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Pasó mucho tiempo antes de que pudiera salir de aquel estado. No le interesaba defenderse de los insultos que cada enfermera o guardia lanzaba en su contra. Algún día, todos y cada uno de ellos se arrodillarían ante él y rogarían compasión.
Y, como buen rey, se las daría. Sería mucho mejor que su progenitor y haría que el reino obtuviera su felicidad a través de actos honestos y firmes valores.
—Quiero ser el rey —susurró al abrir los ojos por fin.
Era de día, tal vez de mañana o al atardecer. Antes solía distinguirlo a la perfección, pero su cerebro ahora priorizaba la información más importante, y esa era cuidarse de sus enemigos, aquellos que le impedirían reclamar el trono.
La enfermera que llegó a su cama detuvo el paso de golpe y dejó caer el cuenco que llevaba en las manos. El estruendo fue lo suficientemente fuerte para estremecer a cualquiera, pero Zev se mantuvo inmóvil, con la mirada fija en aquella mujer de rostro arrugado.
—¿Por qué me temes a mí? —preguntó con voz áspera—. ¿Por qué nadie le teme al verdadero monstruo?
Alargó la mano y la enfermera gritó. Zev, aunque no comprendía la reacción, experimentó algo parecido a la diversión. Hasta ese momento no le había hecho gracia que todos le tuvieran tal repudio.
Su pregunta no fue respondida con palabras, sino con una horda de enfermeros y guardias que acudieron a su cama como si se hubiera despertado el mismísimo Leviatán.
—No les haré daño —aseguró, imitando la solemnidad de un candidato político en los pueblos rebeldes—. Es él quien…
Uno de los guardias le lanzó agua fría para callarlo y su respiración se detuvo por un momento. A pesar del miedo que le tenían, un grupo de enfermeras se aprestó a atenderlo y ese hombre fue reprendido severamente.
La enfermedad empeoró por más empeño que pusieron en secarlo. Sin embargo, la muerte no llegó como habrían deseado todos cuantos lo atendían y, al cabo de un par de días, empezó a restablecerse.
—Tiene usted una visita —le dijo un guardia al verlo despierto—. Debe mantener la compostura.
—Son ustedes los que no pueden controlarse frente a mí —replicó el débil muchacho—. Yo no he hecho nada malo. Solo quería ser el rey.
Quiso sonreír para ganarse la simpatía del guardia, pero lo único que consiguió fue que ese hombre palideciera y se marchara de inmediato.
—Espera, no me has dicho quién viene a verme —susurró.
Cerró los ojos, resignado a que nadie respondería. Con el tiempo había dejado de importarle que alguien en el reino lo quisiera. Los grandes reyes no eran los más alabados, sino los que lo daban todo por un mundo mejor, así se ganaran el odio colectivo.
Solo una persona no lo detestaría, sino que lo entendería.
—Has venido a verme.
Se incorporó de inmediato, angustiado ante esa posibilidad. Sin embargo, pronto se calmaron sus temores cuando quien apareció frente a su cama fue una de las doncellas de palacio.
—Inés —dijo sin aliento, temiendo ser rechazado también por ella.
A pesar de todo, sí le importaba que las personas apreciadas le tuvieran al menos un poco de consideración.
—¿Cómo pudiste hacer esto, mi niño?
La pregunta no sonó a reproche, pero Zev la sintió como una de esas flechas que atravesaban a los animales que cazaba.
—Quería ser el rey —respondió con honestidad—. Lo prometí. ¿Ahora me odias tú también? Si es así, no tienes por qué visitarme.
—Jamás te odiaría —replicó la doncella mientras se acercaba—. Sé bien por qué lo has hecho.
Al fin pudo sonreír. Inés no parecía asustada; por el contrario, limpió su rostro con esmero y le habló sobre cómo la belleza de los campos verdes se fue transformando en casas y adoquines grises durante su trayecto. Él apenas podía prestarle atención; solo pensaba en la felicidad que le producía que alguien no lo tratara como un demonio.
Una visita de compasión era mucho mejor que todas esas rondas que hacían los demás.
—Voy a ir a la prisión muy pronto —prometió Inés al terminar de darle la sopa—. Espero que no busques problemas para entonces.
—Yo no hago nada malo —dijo Zev con una sonrisa febril que no asustó a la doncella—. Tú sabes por qué lo hice.
—Sí, lo sé.
La doncella se inclinó hacia él y depositó un suave beso en su frente.
—Resiste. Puede que pases una larga temporada entre las rejas.
—Sí, pero yo voy a ser el rey.
Inés asintió, llevándose una mano a los labios para contener un sollozo. El príncipe la miró con curiosidad, mas no hizo preguntas. Ella era una mujer extremadamente sensible.
—Sí, pequeño. Tú vas a ser el rey.
Editado: 30.06.2026