—No tiene nada de lo que podamos hacer.
Esas palabras se distorsionan en una radical voluminización en mis oídos que pone a prueba su elasticidad, juega con su carne, derrama su sangre. Para en seco la última voluntad que seguía en dirección de la conversación. Se emplea una capa estática sobre mis globos oculares para remodelar el campo de visión en algo más satírico, luces fulminantes y una fragmentada realidad. Se reduce por completo en un paradigma de mala muerte que es incapaz de valerse por sí misma. La mesa se reparte en partes iguales, papeles, fotografías, cada una de sus pertenencias escala sobre el aire una reconciliación con sus propios dueños para empezar a remontar una vida que sigue en juego a sus atributos. El último en confrontar la realidad, por infortunio que sea, soy yo.
—No, no puede ser. Debe haber algo más, algo que pasemos por alto. —encaro con mi voz a los mayores en la mesa.
—No dejamos nada por alto. Todas las evidencias residen en lo mismo, un callejón sin salida.
—No —interrumpo en su concentrada explicación—. Eran cuatro hombres, los cuatro tenían intenciones opuestas, en una de ellas pudo haber algo con lo cuál partir. Hay incentivos. Está el escenario, ¿qué buscan con esa declaración?
—Ninguno de los cuatros la conocía, Julian, sus testimonios son todos la misma historia, un paseo en busca de compañía que fue correspondida con las mujeres que residían incluso antes que la víctima. No podemos buscar demasiado, no cuando todos pertenecen a trabajos que pueden dejarnos en mala posición.
—¡Es imposible que esos cuatro hombres, que hablaron con la víctima, trataron con ella, no sean sospechosos!
El entrometer de mi voz revuelca la mesa en un silencio que condena sus propios aciertos. Roberto me observa con el cruzar de sus brazos, una de sus piernas reposa sobre su rodilla dejando un espacio entre estas. Se ve poco convencido por mi indignación, una frustración que no lo apasiona en lo absoluto.
—Amaranta se fue por su cuenta, ya lo declararon sus amigas. Si la raptaron de camino a casa es una historia con la que no podemos defendernos. Tal vez haya sido su ex pareja, seguro el mismo sujeto de los casos anteriores, lo desconocemos. Solo tenemos evidencias de que el victimario emplea esa captura espontánea.
Reposo una expresión de perplejo desafiante. Vacilan mis propias manos en un contraer de mi fuerza al aferrar mi fe en la tela del pantalón que se arruga sin piedad, llevo conmigo el descontento y una astucia que no puede ser remediada en la cautividad de esta oficina, estos papeles. Muerdo mi lengua provocando el derramamiento de sangre que conlleva la reserva comunitaria ante las obligaciones que dictan sus veredictos.
—Debe haber algo más. —musito arrastrando mi vista lejos de ellos.
—¿Dónde quieres ver? Sobrepasar la línea nos llevaría a un arresto imprudente, en el peor de los casos una demanda. ¿Crees que personas de poder dejarán pasar una acusación de tal magnitud en su contra? Y luego decirles que nos equivocamos. Por favor, Julian, reacciona.
—Señor, por favor. Díganle que me escuchen.
Apoyo mi supervivencia en los hombros de Roberto, confieso de este la mirada desolada con la que doy enfrentamiento a estos hombres. A la lejanía se orilla la observación de Camila, la falta de credibilidad en Andrés. ¿Pretenden dejarme a la deriva con esto? No puedo adjuntar evidencia factible para la inclinada opinión con defensas impenetrables. Su veredicto presiona mi vista como lo haría en mis palabras, se desvela al disparo de un arma contra los aires.
—No podemos hacer nada, Julian. Deja de insistir, te pondrás ansioso y eso podría perjudicar tu puesto.
Restriego en su mirada la insolencia producida contra mi. Abro mi boca en ingreso inapropiado a un aire que no puede oxigenar la poca determinación que desequilibra en esta mesa. No basta con estudiar su firmeza igual de comprometida que el resto de oficiales, relucen sus uniformes, sus devociones. ¿Me están jodiendo? Sus simples pensamientos son disparados como bombas a mi asiento, reposan en el oxígeno un gas cuyo enfoque tensa el ambiente hasta desproporcionar su objetividad. Valga la pena o no, reside del mismo acto una pizca sublime de mi reprendo.
Formo de mis dedos un puño con el cuál hago paro a la reunión en un tumbear contra la mesa. La estrellada acción me alza hasta depender de mis piernas, una fuerza que rebota como pelota deportiva buscando la fuerza suficiente para seguir el transcurso. Me aparto de la habitación huyendo por la puerta, despojo mi presencia con una serenidad con la cuál no pueden desafiar. ¡Al carajo sus insinuaciones! No me consta el insulto, sino su desempeño mediocre. Los presentes en la estación me observan andar por toda la instalación, bajar las escaleras y merodear por las oficinas hasta que la palma de mi mano liberta la postura del cristal como puerta y lanzo rumbo directo a la despejada sociedad. El cielo naufraga nubes cuya resiliencia hospeda aves, aullidos de animales y una directa provocación en cuanto a sus residentes. Las personas transcurren con el mismo rumbo que una sociedad autónoma, desmedida de sus irrealidades hasta que son tocadas, gritadas o privadas. Rondo por las calles mientras extorsiono mi chaqueta con una bravura descomunal, socialmente imperceptible y poco llamativa. Saco un paquete que se cierra por un plástico delgado a su alrededor, envuelto como un regalo para mi desahogue. ¿Dónde dejé el encendedor?
Enciendo el cigarrillo a la vista pública, seguro produzco descortesía al rendir cuentas con la naturaleza en mi fabricación de cenizas, un polvo muerto con el que me induce un estado de perturbada colisión. Comienzo a toser torpemente, mi respiración se fue mucho antes de haber esquivado el humo contra mis pulmones. La vida proporciona muerte, es ese el modo dónde doy vuelta a la esquina para apoyar contra una pared mi peso. Alejado de mis espectadores reprendo el aire mientras la saliva expulsa su salud en un ahuyentado escape. Lamentable es como me cuesta retomar el aire, puedo sentirlo más ligero, principalmente cuando un rayo de luz se desplaza contra mi frente. El árbol deja un agujero diminuto sobre esas alargadas hojas, unas cuantas secas, otras más nuevas. Su orificio suministra calor a pocas plantas que acarician ese reparto equitativo.
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Editado: 24.05.2026