Quimera

El brujo

Un albatros de gran tamaño surcaba el cielo a gran velocidad. El ave agitó su pequeña cabeza, mirando hacia el cielo y dirigiéndose hacia el sur.

Sus ojos color ámbar buscaban más allá del horizonte. A pesar de que el azul del mar y del cielo se mezclaban, no se dejó confundir. Al igual que ignoró el bramido del mar, que le acompañaba como un viejo amigo.

Se dejó llevar por las corrientes de aire mientras se esforzaba por percibir hasta el mínimo chapoteo. Algo que delatara a sus presas.

Un sonido persistente y lejano le hizo cambiar de rumbo. Pero enseguida pudo comprobar consternado que tan sólo eran unos peces voladores que saltaban animosamente, para luego caer con un ligero chapoteo al océano. El albatros los ignoró y continuó su búsqueda.

Horas después, el sol empezaba su lento descenso por el horizonte y las corrientes de aire eran cada vez más fuertes y frías.

Al animal le desesperaba no haber encontrado nada tras tantas horas de búsqueda.

Su agotado cuerpo tembló ligeramente y batió las alas con sus últimas reservas de energía. Las estrellas empezaban a asomar en el cielo y el ave maldijo su suerte. Sus presas tenían que estar en algún sitio. ¡No podían haber desaparecido de la faz de la tierra!.

El disco de luz agonizaba ya a sus espaldas y escuchó al fin un potente bramido. Al fin, pudo vislumbrar a cientos de criaturas que nacían bramando entre la espuma de las aguas turquesas.

Su triunfo le empujó a reír.

-¡Ja,ja,ja!- brotó la sonora risa del hombre.

Su alegría era tan poderosa que unas gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas mal afeitadas, mientras el brujo se liberaba poco a poco del débil albatros.

-¿Qué pasa ahora, maldito loco?-preguntó Klinia con cierta irritación.

Tonio alzó la mirada y se secó con la mano la humedad del rostro. Sus labios seguían curvados en una ligera sonrisa. Acarició con sus manos temblorosas la bola de cristal que estaba flotando en un cubo de madera, humedeciendo su superficie con delicadeza.

Hizo un gesto con la mano y la mujer le acercó un farol grasiento. Todo en ese camarote estaba anticuado y se caía a pedazos. Él cogió el foco de luz y con melancolía pensó que todo perdía brillo con el tiempo.

Las sombras se alargaban en la estancia y el rostro de su capitana había quedado oculto por los claroscuros que generaba la luz de la pequeña llama. Suspirando pensó que incluso ellos decaían. Ahora que su orgullo había desaparecido con los años de cautividad, era capaz de reconocerlo.

-¿Y bien?- preguntó la capitana, interrumpiendo el pensamiento del brujo.

La mujer, no podía ocultar la desconfianza que le inspiraba el místico objeto. Evitaba mirar la extraña esfera. Klinia tenía la certeza de que si contemplaba alguna de sus imágenes, se vería abocada a la locura.

La mano de la mujer empezó a temblar ligeramente y carraspeando, la ocultó detrás de su espalda. Sus mejillas se encendieron por la vergüenza de mostrar debilidad ante el brujo. Se sentía vulnerable y sintió una punzada de envidia ante el absoluto control que ejercía el brujo sobre sí mismo.

Tonio siguió riendo en voz baja  y levantó la vista, como si hubiera intuido el camino que recorrían los pensamientos de la mujer. Sus ojos azules estaban cubiertos por una fina neblina blanquecina. El brujo se dirigió a la mesa y Klinia le acercó un mapa grisáceo.

Unas gotas de agua resbalaron de la mano del hombre y cayeron al grueso papel, ensombreciéndolo a causa de la humedad. Sus dedos señalaron unos islotes al sur.

-Al menos tres días de viaje… ¿Aún estarán allí cuando lleguemos?- preguntó ella con voz firme ignorando el molesto temblor de su mano.

-Están pariendo a sus crías allí- dijo Tonio sonriendo. Su pálida piel hacía que el azul de sus ojos fuera más intenso- En tres días el barco se llenará de riquezas.

Klinia se dirigió hacia el fondo del camarote. Apartó de un manotazo la cortina que separaba en dos mitades la estancia.

Tonio pudo ver el espacio privado de la capitana. Su mirada se dirigió a una amplia cama de cuatro postes de madera ricamente trabajada. Dos trozos de tela gruesa e inmaculada hacían de sábanas y su blancor resaltaba obscenamente entre la oscura madera y los objetos grasientos. Unos viejos candiles iluminaban un pequeño mueble y algunos otros objetos que estaban colocados en una esquina.

Klinia no ocultó su desnudez mientras se quitaba el uniforme y se ponía su armadura.

Empezó como siempre por la cabeza, cogiendo el casco metálico de penacho dorado y fijándolo por la barbilla con la cinta de cuero.

Entonces giró la cabeza y miró con sus ojos castaños a Tonio. Señaló el arcón para que extrajera el peto y las protecciones metálicas de hombros,  brazos y piernas.

El brujo cabeceó afirmativamente y se acercó para colocarle el peto. Cogió entonces las tiras de cuero que colgaban de la armadura y las apretó con fuerza. Sus brazos delgados temblaron por el esfuerzo y la musculatura se tensó bajo su pálida piel.

-Más fuerte- repuso ella con los dientes apretados, sujetándose a uno de los postes de la cama para mantenerse erguida.

Tonio ató entonces las cuerdas y las ocultó bajo el frío metal.

El brujo colocó a continuación las placas de metal ligero que protegían los muslos y las piernas de la mujer. Estiró las tiras todo lo que pudo y se aseguró de que las piezas estuvieran bien sujetas y no dejaran piel alguna al descubierto.

Finalmente Klinia puso una mano sobre el escaso cabello rubio de Tonio y tiró suavemente hacia atrás con lo que éste se retiró a la otra zona de la sala.

La mujer se dirigió entonces hacia la puerta del camarote. Extrajo una pequeña llave metálica que llevaba colgada del cuello y cerró el portón con llave.

 

En el puente había otras mujeres vestidas con sencillos ropajes marineros. Túnicas cómodas y sujetas con cintos. Todas llevaban el pelo corto y la cara limpia.




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