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Entró a la celda temblando de frío, mas no de miedo por lo que pudiera pasarle tras haberse quedado gran parte de la tormenta afuera. Incluso sonreía, lo que provocó que los guardias se fueran nada más cerrarle la reja.
—Esto está tan mal —susurró, observando las cuatro paredes que tenía alrededor—. Yo no debería estar aquí. Tengo que gobernar.
Recogió las piernas y las abrazó para intentar recuperar algo del calor perdido. No le darían una muda de ropa nueva hasta no cumplir con sus obligaciones semanales y, según los cálculos que hacía en la pared, era lunes.
Cuando el frío entumeció sus extremidades, se levantó con cuidado y comenzó a desvestirse. Los hombres de la celda vecina alzaron la vista y lo observaron con cautela. El príncipe colgó sus prendas como pudo, sin avergonzarse por una desnudez que no sentía como tal.
¿Cuántas veces había corrido por el campo sin nada que lo cubriera para lanzarse a los ríos o cascadas? Desvestirse frente a un grupo de hombres cobardes le daba lo mismo. Tal vez incluso alguno de ellos había formado parte de la guardia real alguna vez.
—Debo ser el rey —murmuró al volver a sentarse.
La piedra de la cama le raspó los muslos, pero Zev no se inmutó. Miró fijamente a sus compañeros, quienes le dieron la espalda y comenzaron a tararear una canción ampliamente conocida en el reino. Él odiaba esa canción.
—Silencio —ordenó sin alzar demasiado la voz.
Eso fue suficiente para que nadie volviera a abrir la boca en toda la noche.
El único sonido que lo acompañó fue el castañeo de sus dientes y los latidos del corazón contra sus oídos. Ardía en fiebre y un único nombre escapaba de sus labios sin que se diera cuenta. La corona había dejado de importarle en aquellos momentos de agonía.
—Mara… Mara…
Sangre, dolor y gritos. Todo se repetía en espiral en los sueños del joven, que se removía de forma incontrolable en la camilla a la que lo habían trasladado. Le resultaba imposible abrir los ojos, pero la mezcla del olor a incienso, hierbas y gangrena era inconfundible: estaba en una enfermería monástica.
Se encontraba fuera de la prisión.
—El rey es tan bondadoso —dijo un hombre—. No sé cómo ha permitido que este monstruo siga vivo.
—Es su único heredero, por desgracia —comentó su acompañante.
—Apuesto a que el rey no puede decidir todavía su destino —terció otro—. Es más, dudo mucho que ordene su sentencia.
Zev apretó los dientes, pero las palabras no alcanzaron a salir.
—Tiene que hacerlo —respondió el primer hombre—. Si no lo hace, su imagen se debilitará. Es un elegido de Dios; no debería temblarle la mano para devolver a esta criatura al infierno.
Aunque no escuchó nada más, supo que los otros enfermeros o guardias estuvieron de acuerdo.
—Mara —repitió—. Yo quiero ser el rey.
Editado: 30.06.2026