¿quién soy?

Capítulo 2

Helloooooo, gente bonita.

Lo prometido es deuda así que aquí está el siguiente cap, leanlo bien porque nada es relleno, a veces hay que leer entre líneas para que nada nos tome por sorpresa, jijiii.

Como lo dije desde un inicio, este libro tiene de todo, corrupción, escenas explicitas, violencia, drogas y muchas cosas más, si están inconformes con algo de ello no lo lean, pero por favor no vayan a denunciarlo. Si no te gusta solo dejalo y punto, habrá alguien más a quién sí le guste.

Sin nada más que decir, se los subo ahorita porque hoy es mi graduación y estaré algo ocupada, los tqm. Disfrutenlo.

Chau, chau.

La calle estaba oscura, y el ruido sordo que venía desde la finca era lo único que rompía el silencio. Dentro de la camioneta estábamos Adriel y yo. Mi sombra obligada. Mi guardián personal. O, como él decía, “el güey al que tu apá trae a pan y verga pa’ que no te pase ni el aire”.
Aunque yo fuera —literalmente— la mejor espía que tenía SIEDSA.

—Mia… —murmuró Adriel, con ese tono grave que usaba cuando no le gustaba ni tantito la situación—. ¿Segura que quiere hacer esto, morra? —preguntó girándose hacia mí, como si todavía existiera una mínima oportunidad de que me echara para atrás.

—Claro que sí —respondí sin dudar—. Quiero saber si siguen siendo enemigos de la familia… y, además, es una misión de SIEDSA. No puedo negarme.

Adriel resopló, frustrado.

—Sabes que el cabrón no me va a dejar quedarme contigo allá adentro —gruñó.

—Lo sé. Por eso ellas vienen conmigo —dije mientras observaba a Arzú y Kaia desde la ventanilla.

—Más vale que todo salga bien, morra —murmuró, pasándose la mano por la cara—, porque si no, tu apá me va a cortar los huevos por dejar que te lastimen.

Reí bajito.

—No exageres. Es solo una misión. Vamos. — dije mientras golpeaba su brazo levemente

Bajé de la camioneta y sentí el aire helado golpearme de inmediato. Mis amigas ya estaban de pie, impecables, listas para entrar.

Habíamos sido invitadas a una fiesta exclusiva de los Valdez, una organización que llevaba años enemistada con los Rubio. Su líder estaba enfermo y el hijo, Ismael Valdez, había tomado el mando. Fue él mismo quien me había contactado.
Y claro… siendo la hija de Víctor Rubio, todos asumían que era la sucesora natural después de Dante y Felipe.
Algunos incluso pensaban que era fácil engañarme.

Pobres pendejos.

—Tony —me llamó Arzú con una sonrisa elegante. Rubia, ojos verdes, impecable. Llevaba un vestido rojo con una abertura larga en la pierna y un escote en V pronunciado. Sobre los hombros, un abrigo beige que la hacía ver aún más cara que la fiesta.

—Ya le informé a Elías —continuó Kaia, que caminó hacia nosotras ajustándose el cabello castaño oscuro—, pero esta vez estamos solas. No habrá extracción.

Kaia lucía un vestido oscuro de tirantes, escote profundo y dos aberturas laterales que dejaban ver sus piernas en cada paso. Hermosa, letal, perfecta para llamar la atención de medio salón.

—Lo sé —respondí, respirando hondo—. Pero todo va a salir bien. Al final… solo es una reunión.

Mi vestido era azul oscuro, corto al frente, dejando mis piernas al descubierto, pero con una enorme cola que arrastraba detrás de mí como si tuviera linaje real. El escote en V y los tirantes hacían necesario el abrigo que llevaba encima, igual que mis dos amigas.

—Vamos, chicas —dije.

Avanzamos hacia la entrada. Adriel se quedó apoyado en la camioneta, claramente molesto por no poder entrar, pero obedeciendo. Solo con invitación. Y él no tenía una, además, aunque la tuviese el plan no funiconaría si se quedaba a mi lado durante la gala.

Le dediqué una última mirada.
Él negó con la cabeza, resignado.

—Cualquier pedo, morra… me avisas. No te me desaparezcas —gruñó.

Sonreí apenas.

Llegamos a la entrada. Mostré las tres invitaciones que me había enviado Ismael. El guardia nos dejó pasar sin cuestionar nada, y apenas entramos, una empleada se acercó para recibir nuestros abrigos.

El salón estaba lleno de luces doradas, música suave, gente importante… y muchos bastardos peligrosos.

—Busquen al cabrón y avísenme si lo ven —les indiqué en voz baja.

Arzú asintió.
Kaia escaneó el lugar como si estuviera buscando objetivos en un mapa de guerra.

La misión acababa de empezar.

Apenas terminamos de repartirnos la sala con la mirada cuando Kaia murmuró:

—Contacto a las tres en punto.

Le seguí la mirada con discreción.
Y ahí estaba.

Ismael apareció entre la multitud como si el lugar fuera suyo desde antes de que cualquiera de nosotros naciera. No llevaba sombrero ni botas: su poder no necesitaba accesorios. Vestía un traje gris carbón perfectamente cortado, el tipo de tela que solo se consigue cuando el dinero nunca es problema. La cadena de oro al cuello era fina, elegante, pero lo suficientemente visible para que nadie olvidara quién era su padre.




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