¿quién soy?

Prefacio

Adriel

La sangre no debería estar tan caliente.

Eso fue lo primero que se me cruzó por la cabeza cuando la cargué entre mis brazos. Cuando sentí cómo se me escurría entre los dedos mientras apretaba la herida, como pendejo, como si apretar más fuerte pudiera deshacer lo que la bala ya le había hecho.

No podía ser tanta sangre.
No de ella.

—Aguanta… aguanta, por favor —le repetí, sin saber siquiera si me escuchaba.

Tony estaba demasiado quieta.
Demasiado.

—¡Leo, písale, morro! —grité desde atrás de la camioneta—. ¡Písale ya, chingada madre!

—¡Ya voy, cabrón! —contestó Leonardo, tenso, sin despegar las manos del volante—. ¡No ves cómo voy!

—¡No la dejes dormir! —se metió Felipe desde el asiento del copiloto, volteando apenas—. ¡Háblale, compa, no la dejes cerrar los ojos!

La apreté más contra mi pecho. Su cabeza colgaba de mi hombro. Su respiración iba y venía como podía, cortada, débil, como si el aire le costara un mundo.

—Mírame, Mia… —le murmuré, dándole palmaditas en la mejilla—. Ey, mírame. No te me duermas, ¿sí? No ahorita… no conmigo.

No respondió.

—¡Leonardo, chingada madre, que se nos muere! —rugí, y ahora sí sentí cómo se me quebraba la voz.

—¡Cálmense, pues! —soltó Felipe, ya con los nervios de punta—. Si siguen así no vamos a llegar ni nosotros ni ella.

No le hice caso.

No podía.

El hospital apareció frente a nosotros como una promesa… y una amenaza al mismo tiempo. Leo frenó de golpe. Ni apagó la camioneta. La dejó atravesada, con las luces prendidas y la puerta abierta.

No esperé a nadie.

Yo ya la tenía en brazos.

Entré casi corriendo.

—¡Ayuda! —grité—. ¡Ayuda, por favor!

Varias cabezas voltearon al mismo tiempo. Vi el segundo exacto en que el miedo se les subió a la cara al verla empapada de sangre.

—¡Le dispararon! —solté cuando por fin reaccionaron—. Por favor… sálvenla.

Tony estaba pálida. Demasiado. Los labios entreabiertos le temblaban y cada respiración parecía dolerle hasta el alma.

Las enfermeras se movieron rápido. Alguien acercó una camilla. Otros más dieron órdenes, había manos por todos lados.

Y luego me la quitaron.

Sentí el vacío justo cuando dejó de estar entre mis brazos.

—¿Qué le pasó? —preguntó una enfermera. — Perdió mucha sangre

—Eh… —me quedé en blanco, con la cabeza hecha un desmadre.

—Señor, ¿qué le pasó a la señorita? —insistió, más firme.

—Nos atacaron en la casa —logré decir—. Una bala… una bala la alcanzó.

La subieron a la camilla. Le colocaron oxígeno, demasiados cables y cuando me di cuenta había máquinas pitando.

—No la suelten… por favor, no la suelten —repetí, sin darme cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta.

—¿Nombre? —preguntó un doctor sin mirarme.

—Antonia… Tony —dije—. Antonia Rubio.

El apellido cayó pesado.
Se miraron entre ellos. Algo cambió en el ambiente. Pero no me importó. El hospital era de la familia Rubio.

Me dio igual.

Yo solo quería que respirara.

—¿Usted es familiar? —preguntaron.

Tragué saliva.

No supe qué decir.

Porque era mi culpa.
Porque llegué tarde.
Porque no debí dejarla sola.

Y entonces el pitido.

Largo. Seco. Infinito.

—No hay pulso —dijo el doctor.

Sentí que algo se me partió por dentro.

No pensé. No medí.

Saqué la fusca y la levanté.

—¡Chingada madre, la van a salvar como sea! —grité, con la voz hecha pedazos—. ¡Como sea, ¿me oyeron?!

El hospital se congeló.

Vi el terror en los ojos de las enfermeras. Manos temblando. Nadie respiraba. Colocaron los parches del desfibrilador en su pecho y lo encendieron.

Nada. Sin respuesta.

—¡Otra vez! —ordenó el doctor.

El desfibrilador golpeó su pecho.

El cuerpo de Tony se levantó… y volvió a caer.

—Sin pulso.

—¡Puta madre, salvenla dije! —rugí—. ¡No me la pueden quitar así, no a ella!

—¡Otra vez! —ordenó el doctor, sudando.

Nada.

Las piernas me fallaban.

Caí de rodillas.

—No… no… —murmuré—. No me hagas esto, Mia… no ahorita… no así.

Una tercera descarga.




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