Nick
A la mañana siguiente llegué a la cocina con un ligero dolor de cabeza, pero la luz del sol que se filtraba por la ventana me dio un impulso de energía. Ayer había sido un día largo y lleno de emociones, pero también había sido un día divertido.
Mientras me servía un vaso de agua, escuché risas provenientes del salón. Al asomarme, vi a Ruby y Jake bromeando sobre algo, sus sonrisas eran contagiosas y me llenaron de alegría. Era reconfortante ver que, a pesar de todo lo que habíamos pasado, la amistad seguía siendo un pilar en nuestras vidas.
—¡Buenos días, Nick! —gritó Ruby, levantando la mano en señal de saludo. —¿Listo para un nuevo día en la aldea?
—Creo que sí —respondí, sonriendo mientras me acercaba a la mesa. —Aunque no puedo prometer que no me entrarán ganas de morirme.
—No te preocupes —dijo Jake, dándome una palmada en la espalda. —Hoy será más fácil. Ya hemos tenido nuestra dosis de acción.
Mientras desayunábamos, la conversación fluía de manera natural. Ruby compartía historias divertidas de su infancia, y yo me di cuenta de cuánto había extrañado esos momentos. Cada risa resonaba en la habitación, y por un instante, me olvidé de la presión que sentía.
De pronto Brooke apareció por el salón con cara de sueño y pude notar como me repasaba de arriba abajo con la mirada. Que guarra.
— Café —exigió. Y yo le tendí mi taza de la que bebió varios tragos. Des pues se sentó al lado mío y se tumbó en mi hombro. Menos mal que ese no era el que me dolía. Y se quedó dormida otra vez. Se notaba que estaba agotada del día anterior.
Después de desayunar, decidimos que era hora de salir y caminar por la aldea. Hoy no teníamos clase y Anna nos había dicho que había un mercado donde los aldeanos comerciaban, y todos parecíamos emocionados por conocer un poco más sobre la cultura que nos rodeaba.
Al llegar al mercado, el bullicio de voces y risas nos envolvió. Los colores de las telas, los aromas de la comida, y la energía vibrante del lugar nos hicieron sentir más vivos. Era un contraste tan refrescante con el bosque sombrío que habíamos dejado atrás.
Brooke caminaba a mi lado, y no podía evitar robarle miradas. La forma en que se movía me hacía sentir algo que no podía describir con palabras.
—Mira esto —dijo ella, señalando un stand donde vendían collares hechos a mano. Se acercó a la mesa, admirando las piezas con una sonrisa. —Son preciosos.
Me acerqué a ella, observando cómo su rostro se iluminaba al ver las joyas. Era un momento simple, pero el brillo en sus ojos me llenó de felicidad.
—¿quieres uno? —pregunté, sintiéndome un poco audaz.
Brooke se detuvo y me miró, sorprendida pero encantada. —No, no puedo aceptar un regalo tan grande.
—Es solo un collar, de grande no tiene nada —dije, riéndome. —Pero si no quieres uno, tal vez podamos encontrar algo más.
Finalmente, mientras ella seguía mirando, vi que había uno que se asemejaba a sus ojos. Era de un verde profundo, con un pequeño colgante en forma de hoja. Sin pensarlo, lo compré con el dinero que Anna me había prestado y se lo entregué.
—Toma, es para ti —dije, mientras su rostro se iluminaba con sorpresa.
—Nick, no sé qué decir. Es precioso, gracias —dijo, poniendo el collar alrededor de su cuello. Se miró en un espejo cercano y sonrió. —no me lo voy a quitar nunca.
—Te queda genial —dije, sintiendo que cada vez que la veía sonreír, algo dentro de mí se llenaba de alegría.
Ella sin pensarlo dos veces se puso de puntillas y me besó en los labios.
El resto del día fue una mezcla de exploración y risas. Mientras caminábamos por el mercado, nos encontramos con Zakar, quien nos saludó con una sonrisa amplia y nos llevó a conocer a algunos de los aldeanos. Todos eran amables y acogedores, y poco a poco, comenzamos a sentirnos más como en casa.
Cuando regresamos a nuestra casa, el cansancio nos envolvió, y al caer la noche, todos nos acomodamos alrededor de la mesa, compartiendo historias y risas. Jake, que había estado más callado durante el día, finalmente se unió a la conversación y comenzó a contar anécdotas de cuando nos conocimos.
De pronto un sonido ensordecedor llenó la casa, un estallido seco y potente que resonó en mis oídos. Fue como si el aire se rompiera, un golpe brusco que me hizo saltar el corazón. La vibración me recorrió, y por un instante, el mundo pareció detenerse. Lo tenía claro, eso había sido un disparo.
—¿qué coño ha sido eso? —dijo Rubí con cara de susto, levantándose de la silla con un movimiento brusco.
El ambiente se tornó tenso, y el bullicio alegre de la cena se desvaneció como si alguien hubiera apagado la luz. Las risas se convirtieron en murmullos nerviosos, y todos intercambiamos miradas de incredulidad. No era la primera vez que escuchábamos ruidos extraños en la aldea, pero un disparo era algo completamente diferente. Pues solo estaba permitido disparar en el pabellón y eso quedaba muy lejos de aquí.
—¡quedaros quieto! —ordenó Jake, apretando los dientes mientras se levantaba de la mesa. Tenía el rostro serio, y su mirada reflejaba la preocupación que todos sentíamos.
Sin pensarlo, me levanté también. La curiosidad y el instinto de proteger a mis amigos me empujaron a seguirlo. Brooke me tomó del brazo, su mano temblando ligeramente, y sentí que mi corazón se aceleraba.
—¿Dónde vais? —susurró, su voz apenas audible.
—Vamos a ver qué ha pasado, venid con nosotros será mejor no separarse —respondí, tratando de sonar más seguro de lo que me sentía.
Nos dirigimos hacia la puerta, saliendo al patio. La noche estaba despejada y tranquila, pero el eco del disparo seguía resonando en nuestras cabezas. No había luces encendidas en las casas cercanas, y todo parecía sumido en una extraña calma.
—Alguien más lo ha escuchado ¿verdad? —preguntó Ruby, su tono lleno de ansiedad.
—Sí, todos —respondí, tratando de mantener la calma. —Pero debemos averiguar de dónde viene, esto no me da buen rollo.