Helloooooooo, gente bonita.
Perdón por estar tan desaparecida pero no es mi mejor momento. Trataré de seguir actualizando, recuerden que el libro está en proceso porque aun lo estoy escribiendo. El libro y su protagonista es de los más complejos que he escrito hasta ahora, así que denme tiempo porque a veces me abrumo.
En fin, espero sigan dandome su apoyo y recuerden que busco lectores beta. Si algunx está interesado por favor mandeme dm o correo y arreglamos.
Los tqm.
Estábamos en la pista privada de mi familia. El jet descansaba a unos metros, listo para el vuelo, con el murmullo bajo de los motores de fondo. Yo caminaba arrastrando mi maleta sobre el concreto hacia la escalerilla, mientras a lo lejos Dante y Felipe supervisaban personalmente la carga de la mercancía en el compartimento inferior.
—Señorita Antonia, yo subiré su maleta —dijo Ramos, acercándose e intentando tomarla de mi mano.
—No te preocupes, Ramos... puedo encargarme —aseguré, ofreciéndole una sonrisa ligera para no sonar grosera.
—Terca como una mula la huerca, igualito que su padre —dijo la voz de mi tío, apareciendo de la nada detrás de Ramos.
Se me iluminó el rostro.
—¡Tío! —Dejé la maleta a un lado y fui directo a abrazarlo.
—Hola, princesa —respondió él, devolviéndome el abrazo con cariño—. Tu padre se va a volver loco cuando se entere de la pendejada que vas a hacer hoy.
—Oh, no te preocupes, le echaremos la culpa a Dante —dije con una sonrisa burlona.
—Como siempre lo has hecho, enana —interrumpió mi hermano, apareciendo justo detrás de mí con los brazos cruzados y una ceja levantada.
—Alguien tiene que pagar los platos rotos por tus ideas, ¿no? —le respondí a Dante con una sonrisa socarrona.
En ese momento se acercó Felipe, limpiándose las manos en los pantalones y dejando escapar un resoplido cansado.
—Listo el jale, plebes —anunció Felipe, señalando con la cabeza hacia el avión—. Ya quedó bien atiborrada la merca allá abajo. No cabe ni una alma más.
Sus ojos cayeron en el equipaje que yo tenía al lado. Se inclinó para sujetarlo de la agarradera.
—Venga esa maleta pa'acá, enana, la echo de una vez al pájaro.
—¡Ni se te ocurra, Felipe! —lo frené de golpe, interponiéndome antes de que la tocara—. Mi maleta se queda conmigo arriba, en la cabina.
Felipe arrugó la frente, mirándome como si me hubiera vuelto loca.
—¿Pos cuál es el pex, Tony? Es una pinche maleta, va en el maletero como todo.
—Dije que no —sentencié con tono firme, sin dejar espacio a discusión—. Jamás voy a mezclar mis cosas con la droga, con una partícula que quede en ellas valió todo. Mi equipaje viaja conmigo en la cabina y punto.
—Ah, qué terquedad la tuya, de veras... —rezongó Felipe soltando un chasquido con la lengua, alzando las manos en señal de rendición.
—Yo me encargo de subirla, no te preocupes —intervino la voz tranquila de Leo, quien apareció vistiendo ropa de civil con su chaqueta de la DEA y luciendo una calma impecable. Tomó la maleta del piso sin mayor esfuerzo y me dedicó una sonrisa breve—. Todo listo en la cabina, Tony. En cuanto subas, cerramos compuertas.
—Gracias, Leo —le dije, viendo cómo subía la escalerilla con mi equipaje.
Me giré hacia mi familia. La atmósfera relajada de hace un instante se transformó de inmediato en ese peso que siempre sentíamos antes de que alguno partiera a una misión de alto riesgo.
Mi tío me tomó por los hombros y me dio un beso en la frente.
—Cuídate mucho, princesa. Trucha allá arriba.
—Siempre, tío —le prometí.
Felipe me dio un abrazo rápido pero apretado, dándome un par de palmadas en la espalda como siempre lo hacía.
—Fierro, morra. Te nos cuidas un chingo y cualquier bronca nos echas un grito de volada.
Finalmente me quedé frente a Dante. Mi hermano me miró en silencio durante un segundo, examinándome con esa mirada analítica y protectora que solo él tenía. Se acercó, me envolvió en un abrazo firme y me murmuró al oído:
—Te quiero un chingo, enana. Llámame en cuanto aterricen.
—Lo haré. Cuídense ustedes también.
Sin mirar atrás para no alargar la despedida, subí a ritmo firme por la escalerilla del jet. En la puerta me esperaba Adriel, con la mirada atenta antes de sellar el acceso detrás de mí. La compuerta se cerró con un chasquido hermético, aislándonos del exterior. El viaje a había comenzado.
Adriel se quedó junto a la entrada verificando que el indicador marcara el cierre hermético antes de girarse hacia mí con la mirada atenta.
—Listo, mija — dijo en voz baja.
—Gracias, Addy. Yo iré en la cabina del piloto con Leo
El sonido del pestillo hidráulico al sellar la puerta retumbó en la pequeña cabina, dejando el ruido exterior reducido a un murmullo amortiguado. Adriel se quedó junto a la entrada verificando que el indicador marcara el cierre hermético antes de girarse hacia mí con la mirada atenta.
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Editado: 07.09.2026