Las mudanzas...
A lo largo de mi corta vida me he mudado alrededor de unas seis veces, esta vez la mudanza fue lejos de la ciudad y de mi familia. El trabajo de mi padre es el causante de esto. Estoy acostumbrada a no acostumbrarme a nada. Ni a casas, ni apartamentos, ni colegios, ni amigos… al final de todo, siempre nos vamos a terminar mudando.
Y aunque estoy acostumbrada, no pensé que nos tuviéramos que ir tan lejos. Mis padres dijeron que el lugar donde nos vamos a mudar es lindo, tranquilo, los vecinos eran amables, todo quedaba cerca y que nuestra casa era gigante y tenía un ante jardín enorme para que pudiéramos jugar.
Aunque me emocionaba un poco la idea de conocer la nueva casa y el lugar a donde nos vamos a mudar, sé que al final nos vamos a terminar yendo… otra vez.
Dormí casi todo el viaje, estaba agotada. Odiaba tener que guardar todos mis juguetes y mis cosas y luego tener que acomodarlas en la nueva casa, y cuando menos lo pensaba volver a repetir el mismo proceso que me ha perseguido toda mi vida.
—Zafiii —así me decía mi madre de cariño—. Levántate cielo, ya llegamos.
Me bajé de la camioneta medio dormida y vi la casa que estaba justo en frente mío. Era una casa con un antejardín grande que estaba rodeado por una cerca blanca que apenas se veía ya que estaba cubierta por arbustos que rodeaban toda la casa, un camino de piedras que llevaban a la entrada de la casa, la cual era de color cielo y dos pisos.
—¿Te gusta? —me pregunto papá.
Alce los hombros como respuesta.
—Alégrate, cariño —dijo mientras me empujaba hacia adentro—. Disfrutemos el tiempo que vivamos aquí. Voy a luchar para que no me trasladen más y nos podamos quedar aquí, se ve que es tranquilo.
—Ven, Zafi. Conozcamos la casa por dentro.
Por dentro era grande y con decoraciones rusticas. Todo estaba organizado. La mudanza la habíamos enviado días antes para que al llegar solo nos adaptáramos y no tuviéramos que desempacar nada.
Subí a mi habitación la cual estaba pintada de color rosado y al fondo tenía una ventana que daba a la calle por la cual entraba el sol y alumbraba todo mi cuarto y mis peluches.
Siendo sincera me gustaba mucho mi habitación. Era la mejor que había tenido, me sentía en un cuento de princesas.
Me asome por la ventana y al frente había un niño jugando con sus juguetes en el ante jardín. Se giró y nos quedamos viendo a lo lejos por un rato. Tenía muchos carros de todo tipo con los cuales estaba jugando, volví a mirarlo y antes de poder decir o hacer algo, me saco la lengua y con el ceño fruncido agarro todos sus carros y entro a su casa.
Los días pasaron y el chico que había visto aquella vez no había vuelto a salir. Probablemente su papá también tiene que irse de casa en casa por su trabajo.
Mientras los días pasaban mi madre me llevo a conocer el pueblo y el nuevo colegio en donde voy a estudiar. Mi padre se la pasaba trabajando la mayor parte del tiempo, pero cuando estaba en casa nos poníamos en la tarea de plantar flores en el antejardín, a mama le gustaban mucho las flores y queríamos que nuestra casa estuviera rodeada de ellas.
En la noche mis padres y yo nos alistamos para ir a cenar. Me puse mi vestido favorito. Era blanco con girasoles al final de la falda y un lazo en la cintura amarillo. Me sentía como una princesa.
Pensé que íbamos a ir a un restaurante, pero terminamos tocando la puerta de la casa de al frente.
No me gustaba para nada tener que cenar con nuevos vecinos para tener que conocerlos y convivir. Pero si mis padres iban, yo iba también.
Toque la puerta una vez más hasta que abrieron.
Era el.
El niño que me había sacado la lengua.
Mi mayor enemigo desde ese entonces.