecer en desgracia. La noche advierte una fantasía más macabra de lo que vivo a diario, una realidad distinta.
No aguanta más que una humillación, ese es el precio a jugar conmigo, ¿no le basta? Su confianza descarada, el optimismo de su engaño lo conduce a una protección interna que proyecta su hogar. Sabe todas las salidas, todos los escapes. ¡Los ha sellado! Cada uno de ellos, las ventanas, las puertas. Por locura se somete a la ilusión de quebrar las ventanas mientras duerme, cuando trabaja. ¿Y las jaulas que retienen mi cuerpo como preso? Destruirlas con algo más afilado, algo más fuerte. Un martillo puede ser, pero luego no habría rincón a dónde resguardar mi integridad. Se va en auto al trabajo, ¿cuánto tarda en llegar a la empresa y en regresar? Podría deducir mi tiempo de huida con simples palabras que me vendrían valiosas. ¿No crees él ya planeó el lugar como su misma integridad? Es por eso que no habla, en el hogar su presencia se interpone en un aire muerto que no considera mi persona algo humano, un simple ente material. Temo de su silencio, no genera rabia por la manera tan persuasiva de mantenerse al margen, evadir la acusación, consiste en el modo de atacar con impulso. Tengo miedo, miedo de su sigilo, de mi cuerpo como una amenaza a la que mantener bajo vigilancia. No confía en mí, solo encarga los trabajos domésticos por su rutina sin prioridad para sí, consuela su desánimo en mantener su hogar en movimiento, ofrece a mi mano algo con qué seguir a su lado. Eso es lo que debo hacer, buscar razones para existir a su costado. Pero, incluso él se resigna de mi lealtad. No se equivoca, he de reprenderlo tanto como él a mi. No vale la pena imaginarlo, no cuando estamos en desventaja.
No depende de ni siquiera para traerle un vaso de agua, remarca una independencia que sigue amenazando mi posición. Su descontento es evidente, no hay indicios de que mi libertad sea proveída, debe desconfiar de mi por ese factor. De noche muerdo mis uñas, me quedo sin estas para desgarrar su piel en algún acto de defensa. ¿Qué debería hacer? Mi miedo a él contrae todo instinto de valentía, pero mi deseo por vivir canaliza una adrenalina voluntaria. Solo fomenta su efecto cuando estoy aislada, en la oscuridad para imaginar colores, visiones, voces. De día, su rostro es incapaz de ser comprendido. Sus ojos, ¿cuando comencé a temerle tanto verle a sus ojos? ¡Maldita sea! Esos días de gusto donde amanece de buenas se encarga de erradicar el pavor, lo lee con facilidad. Su mano se desliza por mi rostro buscando mi mandíbula, encargando la fuerza de sus manos me ofrece esa mirada, esas palabras emblemáticas de su nostalgia.
—Te encargo la casa. Prepara algo a tu gusto para la cena, almorzaré afuera.
¿Cuál es el propósito de compasión? La forma de su mano que antes provocaba desastre, angustia hasta que la noche llevará a un amanecer tormentoso. Su ausencia me permite respirar, solo cuando el vehículo desaparece estoy en paz. Su amabilidad ha desnudado el pensamiento que consigue arrebatar mi paciencia. ¿Quién cree que soy? La empatía no se entrega con facilidad solo por la inclinación del sol, despertar con el rayo de sol que lo enoja y comienza a repartir la otra cara de la moneda. Sus palabras son bañadas en la dulce melancolía, el silencio favorece el degustar de su temperamento amable. Reconcilia el recuerdo con un pobre niño que he visto antes, un infante que vuelve a integrar en mi memoria aquellos niños que fueron a mi cargo. Caigo desplomada en un corazón bombeante, ¿será mi lealtad el cuidado de ese niño? Ese pobre joven que estudiaba un año de clases menos, ¡y era tan joven como los niños con tres años de clases menos que él! Su juventud envenena mi memoria, consigue que me ahogue en una ficción. Solo entonces, el verde de sus ojos, esa indiferencia, se ve invalida a la emoción que produce en mi. ¡Hasta sus palabras son más frecuentes! No depende de mi adivinanza por saber qué amerita. Jura, en su actitud, una seguridad legalizada en el hogar.
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Editado: 15.05.2026