¿quién soy?

Capítulo 3

Buen día, gente bonitaaaaaa.

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!, como regalito les dejo el tercer capítulito de este libro. Espero que les guste tanto como a mí, de verdad que Tony es uno de mis personajes favoritos.

Pues nada, disfruten en cap, mil gracias por darle apoyo a su servidora y recuerden que los tqm.

Bonito día.

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De verdad que ese día me había exprimido hasta dejarme totalmente agotada.

No era solo el cansancio físico —que ya de por sí me pesaba en los hombros como si hubiera cargado concreto todo el día—, ni el dolor punzante en el cuello que ardía cada vez que respiraba profundo. Era algo más hondo. Algo que se había instalado detrás del esternón y no pensaba moverse.

El alcohol ardió más que el corte.

Cuando Dante vertió un poco sobre la gasa y la presionó contra mi piel, el escozor me hizo apretar los dientes. El olor penetrante del antiséptico se mezcló con el del whisky que todavía impregnaba el aire de la cocina, y por un segundo no supe cuál de los dos me estaba mareando más.

Me apoyé en la barra de la cocina, las palmas abiertas contra el mármol frío, intentando concentrarme en la textura lisa bajo mis dedos para no pensar en el sonido del disparo repitiéndose en mi cabeza.

— Deja de moverte — murmuró Dante con esa paciencia tensa que solo él tenía cuando intentaba no perderla.

Retiró la gasa un segundo porque me sacudí apenas.

— No me estoy moviendo — mentí, aunque mi cuerpo estaba vibrando con una energía que no sabía cómo descargar.

La casa estaba demasiado silenciosa para todo lo que había pasado ahí dentro.

El silencio no era paz.

Era contención.

Papá no estaba. Felipe desapareció después del atentado como si lo hubiera tragado la tierra.
Leo no había bajado desde anoche. Y Adriel… Adriel no volvió a aparecer después del pequeño espectáculo con papá en la sala. Después del golpe y después de mi intento estúpido de intervenir.

El celular de Dante vibró sobre la encimera.

El sonido fue pequeño, pero en ese silencio retumbó como un disparo más. Ambos miramos la pantalla iluminada.

Alexander.

Mi pequeño hermano. El menor de los Rubio. Tragué saliva antes de mirar a Dante.

— Contesta — dije con más firmeza de la que sentía.

Él sostuvo el teléfono unos segundos, indeciso.

— No quiero meterlo en estas cosas — murmuró, bajando la voz como si Alex pudiera escucharnos desde Puerto Rico.

— Sabes que yo tampoco… — respondí más suave, sintiendo un nudo formarse en la garganta — pero quizás está preocupado. No debe ser fácil estar lejos y enterarte por las noticias que casi matan a tu familia.

Dante exhaló por la nariz.

— Va a hacer un drama.

No pude evitar una pequeña sonrisa torcida.

— Papá ya hizo uno esta noche. No creo que Alex lo supere.

Eso le arrancó una sonrisa mínima, casi invisible. Y entonces deslicé el dedo por la pantalla.

La imagen tardó unos segundos en estabilizarse. Cuando por fin enfocó, Alexander apareció en pantalla. Camiseta blanca. Cabello ligeramente húmedo, como si se hubiera pasado agua por la cara. Azulejos claros detrás de él. Sí. El baño de LIKE en Puerto Rico. Reconocí el espejo enorme detrás de su hombro y la luz blanca, demasiado clínica.

Allá parecía de noche. Y él parecía pálido, demasiado pálido en realidad.

— Hola, hermanito — dije, levantando la mano frente a la cámara, intentando sonar ligera, normal.

Dante volvió a presionar la gasa contra mi cuello.

— Que no te muevas, carajo — murmuró entre dientes.

Alexander entrecerró los ojos.

— Tony… ¿qué carajo te pasó?

No había saludado de vuelta. No había sonrisa, en su rostro solo había preocupación cruda. Su mirada se clavó en mi cuello.

— ¿Te dispararon? — preguntó, y su voz perdió todo rastro de sarcasmo.

El aire se volvió más pesado. Sentí la sangre latir justo debajo del corte, como si mi cuerpo quisiera recordarme lo cerca que había estado.

— Estoy bien — respondí demasiado rápido — Es solo un rasguño.

Le quité la gasa a Dante con un gesto brusco, como si al tomar control del vendaje pudiera tomar control de la situación.

— Exageran todo.

Dante soltó una risa divertida, de esas que apenas podía contener y que hacían que los hombros le temblaran mientras seguía acomodando la gasa en mi cuello.

— Ese pequeño rasguño se lo hizo tu hermanita sola, cachorro. Se peleó con papá — soltó mi hermano con una naturalidad criminal.

Giré la cabeza hacia él con los ojos muy abiertos.

— ¡Dante! — lo reprendí, dándole un pequeño golpe en el brazo.




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