¿quién mató a Selena?

Capítulo 16: La sociedad: sexta parte.

Pierdo la razón inhalando agua, duchándome con tierra y besando sapos hasta obtener una suerte extraordinaria como jugar con la ruleta rusa. El disparo no sería nada más que un acierto radical de explicar el mundo. ¡Avaricia alucinógena!

—Antes hemos perdido la billetera, ¡ahora la llave! No parecemos ser voluntarios para cooperar con la sociedad.

Sus manos direccionan la soledad del vehículo. Abraza su propio cuerpo en consolar la insolencia, una inconsciente estupidez. Estrella en el volante el choque de sus dedos indignados por partes de sí que no conoce.

—¿Recuerdas dónde lo dejaste en los recorridos de la feria?

—No, me distraje contigo que perdí el rastro —sincera su espacio para meditar en compañía mía.

—No podremos conducir sin la llave. Creo que dispondrás de salir, buscar la llave por el parque y regresar.

—¿Tú crees? —cuestiona.

Su pregunta abunda de una connotación desconocida, imprudente para la sospecha que se va armando en medida que el proyector a la distancia empieza a deslizar fotografías una tras otra hasta oscurecer su pantalla.

—Mira, se está haciendo de noche —anuncio al señalar del vacío al costado de la carretera—. Debes moverte rápido.

—¡Regreso en breve!

Mis palabras parecen enmarcar de su memoria una visión tenebrosa del implicar una tormenta de tinieblas. Salta del vehículo como un niño pequeño buscando la acción rápida de encontrar esas llaves. Participa en las atracciones redondeando un recorrido de toda una tarde por un par de horas. Su reconocido andar explica el arremeter de un pasado que se sigue manifestando entre la irrealidad. Parezco flotar en una ubicación libre de la gravedad, flota mis extremidades hasta impactar con el techo del vehículo. ¿No es este mundo una fantasía retorcida? Aun así, flotar con gravedad cero es un acto desconsiderado para los niños que me observan.

Salgo del auto para hacer paro alto contra la puerta del copiloto. En mi paraíso una nublada cortina de nubes que despegan como calcomanías ese morado entre el azul y el naranja, colorean el paisaje con nostalgia hasta pulverizar mi razón. Se discrepa de su propio cuerpo para recomponer la gravedad en resignación por la alusión referida en mi aislamiento.

La noche se acerca, predica un tormento del que no pueda ver bajo su blando cuerpo. La lluvia se reparte entre partes iguales de misterio y espanto, una lluvia ensangrentada que cae en el largo campo ilimitado de vegetación, plantaciones verdes que apenas logran superar la altura de mis tobillos. Se expande esa miseria cuyo vacío se siente desparejo a la inofensiva apariencia para darle al acecho. Giro mi rostro en busca de Alejandro, se ha perdido en esa feria amontonada del canto, al agua como nuevo oxígeno, la suciedad como una limpieza natural y los sapos en beso parejo para conceder una salida. Se dispersa con un público que encamina el orgullo de una colmena la cual perecerá del diluvio de remordimientos. Se avecina el llamado a mi sentencia, una pérdida completa de mi propia correspondencia. La densa nube negra se introduce entre los cielos cargando el líquido del derrame de un planeta inexplorado. El silencio se estrella en gotas pesadas, del filo para arañar mi carne desnuda bajo la tormenta. Pierdo de vista a mi hombre, mis amigos, la gente. Abundo en el olvido como una más de la lluvia.

Solo el contrato del caer con el recibir deja plantada la pertenencia desconcertante de un emblema individual, la privada emoción del sentir. Pena ni gloria reduce lo que recae en mí con precisión, una constelación sobre mi cabeza opacada por un plasma oscuro, encubre el mapa, protege la pérdida. A la deriva, en un campo plano y monótono, un único cuerpo alza postura para confrontar el impacto de este clima. Muerdo mi labio inferior en descontento mientras agua estrella como bombas de naves aéreas contra mi.

—Aléjate de mí. —advierto con recoger mis brazos.

—Necesitamos hablar. —sus pasos se encaminan como los de un pavo real, abre sus brazos como plumas exóticas.

—No tenemos nada que hablar. Vete de mi vista, ¡largo! Ya he pagado mucho contigo —Amaranta insiste en el andar de princesa para no presionar el pasto bajo sus pies, puedo presentir un levitar irregular en su cercanía desplazada con perfección. Antes de convencer otra con sus palabras desagradables desprendo mi cuerpo de la puerta para encarar la ira que brota como fuente de vida por mi carne hasta reproducir el contenido de rebelión con el cuál permitirme morir—. ¿Qué no entiendes? ¡Vete de mi vida, escoria! No te quiero, no te necesito. No hay nada que digas que pueda convencerme de actuar o pensar. Tú no deberías estar aquí. ¡Tú estás muerta! ¡Fuiste asesinada a mi lado! ¿Por qué sigues buscándome? Es envidia, ¿eso es? Yo vivo, tú te pudres en algún rincón de la ciudad. ¡Tú sufres! ¡Tú lloriqueas sin cesar! Vivo mejor. ¡Yo vivo! ¡Yo gané! Yo.

Enloquece sus ojos cuando levanta el pie para brillar al otro extremo de la carretera. Un fantasma se cuela bajo la lluvia sin residir en las gotas que bombean una tragedia con segundos sentenciados en el estrellar, se puede asumir un patrón en cada una de las gotas. Su paciencia es devastadora, letal para la retenida paranoia que consume su figura en la protección de una gasolina. El juego que sigue rondando contra la tiniebla, resurge de la miseria buscando aliados, esperanza. Muerto más mi labio, mis dientes, mi lengua. Algo sigue sin ser correcto, permite estremecer mis sentidos.

—Deberíamos cortarte las cuerdas vocales por tu insolencia.

—No, no podrías.

—Despellejar tu piel para dársela a los perros de verdad, los que no alzarán sus dientes contra la mano que les da de comer.

—¡Eso no es verdad! —exclamo asustada.

—Podríamos colgar tus huesos como amuleto de la mala suerte. ¿No es eso lo que dicta tu cuerpo? Condenada al pudrir de tus músculos.

—No, claro que no.

Aferro mis dedos contra la puerta en un terremoto corporal que sucumbe a la propia luz que divaga en tantos mundos para alejarme del mío. No hay oxígeno, gravedad, razón o sensación. Recaigo en la discordia que prevalece con esa presencia tan vulgar. Pinta sobre mi piel el cáncer de la profecía, heridas cuya tonalidad se elevan en morados grotescos, dispersan su dominio sobre mi piel hasta ebullir un dolor insoportable hasta la alta exclamación de mi voz en agonía. Sollozo evadiendo la culpa y el pavor del conocimiento, una extremista capacidad para sobrellevar lo que esconde mi cuerpo en busca del auxilio. Nadie puede escucharme, nadie vendrá a salvarme.




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