¿quién mató a Selena?

Capítulo 14: La sociedad: quinta parte.

—Cuando era joven mis padres siempre se sentían orgullosos de mi. Ellos decían presentir un gran futuro para mí, les hice caso sin cuestionar qué era para ellos el futuro, ¿no es mi futuro su presente? Era difícil admitir cómo se ha de sentir ser un adulto y poder confirmar lo que uno pretende direccionar. Imagina los jóvenes, muchos de estos se convencen de una vida privada de su significado. Me gustaba pintar, eso es cierto, nunca abandoné el arte cuando tuve la oportunidad. Era mi refugio, dedicaba horas completas a un cuadro que jamás verá la luz. Aquí, justamente aquí. ¿Crees que tenga la oportunidad de que alguien más vea mis pinturas? Tenía un novio, uno con el cuál compartí a mitad de mi universidad, qué hombre tan amable. Tuve que dejarlo por una sospecha de infidelidad que él insistía en negar. Pero, ¡yo lo vi! Las fotos, los mensajes, cartas que se visualizaron a mis ojos y fueron entregadas por una equivocación de dirección. O tal vez no, seguro la intrusa quien mandó las cartas a mi dirección porque se hartó de la discreción. Todo por mi. La única razón que me quedó fue su dura expresión, la forma tan descarada de despedirse.

—Adiós, espero te vaya bien.

—¿Cómo podría haber dicho eso cuando hirió mi corazón? El dolor pesaba con mayor contraste, aterraba mi alma. Ella dedicaba su presencia para atormentarme, admitir que el descaro era yo. ¿Cómo podría defenderme? El dolor era incluso más delusional para atarme de brazos y piernas. No podía ir al trabajo, mucho menos a mi propio hogar. Yo lo dejaba entrar, le permitía salir, se llevó todo mis artefactos, envenenó mis frutas, inyectó virus a mis equipos electrónicos, marchitó mis plantas. La pena condujo en mi vida un desastre, una comprensión a la miseria esperando que sea más amable de lo que es la felicidad. De pronto, ellas pidieron a por mi. Recuperaron mi nombre. Salvaron mi identidad, eso es algo que él jamás pudo llevarse por completo.

—A comparación tuya, lo último que me queda se va perdiendo cada día que paso aquí.

—Prácticamente ellas se mudaron conmigo, otorgaron felicidad a mi casa por tiempos breves. Fue esa mañana, dos días antes del suceso. Una de mis amigas propuso conocer un nuevo sitio, entablar una vida a la que se me fue restringida por una simple persona. Al día siguiente compré ropa nueva para la ocasión. El día llegó, desperté con nervios, una ansiedad cuya procedencia sólo se verá en atracciones mecánicas. Ellas sabían qué hacían, confié en su volante. Y la noche llegó, se aproximó con segundos con lo que llevar nota. A las seis de la tarde me duché, pensé lo grandiosa que es la vida. A las siete me maquillé, reflexioné sobre un amor cuyo funeral iba a celebrar en compañía. A las ocho me alisté, en mi mente surgían dudas de lo que implicaba el futuro que mis padres tanto prometían a ciegas. A las nueve fue tiempo dónde sería vista en la pintura La Última Cena. A las diez, oré por mi. Y, a las once, partí rumbo al desconocimiento.

—¿Cómo fueron tus últimas horas?

Su silencio se conmemora en un instante.

—Fue maravilloso. Haberme advertido, o no, del final no alteraría la felicidad que pude sentir en ese instante. Me sentí resguardada, protegida, una niña en un parque de diversiones. Hasta que, de pronto, llegaron ellos, involucrándo a él. No me observaba, su concentración jamás fui yo. Sus amigos charlaban con mujeres mayores que mis amigas, ¿no lo eran ellos también? Todas esas mujeres aparentaban edades de treinta años, no recurren a una noche así, están lejos de percibir un dolor juvenil. Él vino solo, su razón era una adivinanza para niños. Cuando me sentí verdaderamente viva, hubo una chispa de ansias por existir, un futuro que resulta se había plasmado a esa única noche, debía aprovechar las profecías de mis padres, la de mis amigas. ¡Algo debía hacer! El corazón me guío sin discreción, su sinceridad me cautivó. ¿Cómo podría acercarme a alguien mayor a mi? ¡Veintisiete no son nada a comparación de estas ancianas a su lado! Me siguió el juego.

—No, no tengo novia.

—¿En verdad? Mis amigas preguntaron por ti antes y les dijiste que sí.

—Soy selectivo, es algo propio de mi. ¿De qué te ríes?

—Es que, mi pareja anterior no lo era, ¡le gustaba cualquier mujer que se le cruce! Ya me enteré, lo hice bastante tarde. Pero, ¿Rivera? Ese apellido no lo he escuchado antes.

—Si te cuento, ¿crees que podrías seguir viéndome a los ojos?

—¡Claro! Yo te conté mi espantosa ruptura. ¡Jala el gatillo!

—Carlos Rivera, general de la marina. ¿lo conoces? Apareció en los noticieros por haber asesinado a una mujer vaciando el cartucho de su arma contra ella.

—¿En verdad? Dios, qué fatal. Me imagino que tu madre la pasó horrible con esa noticia.

—Fue ella, Lilith Magadalena, la víctima del homicidio. Ella era mi madre.

—Carajo, ¿ella era británica? He escuchado un nombre así de allá. Debe ser por eso el nombre y tu físico de extranjero, más ese apellido no te va.

—¿Lo crees?

—¡Sí! Pero, lamento lo de tus padres, no creí que fuera a ser tan brutal. Pensé que sería un divorcio o algo así, eso es parecido a mi ruptura.

—No me lamenta. El acontecimiento me dio un propósito, ¿conoces los testimonios de gente que vio la muerte a sus ojos y renacen como alguien nuevo? Dios me dio esa oportunidad aquella noche. No me arrepiento de portar este apellido, es quien soy ahora.




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