Quiero una mamá: El deseo de Jade

PRÓLOGO

La primera vez que la pequeña Jade pidió un deseo tenía tres años y una vela de unicornio que se derretía más rápido de lo que ella tardaba en decidirse.

—Piensa en algo bonito, princesa —le susurró Richard, con el teléfono en alto para grabarla—. Pero no se lo digas a nadie, o no se cumple.

Jade frunció el ceño con una seriedad que no correspondía a su tamaño. Cerró los ojos con tanta fuerza que se le arrugó hasta la nariz, y sopló. La vela se apagó y también la mitad del pastel, que quedó salpicado de saliva y esperanza.

—¿Y qué pediste?

—Papi, dijiste que no se podía decir.

—Es verdad —admitió él, besándole la frente, que olía a crema de vainilla—. Qué lista eres.

Llevaba el nombre de su madre porque ella así lo había querido: *«Si es niña, que se llame como yo y lo haga mejor»*. Por eso, desde que nació, Richard pronunciaba ese nombre con una mezcla de alegría y nostalgia, como quien tiene el mismo tesoro en dos tiempos distintos.

Pero la pequeña Jade nunca fue buena guardando secretos. Esa misma noche, mientras él la arropaba, la niña tomó del buró el portarretratos donde sonreía una mujer de cabello oscuro y ojos cálidos, y lo acomodó sobre la almohada, junto al conejo de peluche.

—Mami también tiene que oírlo —explicó.

Richard sintió que algo se le rompía despacio por dentro.

—Pedí una mamá —soltó ella, mirando la fotografía, no a él—. No te enojes, mami. Es que tú ya no estás.

Richard se quedó quieto, con la manta en la mano y el corazón en el suelo.

—Ahora no se va a cumplir —añadió la niña, preocupada—. Lo dije.

Él tragó saliva. Quiso explicarle tantas cosas y no encontró ninguna que cupiera en una niña de tres años.

—Se cumplirá —mintió, o quizás prometió, ni él mismo lo supo—. Esas reglas son para los deseos pequeños. Los grandes sí se pueden decir.

Jade lo pensó un momento y asintió, satisfecha con la lógica.

—Entonces te lo voy a pedir todos los días —dijo, y se durmió abrazada al conejo y a la fotografía.

Richard se quedó a su lado hasta que la casa quedó en silencio. Antes de salir, tomó con cuidado el portarretratos y lo devolvió al buró.

—Perdóname, amor —susurró—. No sé cómo darle lo que nos pide.

Afuera llovía. En la cocina, el pastel a medio comer seguía sobre la mesa, y la vela de unicornio, ya sin cabeza, parecía mirarlo con reproche.

No sabía que aquel deseo, repetido trillones de veces, los llevaría muy lejos.




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