Refresco la cara con una frialdad que el agua comparte en su caída sobre mi cabeza, entabla un diálogo del cuál mucho puede discrepar, una de esas es mi espantosa apariencia, seguro el olor de suciedad y piel muerta se va con rabia de mi cuerpo, parásitos inmundos organizados por colonias sobre las puntas del cabello, un desgaste inapropiado. Ahogo mi cabellera aceitosa de tanta resistencia al tiempo, la interpongo en el agua que llueve sobre mi piel repartiendo una agua que enfría no solo la impurificada carne sino mi mente. Me restriego bajo la laguna de pensamientos que abundan como ovejas dentro del corral, animales que revolotean ansiosos y sin dejar espacios para poder respirar. Saltan, corren y se caen, extienden sus patas como ave en despegue de vuelo para reintegrar su recorrido por paredes, suelos desgastados. Entre más chorrea de mis mechones de cabello un hilo de agua que se estrella contra el suelo dejando tras sí un sonido de tormenta, se inclina la ficción.
¿Dónde se supone que iré? De mis brazos brota la fuente de vida que se advierte entre potentes pulsaciones una caricia más que falsa. He de perderme en alguna parte sin encontrar el origen de mi silencio, se debilita aislándome como experimento. Inclino mis brazos estampado las palmas hasta mi propio rostro. Mis senos se aplanan contra el peso de mis piernas, mi columna se redondea como un armadillo en defensa. Me escondo por tan poco, solo por poco un grito estremece mi carne para alzar la mirada desprevenida. La puerta impacta dos golpes cuya voz masculina direcciona tras esta. Al ejercer mi vista contra la puerta, cierro la cortina en un gesto de pavor, el gesto expone capas de piel que han podido detallar heridas sobre tonos amarillentos y violeta, su brillante aspecto induce una repulsiva dirección entre mis propios altibajos. ¡Qué asco! Me cuesta visualizar alguna clase de clemencia contra el saco de carne tan patético que luzco, así de esta forma, salir es un acto de humillación. Con la esponja esfuerzo la piel para bajar las apariencias, interpretar de sí alguna vida ordinaria, más cotidiana y falsa. Entre más clavo mis uñas y fuerzo de tal modo la esponja contra la piel pelando mi ser, queda una decepción insaciable al comprobar que siguen ahí esos llamados de impotencia. Cueste lo que cueste, nada sirve, nada, nada. Nada, ese es el dilema de mi existir, no soy nada.
El segundo grito se interpone entre la discusión contra el agua. Cierro la llave protegiendo del silencio la vagancia que aun empleo en descaro. Muevo la cortina de la ducha inspeccionando la habitación, su humedad flota por todo el ambiente empañando los cristales, la luz es casi invisible, una neblina de agua desgastada con la cuál me camuflo. Me expongo al cristal por un corto instante, segundos que se llevan mi vida. Tengo un rostro delgado, una mirada cuya belleza ha sido desperdiciada. No soy quién he prometido ser. Sujeto la toalla a la guardia de mi cuerpo. Aprieto la manija girando de esta al destape de mi humedad y desnudez. Lo único capaz de usar bajo esta toalla es mi ropa intima y sostén, el resto de mi ropa, confiscada de mi propia elección, se esconde dentro de su habitación ansiando mi presencia para saber qué depara de mí esta noche. Los cristales relucen un vistazo nocturno del sueño, las estrellas se alinean a la lejanía, árboles que se agitan con suavidad, me hipnotizan formulando ideas indebidas. Voy a salir.
Me acerco a su habitación, acaricio su madera elevando dos suaves golpes que introducen mi figura a su campo de privacidad. Se ve optimista esta noche, el modo tan selectivo en arreglar su cabellera mientras lleva esa camisa negra que compartirá atuendo con un saco cerca del mismo color. Arrastra cada mechón hasta atrás alisando y ordenando no solo una comunidad de pelos, en ello se arrastran las ideas para esta velada. En su brazo conserva el reloj de esa posición particular, un reloj escondido bajo su muñeca que solo se alcanza a dar utilidad bajo una posición específica. Desprende de mí la atención que he dedicado a sí, aparta la actividad empleando juicio. Me siento en la orilla de su cama mientras abarca no solo su apariencia, toma la gran dedicación de organizar la mía. Bajo sus brazos residen una variedad de vestidos, su tela y presentación son absueltos de ser idénticos a las prendas que acostumbra a dejar bajo su gusto. Los vestidos son hermosos, su belleza amenaza en mi un perjudicial síntoma en mi contra. Es la belleza de la prenda un vínculo ajeno para lo que implica llevarla. Busca meticulosamente contexturas que encubren sus actos. ¿Es esto la escena de su crimen? No solo matarlas y enterrarlas, dejarlas a la deriva de su propio limbo, sino la presencia directa del modo tan audaz para hacerse librar. No elige en cuanto mejor puedo presentar, se deja guiar por cuál vestido encubre las heridas evadiendo el interrogatorio extranjero. Opta por un vestido rojo, su color vino puede blanquear mi piel por una extraña razón, sus hombreras son llamativas e ilumina mi pecho con ese escote. Su falda abanica mis piernas encubriendo la realidad, se protege de los brazos usando unos guantes negros que llegan a la mitad de mis brazos. En mi cuello, protege el brutal corte acompañando un collar que esparce su brillo hasta la herida. Se las ingenia para perfeccionar un atuendo a base de su conveniencia.
Mi cabello no produce peligro, desprende un aroma impecable que limpia mi propia imagen. Apoya su codo contra el borde de la cama, su mano comienza a trazar una imagen mucho más viva, réplica a la perfección mi pasado antes de exponer la acomplejada vida que llevo. Es audaz con el maquillaje, se lleva unos minutos para elaborar algo presentable. Sujeta mi cabello en una cola alta, expone mi espalda desnuda a la luz. Ha aprendido en semejanza a una máquina las mismas formas de manejar a una mujer como Ximena emplea en su trabajo, seguro la observa al prepararse aquí. Mi último compromiso es un broche de oro cooperativo. Extiende en mi vista la corbata negra que le fue encargada. Al bajar los ojos veo su mano ofreciendo ese pesado de tela delgado como el cuerpo de una serpiente, se enrolla en mis dedos mientras algo atormenta mi visión. Este acto, es un empleo de poder, eran esas las palabras que ella dijo. Entonces, ¿por qué sigue siendo factible su mirada como arma sobre mi pecho? Soy incapaz de poder contraatacar, respirar es un privilegio y algo maldice de mi sangre el pretexto de hacer esto. ¿Por qué lo haría? Cabe resaltar que ningún animal hace esto, es indebido el simple acto de complacer su vagancia, una flojera artificial. Me aferro a un compromiso del que no quiero formar parte, esa es la razón. No puedo participar más, la locura está por cuestionar incluso la existencia de los gestos más insignificantes. Me tiembla el labio inferior, mancha los dientes del tinte que cargo con leve discreción. No quiero, no puedo. Alzo la vista para refutar este simple gesto, más su rostro obliga el largo silencio. Reposa su vista sobre su teléfono, la nula claridad en mi lo desconoce de mi descontento. ¡Idiota! ¿No puedo ver dónde estoy parada? Voy a salir, saldré de aquí para interpretar una vida desaparecida. Es imposible, desobedecer lo enfadará, ¿qué importa? Tengo una oportunidad. Y, este acto, este simple y estúpido acto puede asegurar mi libertad. Amaranta no puede predecir falacias, no puede descargar vergüenza. Necesito su confianza esta noche, la componen de tal modo para dejarme asistir descaradamente. Debo seguirle el juego, solo así yo podré tener algo. Podré tener libertad.
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Editado: 12.06.2026